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lunes, 6 de julio de 2020

«TENGO QUE DEJARLO», de Urbano Colmenero. Relato ganador del Certamen Internacional Bruma Negra 2019.

Aparco cerca de la bahía y salgo del coche. El Cantábrico me recibe con un latigazo de luz apaisada. No me acostumbro a la luz norteña. Me desperezo. Arrastro mi deslucido maletín y las ruedas se quejan de la humedad. Como mis huesos. Los ligamentos de mis articulaciones suenan como el crepitar de los troncos ardiendo en una chimenea. Me estoy convirtiendo poco a poco en un ajado recipiente de huesos, tendones, tripas y mierda. Empiezo a sentir los estragos de la edad y me digo que tengo que dejar este trabajo. No es oficio para viejos, tengo que parar. Bordeo el puerto y camino por el paseo de la ría hasta llegar a mi alojamiento.




Apuro el segundo vino y contemplo la fachada azul y blanco de mi hotel. Tres gaviotas evolucionan graznando. Le hago una seña al camarero.

—Póngame otro y deje la botella, pero tráigame algo de comer, que no quiero que se me enrede la lengua antes de tiempo.

—Por supuesto, amigo.

—No soy su amigo, soy su cliente.

—Disculpe, es una forma de hablar…

—Pues cámbiela. Tenemos un lenguaje muy preciso que no hay que desvirtuar. Hay una palabra o varias para cada cosa.

—Como guste, señor. 

El camarero se marcha mohíno y yo me quedo pensando que estoy perdiendo la discreción. Me he vuelto irascible y me pico por cualquier gilipollez. ¿Pero qué coño me pasa? ¿Desde cuándo me hago notar de esta manera? ¿Qué cojones me importa a mi el lenguaje de los demás? Esto no es bueno para mi oficio y lo peor es que me la suda. Tengo que dejarlo.

Soy el único cliente del bar, las otras mesas de la terraza están vacías. Sólo yo, la ría y las gaviotas. Las gaviotas son unos bichos sin gracia, su vuelo es errático y desordenado. La arboleda que bordea la ría me susurra vientos de otros lares. Miro al cielo y por primera vez en mucho tiempo me invade la calima de la melancolía. «La calima de la melancolía», hay que joderse, ahora también juego con la poesía.

De pronto la veo venir andando por el paseo. Me centro. Miro la foto y comparo. No hay duda, es ella. Pelo de fuego, ojos de gata, andares de gata. Los neandertales no se extinguieron, eran pelirrojos y están entre nosotros. Eran muy fuertes, estaban mejor adaptados al medio… Ya estamos otra vez. Me disperso como un párvulo. No es trabajo para despistados. Después de este encargo lo dejo. Acarreo demasiados muertos en la maleta. En ocasiones me llaman incitantes y me invitan a copas. Son tantos que a veces oigo sus murmullos y sus canciones de borrachos. Juegan al mus y me hacen señas. Envidan. Oigo sus voces. Tengo que dejarlo. El pedido es fácil. Una mujer. Leo el reverso de la foto. ¿Cual es tu pecado, Maite Malone? ¿Qué has hecho, muchacha? ¿A quién le has tocado las pelotas? A un pez muy gordo, seguro. El tipo debe de tener un cabreo inmenso para desear que mueras. Vuelvo a la foto. Pelo de fuego, ojos de gata. Un animal tan bello no debería morir. Nunca. A una mujer así se le perdona todo. De nuevo me voy por las ramas. ¿Desde cuándo me preocupo por el futuro de mis víctimas? Me estoy volviendo un melancólico sentimental. Está decidido: lo dejo. Me centro de nuevo. Mañana es el día. Sé que saldrá a correr temprano, como siempre.




La mañana se despereza entre la bruma. Jirones de niebla ocultan el mar abierto. Observo. Ahí está. Pelo de fuego, movimientos de gata. Hace los estiramientos de rigor y comienza con un trote suave. La veo alejarse. Le doy un minuto de ventaja y tanteo la pistola en el interior del bolsillo de la sudadera. Inicio la carrera. Cruza el muelle y se dirige hacia la bahía. Un rayo de luz se filtra entre las nubes y rebota en sus zapatillas plateadas. Su pelo se incendia. La sigo. Un golpe de viento me hiela la espalda. Hay algo que no encaja en ese sol manchado de bruma. Me vuelvo y miro a mi alrededor, nadie me sigue. Estoy paranoico. Estoy viejo y chocheo. Tengo que dejarlo. Termino este encargo y lo dejo.


¿Desde cuándo me dedico a esto? Ya ni me acuerdo. Otro síntoma de vejez: cuando no recuerdas el tiempo que has dedicado a tu profesión es que llevas demasiado en ella. Sólo me acuerdo de que al principio era muy selectivo, escogía los encargos según mi particular baremo. Mi ética me permitía ejecutar únicamente a los desalmados, a los indeseables o a los que se escapaban de la justicia ordinaria y no merecían vivir. Después las fronteras se volvieron tan difusas como la verdad y la moral que nos rodea en los últimos tiempos, esa que nos han traído los hijos de puta que dicen que nos gobiernan. Me paro un instante y la miro. Veo que sigue trotando por el final de la bahía y se interna por un sendero entre vegetación que se adivina empinado y solitario. Perfecto para mis planes. El observador que me precedió me ha informado bien. Reanudo la carrera y a los pocos minutos me vuelvo a parar. Me he acercado demasiado y temo que me descubra. Descanso unos segundos y cruzo la playa desierta con paso tranquilo.

Tampoco recuerdo cuándo fue, pero hubo un momento impreciso en el que los límites de selección se borraron definitivamente y todo me dio igual. Los encargos se multiplicaron y anulé toda discriminación en mi método de trabajo. Dejé de hacer y hacerme preguntas y de separar el grano de la paja. Todo era paja. Mi fama de buen profesional trascendió, la demanda crecía y subí las tarifas. Presintiendo lo que ya me está empezando a ocurrir, ahorré para la jubilación, para ese retiro que ahora se insinúa detrás de una melena roja que remonta la senda a un ritmo que para mí comienza a ser agotador.

La pendiente del sendero aumenta más y más. No la veo. No debo perderla y me esfuerzo al máximo, pero noto que estoy perdiendo ritmo. Ha desaparecido tras una colina cubierta de arbustos. Meto la mano en el bolsillo y agarro la pistola. Ahí lo haré, detrás de la loma. Llego a la cima exhausto. Descanso unos segundos y contemplo el panorama.

—¿Dónde coño…? —Murmuro entre dientes.

Ha desaparecido. La senda serpentea colina abajo, luego remonta otro cerro y se pierde entre la hierba. A mi alrededor solo hay un caos de grandes matojos que me superan en altura. Me ha sacado mucha ventaja, estoy en baja forma. Cuando voy a iniciar la carrera me detengo. Se me eriza la piel. He oído un clic y un punto frío se apoya en mi nuca. Sé que es inútil, que ya nada importa, pero levanto las manos y me vuelvo.

—¿Quién eres, Maite Malone?

—Soy la hija de uno de tus muertos.

Me mira unos segundos. Miro al cielo y no encuentro azul donde refugiarme. Mejor me habría ido si me hubiese dedicado a la poesía.

Sus ojos de gata me disparan.

Los neandertales estaban mejor adaptados, no se extinguieron, están entre nosotros. Mis muertos se ríen. Tres gaviotas cantan. Vuelo y me elevo con ellas. Pelo de fuego. Es lo último que pienso, oigo y veo antes de caer en el sendero sobre el barro de mi propia sangre.

Ahora sí: lo dejo.

jueves, 30 de agosto de 2018

El detective Carmelo. El caso del payaso del Cubelles Noir 2018.

Mi futura clienta, una morena con gafitas, hablaba con seguridad. Me miraba muy seria desde el otro lado de la mesa con las rodillas muy juntas, una agenda en el regazo y un bolígrafo en la mano, dispuesta a tomar notas como una niña aplicada.

—¿Está usted segura?

—Segurísima. Hay un loco que quiere matar a alguien en el Cubelles Noir de este año. Quiere desprestigiar al festival. Mire, he recibido esto.

La morena me entregó una nota hecha con letras de varios periódicos y la leí:


«Uno de los organizadores del Cubelles Noir 2018 morirá este año durante el festival. Estad atentos al payaso. JA, JA, JA, JA».


—¿Ha hablado usted con la policía?

—Claro, pero no se lo han tomado muy en serio. Los Mossos d'Esquadra creen que es una broma. Sólo me han dicho que les avise si veo algo raro durante el evento.

—¿Le dice algo lo del payaso?

—Nada, salvo que Charlie Rivel nació en Cubelles. No sé si conoce su historia: con tan sólo una silla, una guitarra que apenas tocaba y un aullido triunfó por todo el mundo.

—Hay gente pa to.

—¿Cómo dice?

—No, nada, cosas mías. Y dígame, buena señora, ¿qué pretende que haga yo?

—¡Ostras! ¿Soy yo o está usted empleando un tono mansplainig?

—¡No, por Dios! ¿Cómo voy a emplear tal cosa si ni siquiera sé lo que es eso?

—Pues me lo parecía. Lo que quiero que haga es que vigile durante el festival y proteja a los organizadores.

—Le advierto que no soy Kevin Costner.

—Ya, ni yo Whitney Houston, no te fastidia, pero también sabemos que utiliza métodos poco convencionales y este asunto los requiere.

—Estooo…, ejem, una preguntita, ¿no tienen ustedes detectives por allá? Más a mano, digo.

—Por supuesto que los tenemos pero un paisano suyo nos habló muy bien de usted.

—¿Puedo saber quien es?

—No puede. Sólo le diré que es un fan de los festivales negros.

—¿Hay seguidores de estas cosas?

—¡Por supuesto! Este hombre no se pierde uno.

—Lo que yo decía, hay gente pa to.

—Pues tendrá que hacerse pasar por un seguidor del festival.

—Lo intentaré, aunque no se me da muy bien hacer teatro.

—Tendrá que ser muy discreto, de este asunto no debe enterarse nadie, ni siquiera los demás organizadores, ellos no saben nada de esta amenaza.

—Esto no va a ser fácil ni barato, tengo que desplazarme hasta Cubelles…, hotel, dietas…

—No hay problema. Afortunadamente el festival crece cada año y en esta edición hemos recibido una aportación extraordinaria, de un mecenas anónimo, parte de la cual dedicaremos a sus honorarios. Vamos a ver… —la moza sacó una calculadora—, son cuatro días de certamen, más desplazamientos, alojamiento, comidas, gastos…, ¿le parece bien esta cifra?

La morena me mostró la calculadora y tuve que hacer un gran esfuerzo para disimular mi asombro. El donante anónimo había sido muy generoso. Intenté hacerme el interesante:

—No está mal —contesté—, a eso habrá que añadirle un porcentaje para imprevistos y riesgos. Últimamente están ustedes un poco folloneros por allá arriba.

—Déjese de tonterías, somos gente pacífica. Además, usted no ha cobrado en su vida la cantidad que le ofrezco por cuatro días de trabajo. Aquí tiene —me entregó un sobre—, el cincuenta por ciento para empezar, el resto al finalizar el trabajo. Ahí dentro también están los nombres con las fotos de los organizadores del festival a quienes debe usted de proteger. Para cualquier cosa y ante cualquier duda, llámeme. Aquí tiene mi tarjeta.

Y dicho esto, la morena del flequillo salió de mi despacho dejándome con cara de gilipollas, que por otro lado es mi cara habitual. «Charo González Herrera, Asesora», decía la tarjeta. Apuesto algo bueno a que la gafitas era la primera de la clase en el instituto.

Me quedé rumiando el asunto un rato, pero sin regurguitarlo. De la alegría inicial, que me provocó la contemplación de tanta pasta junta, pasé al nerviosismo más intranquilo y de ahí directamente al acojone. Lo más probable era que el autor de la nota fuese un cachondo que trataba de asustar a los organizadores del sarao, pero ese «estad atentos al payaso» me mosqueaba un huevo. Mi olfato no me fallaba como comprobaría después.



Los días que quedaban para el festival los dediqué a documentarme y a lo que mejor se me da: dispersarme en gilipolleces del tipo, ¿quién será más rácano, un cuentaguijas o un esquilahuevos? El caso es que el jueves, 23 de julio, después de un madrugón de cojones para ahorrarme una noche de hotel, a las once de la mañana, estaba en Cubelles, en la plaza del Mar, delante del monumento a Charlie Rivel. Me quedé unos minutos contemplando el mamotreto por si me decía algo, pero permaneció mudo. Yo tampoco le dije nada, para qué.

Así pues, a las doce, estaba yo, como un clavo, en el inicio del festival: la proyección de una entrevista a Pedrolo. Durante el pase, me pareció ver, por detrás de la pantalla, la sombra de un payaso corriendo. No le di mucha importancia, lo atribuí al cansancio del jet lag. A mí es que en cuanto bajo el puerto del Almansa me entra el jet lag.

La tarde transcurrió con normalidad, las mesas se sucedían sin contratiempos hasta que llegó el acto de la inauguración oficial del evento. Yo, con mi natural tendencia a la vagancia, había bajado la guardia pensando en que el día estaba acabado cuando, durante la intervención de la alcaldesa de Cubelles, me pareció ver un movimiento sospechoso detrás de una de las pantallas publicitarias de uno de los patrocinadores del festival. Me puse más tenso que un gorrino la víspera de San Martín porque, así, como quien no quiere la cosa, un payaso, vestido con saya hasta los zapatones, silla en mano y una guitarra al hombro, cruzó por delante de la mesa, me miró, me sacó la lengua y desapareció por la puerta que lleva a los servicios y otras dependencias del Centro Social. Como disparado por el muelle de un colchón de las rebajas, salté de la butaca y corrí hacia allí. Cuando me disponía a entrar, alguien me sujetó por el hombro.

—¿A dónde va?

—¿Yo? —Me volví. Charo, mi clienta, me miraba con cara de pocos amigos.

—Sí, claro, usted. ¿Quién va a ser si no? ¿Mi primo el de can Collonut

—Una señora como usted debería vigilar su lenguaje.

—¿Ya estamos otra vez con el tonito condescendiente?

—Vale, vale, no se me "empreñi". ¿Ve? Le acabo de decir una palabra en catalán, me la acabo de aprender para que vea que pongo voluntad en mi trabajo.

—¡Ay, que mono…! ¡No se me vaya por las ramas! Todavía no ha contestado a mi pregunta, ¿ a dónde va por aquí con tanta prisa?

—¿Ha visto pasar un payaso?

—El único payaso que he visto lo tengo delante. Aparte de usted, no he visto ninguno.

—Bueno, bueno, disculpe.

Salí de la sala con la cabeza hecha un capazo de grillos, cosa nada anormal, porque en verano grillos y mi cabeza son colegas y se complementan. Recuerdo que pensé que el calor me estaba afectando. También recuerdo que deduje que la del flequillo me había llamado primate y payaso sin despeinarse. Todo eso me condujo a sesudas reflexiones: «¿A qué estado estamos siendo reducidos los hombres? ¿Para qué sirve realmente un hombre en pleno siglo XXI? ¿Para llevar las putas maletas que más pesan? ¿Para espantar a los ratones? ¿Ratones? ¡Pero si ya no quedan ratones! Es más: ¿se asustan las mujeres del siglo XXI de los ratones?» Entré en bucle y la trócola se me puso como una olla de garbanzos cocidos a fuego lento Volví de los cerros de Úbeda y me afiancé en mis principios: estaba seguro de que había visto un payaso que me sacaba la lengua.

La mañana del segundo día transcurrió sin incidentes y al terminar las mesas nos fuimos todos a una tasca. Me puse de vermut negre hasta el culo, tanto es así que me salté la comida y me fui directamente a por la siesta. «¡Que le den por saco al payaso!», recuerdo que pensé antes de quedarme roque.


Todavía medio empanado, llegué por los pelos a la primera mesa de la tarde. La sala se fue llenando, todo estaba tranquilo y me dediqué a repasar el programa. Manda huevos, en el Cubelles Noir de 2018 había más mesas que en el Ikea. Si alguien se chupó los cuatro días del festival para reseñarlo acabó con una empanada mental del carajo. Hube de reconocer que el jefe del sarao, Xavier Borrell, tenía un gran poder de convocatoria. Al terminar la segunda mesa, me puse en alerta. En estos momentos de confusión, en los que la gente se levanta, entra, sale, se saluda y ja ja ja, y ji ji ji, y estate quieta y ponte bien, es cuando suele haber más peligro. De repente, creí ver algo discordante en la segunda fila: una calva de pega con mechones de pelo rojo destacaba sobre el respaldo de la silla. La calva giró sobre el cuello ciento ochenta grados como la niña de «El Exorcista» y sí, era el jodío payaso otra vez sacándome la lengua de nuevo. Aunque estaba acojonado me dirigí hacia él por el pasillo. Avancé un par de pasos y me paré en seco: un bombón en vaqueros ajustados sobre tacones de diez centímetros venía hacia mí y la seguí. «Que le den otra vez al payaso», pensé. Ya en la calle, le toqué el hombro y cuando se volvió me di cuenta de que era Yoli García, una de las organizadoras del festival.

—¿En qué puedo ayudarle? —su sonrisa acabó por desarmarme.

—Si tu me dices ven, lo dejo todo —le contesté.

—¿Perdón? ¿Me está usted siguiendo?

—No, qué va, yo solo persigo payasos.

A quién se le ocurre, todavía me duele el bofetón que me dio. Decididamente las mujeres no me comprenden.


El día terminó sin más sobresaltos y la mañana del sábado también. En ese día, las mesas se multiplicaron y la sala se puso a rebosar durante todas las charlas. No había duda de que el festival estaba siendo un éxito y yo, salvo algún rato de dispersión, me mantuve en alerta máxima, pero no pasó nada. Por la noche, en el patio del castillo, durante la cena de celebración de la entrega de premios, me subí a la rampa de la entrada al museo de Charlie Rivel para controlar mejor el ambiente. Estaba yo en estas, dándole al tintorro y al jamón, cuando me pareció que algo rojo se movía por entre las cabezas de los numerosos invitados, que estaban como yo trasegando cañas y fiambres variados. Efectivamente: allá iba el payaso en dirección a Xavier Borrell que, vaso en mano y acompañado de Agustí Argimón y Marià Talló, estaban cantando «Cielito lindo» o algo así. Como el payaso estaba a punto de alcanzar a Xavier y en su mano brillaba algo metálico, no lo dudé, sin soltar el vaso de vino me lancé en plancha desde la rampa. El placaje a Xavier Borrell fue perfecto: rodamos abrazados por el patio entre aplausos y vítores. La gente se creyó que aquello formaba parte de algún show. Nadie se entera nunca de mis dramas interiores.

—¿Qué pasa, que te aburres y te has puesto a ligar por el método de acoso y derribo?

—Nada más lejos de mi ánimo, don Xavier.

—Pues ya me dirás, pero te advierto que soy hetero.

—Toma, y yo.

—Muy hetero.

—Yo también.

—¿Entonces, qué coño hacemos así, abrazaditos los dos, en el suelo y con la cara y la ropa manchada de vino y cerveza?

—¿El gilipollas?

—Como mínimo.

—Pues usted perdone. —Me levanté y le ayudé a levantarse—. A propósito, ¿no ha visto por aquí a un payaso?

—El único payaso que hay por aquí, está ahí dentro, en el museo, en forma de muñeco.

—¿Seguro? Lo he visto aquí mismo, al lado de usted.

—Aparte del vino, ¿qué te has fumado?

—Nada, nada, olvídelo.

Cuando acabó la fiesta, cada vez más confuso, me retiré a dormir. Como no podía conciliar el sueño me aticé un lingotazo de mistela tomellosera, de una botella que siempre llevo en la maleta cuando viajo y que va de maravilla para el insomnio. Soñé con los payasos esos del anuncio del detergente, pero eran buenos y no mataban a nadie.


Llegó el domingo, último día del festival, y afortunadamente no ocurrió nada. Después de cenar, mi clienta me llamó a su despacho para liquidar.

—Es usted un desastre, no debería pagarle el resto de sus honorarios, no se lo merece.

—Sería un error, no le conviene alimentar el tópico del catalán del puño cerrado.

—Tenga, tenga, y desaparezca usted de mi vista —me dijo entregándome un sobre con la pasta.


Mientras dejaba atrás la chimenea de la Térmica de Cubelles en mi vieja cafetera sobre ruedas, me puse a pensar en lo ocurrido. Era evidente que al supuesto payaso sólo lo había visto yo. ¿Era el payaso un subproducto de mi imaginación? ¿La consecuencia de una mala digestión de butifarra? ¿Me habían echado algo en el vermut? Lo dejé estar. Pensé que, puesto que soy muy dado a ensoñaciones disparatadas, esta era una más del lote que llevo de serie. Adiós al Cubelles Noir 2018 y adiós al jodío payaso. Fin de la historia.

Me puse en la cola del peaje y miré por el retrovisor. Se me pusieron los pelos de punta porque, desde el coche que tenía detrás, a través del parabrisas, me saludaba un puto payaso sonriente. 


martes, 24 de abril de 2018

El detective Carmelo. El caso de la rubia en Las Casas Ahorcadas. Crónica/relato, a mi manera, de un certámen muy consolidado.

El caso no pintaba mal. Parecía fácil. El marido lo tenía claro: su mujer le era infiel. El tipo conocía el qué pero no sabía el cómo y el cuándo y quería que yo se lo documentase. Mi futuro cliente era tan feo que haría llorar a una cebolla y la moza de la foto que sujetaba entre mis dedos era una rubia que llevaba el pecado escrito en la frente. En la frente y en otros lugares de su anatomía para ser exactos. «Hay asuntos que no pueden funcionar», recuerdo que pensé mirando al mostrenco que tenía al otro lado del escritorio.

—Detrás de la foto está el nombre y los datos de esa zorra —me dijo el engendro—, incluido el lugar del evento en donde me la va a volver a pegar.

Miré el reverso de la foto y leí mentalmente: «VI Encuentro de Novela Criminal Las Casas Ahorcadas»

—¿Es usted adivino? —pregunté.

—Qué más quisiera, amigo, pero sé que irá a ese festival. A ese zorrón le ponen los festivales de novela negra y se pasa por la entrepierna a todo autor o director de certamen que se ponga a tiro.

Al oír lo del festival me preocupé porque la idea de meterme en semejante avispero no me apetecía en absoluto y así se lo hice saber a mi cliente.

—Este trabajo tiene un plus de peligrosidad añadido, ¿está dispuesto a asumirlo?

—¡No me joda, detective! ¿Peligrosidad? ¿Qué es lo que teme? ¿Que algún escritor le clave la pluma en el culo? ¿O es que es usted tan torpe que es capaz de estrangularse la polla con una de las horcas del logo del festival?

Era evidente que el tipo se había documentado sobre el festival, pero también era obvio que no había estado en ninguno, si no, no estaría hablando tan a la ligera de un evento tan proceloso.

—Mire, yo no me juego el tipo por menos de…

—Déjese de gilipolleces —me interrumpió—. El dinero no es problema, dígame una cifra y ahora mismo le abonaré la mitad para gastos. El resto al acabar el trabajo. Quiero fotos, o vídeos y tienen que ser concluyentes y explícitas, que no haya dudas de lo que hace ese putón. Deben servir de prueba para un divorcio fulminante y sin derecho alguno a mis bienes según consta en nuestro acuerdo prematrimonial.

Estaba claro que el tipo lo tenía claro, valga la rebuznancia. Le di una cifra muy alta temiendo que la rechazara, pero ni se inmutó. Sacó un talonario, me firmó un cheque por la mitad de lo acordado y se marchó con un escueto «nos vemos».

Así pues, hice la maleta y encaminé las ruedas de mi viejo Toyota hacia Cuenca. Había estado en otros festivales negros por motivos de trabajo y he de confesar que el de Las Casas Ahorcadas estaba montado de puta madre. Hay que reconocer que Sergio Vera Valencia, para ser ciego, tiene una amplia visión del género, si me permiten el chiste. De todas formas en el festival se palpaba lo que en todos los de su género: peligro inminente. No me negarán que andar todo el día entre gente que no para de idear asesinatos no es para sentir miedito.

El primer día del certamen no me resultó productivo. La investigada se lanzó a por una pieza de caza mayor y coqueteó con Lorenzo Silva al terminar el tributo que le dedicó el festival. Lorenzo, muy serio y circunspecto, declinó elegantemente las turgencias y las sugerencias de la señora. A continuación se fue a por el pregonero del encuentro iniciando un intento de contacto con Carlos Bassas del Rey, pero el bueno de Carlos es un hombre justo y los justos le guardan la ausencia a la propia. Inasequible al desaliento, la moza la empredió con la mesa de los mafiosos acercándose a Mikel Santiago. Tampoco hubo nada, debía tener bastante con las curvas de su guitarra y con batir un nuevo récord de ventas en Amazon. Acto seguido, la moza fue a por Rafa Melero, que al ver sus intenciones le sacó la placa y estuvo a punto de detenerla. Los Mossos d'Esquadra no están para tonterías últimamente.

Harta de no comer carne, la moza se decidió por el pescado y comenzó a tirarle los tejos a Graciella Moreno, y fue entonces cuando me di cuenta de que la mujer de mi cliente era bipolar, o poliamorfa, o como pollas se llame ahora a eso de hacer a pelo y lana. La cosa pudo terminar en tragedia porque desde lejos vi como Graciella, que además de escritora es jueza, estuvo a punto de arrearle a la ninfómana con un enorme tomo de derecho penal. Con Carlos Augusto Casas no pudo ser porque, por lo que pude oír, él vendía junglas, pero no se metía en ellas. Carles Quílez se parapetó tras la mesa de firmas y resistió heroicamente los ataques de la ansiosa.

Ignoro si durante la cena la rubia consiguió algún objetivo porque me fui a dormir. Estaba muy cansado. Siempre me pasa, en cuanto voy más allá de Albacete me entra jet lag.

Al día siguiente me levanté tarde y no sé lo que hizo o no hizo mi investigada por la universidad. Por allí andaban, además de Graciella Moreno y Carles Quílez, Javier Manzano con su Black&Noir y los radiofónicos Ana Alonso y José Antonio Pérez Ledo con su «Gran apagón».

La tarde prometía, pero no pasó nada. La moza pasó de Lorena Franco y todavía estoy preguntándome por qué. Si yo fuese poliamorosica, me iba derechito hacia sus entretelas y sus ventas en Amazon. El caso es que pasó de ella se acercó a Ana Ballabriga y David Zaplana. Me arrimé discretamente y escuché como les proponía un trio. Ana se puso muy colorada y David, muy enfadado, le dijo que ni trio ni leches. Luego al francés le propuso un ídem, que lo escuché yo con estas orejas, pero Pascal Dessaint rechazó la oferta con un «¡Qué redundancia tan obscenamente vulgar!». Yo no tengo ni puta idea de francés, pero me lo tradujo un señor con pinta de profesor que se llama Julian Serrano. A Juan Carlos Galindo ni se le acercó. Seguramente tenía miedo de salir en los papeles. O quizá sería por la pajarita, no sé.

Me estaba poniendo nervioso. Las mesas de la tarde se habían acabado y yo no tenía una puta prueba. La rubia no mojaba y estaba empezando a pensar que estaba en un festival de estrechos sin fronteras, pero en la Roneria de la Habana y con dos pelotazos me sentí mejor. De pronto, el pulso se me aceleró cuando vi que la tipa se acercaba a Sergio Vera Valencia y, aprovechando que Jesús Lens hablaba de cócteles negros y tal, le susurraba algo al oido, lo trincaba del brazo y se lo llevaba a la calle. Les seguí a una distancia prudencial por varias callejas del casco antiguo. Torcieron por una esquina y, al hacerlo yo, vi que habían desaparecido. «¡Joder!», recuerdo que pensé, y aunque nos os lo creáis, me costó bastante pensar eso. Regresé a la Ronería y me alumbré otro pelotazo para quitarme el disgusto. Entre los vapores del gintonic de colorines me fijé que los progenitores del secuestrado por la rubia, Ana María Valencia y José ángel Vera, andaban muy atribulados buscando a su retoño por todos los rincones del bareto.

—No se preocupen —les dije ya con la lengua un poco de trapo—, su hijo está en buenas piernas, digo manos.

Me miraron raro y todavía me pregunto por qué. Mi vida es un continuo preguntarme porqueses.

Una puntualización: un detective es como un científico. Si no hay pruebas no hay certeza. Yo no sé si la rubia platino y el director del certamen jugaron a los médicos o rezaron el Santo Rosario. Sin fotos no hay pruebas y sin pruebas…, pues eso, como el gato de Schrödinger, que hubo y no hubo plantada de nabo a la vez.

Me fui a la cama ciscándome en todo el santoral por mi torpeza.

El sábado por la mañana me levanté acojonado. Seguía sin tener ninguna foto, el certamen se estaba acabando y mi encargo peligraba. Por la mañana, la tipa lo intentó con Vicente Garrido y éste amenazó con perfilarla. La rubia se retiró y por su cara deduje que lo de perfilar le sonó demasiado raro para sus gustos sexuales. Luego, ya por la tarde, atacó a Victor del Árbol, que declinó la invitación con una encantadora sonrisa llena de incisivos, caninos y otras piezas dentales que los demás mortales de a pie no tenemos ni de coña. Martín Olmos le dijo que si no le publicaba su novela «Serenata de plomo» que se fuera a hacer puñetas.

Al finalizar la siguiente mesa mi investigada caracoleó con Vicente Marco y éste contraatacó explicándole cómo ganar un premio literario. La rubia quería otro tipo de premio y se largó

El festival estaba a punto de clausurarse y yo estaba al borde de un ataque. Salí a tomar el aire, me senté en una terraza y pedí una gaseosa para aclarar ideas y no aclaré nada, entre otras cosas, porque yo no suelo tener varias ideas a la vez y la gaseosa tampoco ayuda mucho. Estaba yo paladeando el delicioso brebaje, cuando me percaté de que mi investigada y Nieves Abarca, con su flamante Tormo Negro en la mano, estaban en la mesa de al lado charlando muy animadamente. Puse en alerta el ojo y la oreja y al poco me di cuenta de que la rubia se volvía cada vez más cariñosa con Nieves. Tan cariñosa que, de pronto, Nieves alzó el Tormo Negro y le gritó a menazante:

—¿Qué carallo pretendes? ¡Yo soy carballeira, y a mi me gustan los percebes reglamentarios!

La rubia salió corriendo y se coló de nuevo en la clausura del certamen.

Comencé a buscar una solución a la deseperada: «¿Y si me ligo a la rubia y cuando llega el momento crucial me pongo una careta de anonymous y me hago selfis dándole lo suyo a la moza?

En estas estaba cuando la vi salir del brazo de un tipo entrado en años y en carnes. Le pregunté por él a Carlos Bassas, que pasaba por allí afilando su katana, y me dijo que era un bloguero que hacía más kilómetros que el baúl de la Piquer, recorriendo todos los festivales negros del país. «También son ganas —pensé—, habiendo tanto guayabo suelto liarse con semejante carcamal».

El caso es que les seguí hasta el hotel en donde se alojaba la rubia. Con una buena propina al recepcionista conseguí una habitación contigua a la suya, salté a su terraza y filmé los patéticos esfuerzos del bloguero por contentar a la prójima. La actuación del friki no pasará a la historia por su excelencia, pero tenía las pruebas del himeneo. Por tanto, caso cerrado.

Antes de irme, me despedí de Sergio Vera Valencia no sin antes hacerle una sugerencia:

—No te fíes tanto de las mujeres, Sergio, si me permites el consejo.

—Muchacho —me contestó risueño—, no te equivoques conmigo. Yo no me fío ni de mi sombra. Imagínate, ni siquiera la veo. Simplemente dejo que las cosas sucedan.

Un buen tipo, este Sergio, a pesar de ser director de un festival negro.



miércoles, 7 de marzo de 2018

VillaNoir 2018. Black writers vs. aliens.

Grabación del cuaderno de bitácora de la nave interestelar Nostragamus procedente del sistema Sirius. Tripulación: Tete Karabarbo (capitán, propietario de la nave y cazarrecompensas) y Discúter (piloto, ayudante subcontratado y pringadillo de turno). Lugar: planeta Tierra, sur del Pirineo aragonés. Fecha terrícola: 3 de marzo de 2018.


—Tendríamos que acercarnos más, jefe. Desde aquí no podemos interceptar sus diálogos.

—Está bien, pero vigila el inhibidor de presencia, no nos pase como ayer y nos muelan a palos. ¡Menuda mala leche la del tipo ese de la joroba postiza!

—Ya le dije antes de hacer el salto espaciotemporal que el inhibidor necesitaba una reparación urgente. Y el tipo de la joroba postiza es lo que por aquí llaman un montañero. Casi lo despeñamos del susto cuando aterrizamos en los prados de la cabaña esa, cerca de la cima de la peña que los indígenas del pueblo llaman Collarada.

—No tenemos tiempo para reparaciones. El tipo que buscamos es muy escurridizo.

—Yo no diría tanto, jefe. Se prodiga mucho en las redes sociales del planeta.

—Por eso. Es un experto y no hay nada que me ponga más nervioso que un experto. Bien, Discúter, reconozcamos el terreno. Haz un vuelo rasante sobre el pueblo. ¿Cómo has dicho que se llama?

—Villanúa.

—¡Malditos nombres terrícolas! No hay manera de aprendérmelos. Vamos, baja un poco más, pero ten cuidado y no te lleves por delante la torre de la iglesia, no vayamos a joderla, que estos terrícolas son muy sensibles con sus ídolos y sus símbolos.

—A mi lo que me preocupa es el inhibidor de presencia, jefe. Como nos falle y nos hagamos visibles aquí, encima del pueblo, la vamos a liar parda. Además, la tobera antigravedad izquierda no anda muy fina y…

—¡Deja en paz el inhibidor, la tobera y la madre que los parió! Centrémonos en lo que interesa. A ver, el tipo en cuestión se llama Ricardo Bosque, fíjate bien en su holograma, no vayamos a cagarla y abduzcamos a otro, que estos terrícolas me parecen todos iguales.

—Hombre, jefe, yo no veo mucho parecido entre Ricardo Bosque, Ana Etxabe y Miriam Stolisky.

—¿Quiénes son esos otros?

—Esas, jefe, esas. Son hembras terrícolas y no son unas hembras cualquiera. Ana Etxabe es la concejala de cultura, algo así como el equivalente a un miembro destacado de nuestros consejos de mando locales. La tal Stolisky es la bibliotecaria.

—¿Todavía están en la etapa de leer libros estos paletos?

—¡Joder, jefe! ¿Es que no se ha transfundido el dosier del encargo? Estamos aquí porque el tipo que nos tenemos que llevar es el que organiza el segundo festival de novela negra de Villanúa, VillaNoir 2018.

—Ya, ya. Es que con tantos encargos que llevamos entre manos me hago la biociberpicha un lío. ¿Cuál crees que sería el mejor sitio para trincar al Ricardo ese?

—Lo tenemos difícil, jefe. A pesar de que los invitados al evento son de los mejores escritores del género, le tienen mucho respeto y no lo pierden de vista. Le siguen como corderitos. Como no lo abduzcamos cuando esté cagando…

—¡Quita, quita, menudo marrón! Subirlo a la nave a medio tango… ¡Para que nos ponga el cono elevador hecho unos zorros! ¿Ya no te acuerdas lo que nos pasó con el rigeliano aquel que nos puso toda la nave perdida?

—Si me acuerdo, jefe, pero es que los rigelianos van siempre muy sueltos. Los terrícolas tienden más al estreñimiento.

—Déjate de hostias. Revisa el programa del festival para ver si encontramos un hueco en el que esté solo.

—Ya lo he hecho, jefe. Esto se acaba. Ya se han celebrado todas las mesas y como usted ha visto siempre había mucha gente. Imposible enfocar el cono elevador solamente sobre el individuo en cuestión. Podemos intentarlo dentro de un rato en el Pajar de Troncho.

—¿Y eso qué es?

—Un sitio en donde van a dar una fiesta criminal. 

—¿Van a matar a alguien como hacen los rigelianos en las orgias que montan en Rigel IV?

—No, jefe. Bailarán con canciones de temática policiaca.

—¿Habrá drogas?

—Que yo sepa, sólo alcohol.

—¡Joder, qué sosez de fiesta!

—Bien, este es el plan: esperaremos a que la fiesta esté en todo su apogeo y le haremos una falsa llamada de teléfono desde el número de su mujer. En cuanto salga afuera para hablar lo trincamos.

—De acuerdo, jefe, a propósito, ¿para qué quiere nuestro cliente a Ricardo Bosque?

—¡Yo qué sé! Tonterías y caprichitos de nuevo rico. Parece ser que quiere montar un festival de novela negra en Alfa Centauri III y quiere que Ricardo le asesore. Imagínate…, ¡un festival con libros! ¿Habrase visto cosa más antigua y obsoleta? Pero bueno, quien paga manda…

—Pues esperemos a que llegue la noche y empiece el criminal party…

—¡Nada de esperas! Programa un microsalto temporal y avancemos hasta el evento.

—Lo que usted mande, jefe, pero le recuerdo que andamos cortos de combustible y los microsaltos temporales consumen mucha energía.

—¡Haz lo que te digo, coño! Ya si eso procesamos unas cuantas rocas de la cima del Collarada para obtener gasofa molecular.

—Necesitaremos al menos media cima, jefe. Vamos a alterar el paisaje y se van a dar cuenta los terrícolas de Villanúa.

—Algunos lo agradecerán. Así quedará más bajo y les costará menos subirlo.

—Vale, jefe, ya estamos, justo encima del Pajar de Troncho.

—Bien, cuéntame qué ves por el transparentador ultrasónico.

—Veo a Daniel Sancho, de El Eventario, que está animando el cotarro y la bibliotecaria, Miriam Stolisky hace fotos.

—¿Fotos?

—Sí, una especie de hologramas en dos dimensiones. La gente se disfraza de asesino, llevan cuchillos, sierras, máscaras y ponen caras raras.

—¡La madre que los parió! ¿Has llamado a Ricardo?

—Sí, jefe, ya sale… Pero…, salen varios con él…, entre ellos Juan Mari Barasorda y Jon Arretxe, que está cantando… ¡Maldición! ¡Las vibraciones de los alaridos de Jon han alterado el inhibidor de presencia! ¡Están todos mirando hacia arriba con cara de mala leche! ¿Nos hemos hecho visibles!

—¡Me cago en san Pitopato Berenjeno Nonato! ¡Sal cagando leches, ponte detrás de aquel cerro y arréglalo!

—Vale, vale, ya está, pero no sé si aguantará mucho tiempo. ¿Y ahora qué hacemos?

—A ver…, pásame la lista de autores del festival. Se me está ocurriendo que podíamos abducir a otro… ¿Qué tal si nos llevamos a Javier Marquina y a Cristina Hombrados? Podrían procrear durante el salto hiperespacial y así tendríamos repuestos para…

—¡No me joda, jefe! Estos saben mucho de comics negros, pero de montar festivales… Además, Javier Marquina se parece a Ricardo Bosque tanto como un huevo a una castaña.

—¿Y Rafa Melero?

—¿Está usted loco? ¡Es un poli! Tenemos antecedentes. ¡Nos trincaría en dos minutos!

—Vale, vale, no lo sabía… ¿Jon Arretxe? No, este tampoco. Se pone a cantar y nos desarma la nave.

—Además es vasco, jefe. Y si le da por hablar en raro no lo entiende ni Dios.

—Estela Chocarro tampoco. Es hembra y no podría pasar por Ricardo Bosque ni con un hipermaquillaje biodigital extremo. ¿Jerónimo Salmerón?

—¡Ni se le ocurra, jefe! ¡Menudo hiperactivo! ¡Este nos pone la nave patas arriba en dos minutos!

—¿José Luis Muñoz?

—Sabe mucho. Ha escrito más libros que todos los demás juntos, pero, aunque se conserva bien, es mayor. Podría palmarla durante el viaje.

—¡Joder! ¿Empar Fernández?

—Hembra. De Cataluña, y últimamente no está el horno para bollos con los terrícolas catalanes.

—A ver…, Clara Peñalver es hembra, además, aunque ha mandado un vídeo al festival, no ha venido… Pues sólo nos queda Marcelo Luján.

—¡Ni hartos de vino, jefe! ¡Es argentino!

—¿Y eso?

—Se pone muy intenso. Con sus profundas descripciones del mal, la oscuridad, los escenarios negros, los personajes blancos y otros arcanos, nos puede volver majaras.

—No me he enterado de nada, pero suena peligroso. ¡Me cago en la leche! Pues ya no hay más.

—¿Y si esperamos al VillaNoir del año que viene, jefe? Mientras tanto podríamos hacer los encargos de Aldebarán VI y Orión IX

—No tenemos más remedio. Esperemos al VillaNoir 2019. Hala, tira para Aldebarán IV…, ¿o era Aldebarán VI? Últimamente ando un poco disléxico. 


martes, 28 de noviembre de 2017

El detective Carmelo (14). Si eres muy feo te pueden disparar.

Nota del Autor: Si no sabéis quién es el Feo, os recomiendo que leáis el capitulo «El caso del feo que buscaba novia».


La llamada me cogió por sorpresa. Por doble sorpresa. Por un lado, que a mí me llame una moza ya es para montar una verbena, la otra sorpresa era el objeto de la llamada.

—Carmelo, soy la Berta. El Feo ha muerto y necesito tus servicios para que investigues su fallecimiento.

Me quedé unos instantes bloqueado procesando la información que me acababa de entrar por la oreja.

—¿Estás segura?

—Estoy segura: uno, de que soy la Berta, la puta que tú conoces; dos, de que el Feo, el que te hizo el encargo de que le buscases novia, ha muerto, y tres, de que necesito que investigues las circunstancias de su muerte.

—Ya sabes que ahora no estoy por allá, que me tuve que exilar…

—Pues te vienes para acá si quieres ganarte unos cuartos. Y corta el rollo ese de refugiado político.

—Vale, vale, no te enfades. ¿Y para qué quieres que investigue la muerte del Rober Refor?

—Después de que te acojonaras y te largaras, nos hicimos pareja de hecho. El tío estaba forrado. Si la muerte ha sido un accidente laboral podré cobrar un seguro. Entre eso y la herencia me retiro del oficio.

—Si te retiras, el oficio perderá un pilar fundamental de su historia, Berta.

—Vete a la mierda, que no estoy de humor para flores. ¿Vas a venir o no?

—Claro, claro, Berta. Me pongo en camino. Por cierto, ¿a qué se dedicaba el difunto?

—Era buscador profesional de caracoles serranos. Tienes que demostrar que estaba en el tajo cuando le dispararon.

—¿Le dispararon?

—Un cazador. El hombre jura que fue un accidente. De hecho lo han absuelto en el juicio.

Hasta ese día no tenía ni idea de que existiese la profesión de buscador de caracoles serranos, pero, claro, yo no estoy muy al día en esto de las nuevas profesiones. Pensé que debía de ser algún módulo de la rama agrícola. O ganadera.

Tras unos minutos de reflexionar sobre mi nuevo caso y de preguntarme si las jirafas tendrían dolor de cervicales o no, tomé una decisión: muerto el objeto de mi fuga ya no había peligro de que me apiolara, aunque, a tenor de lo que me había contado la Berta, nunca había existido. Nada me ataba a Madrid y al barrio de Lavapiés. Soy un detective de provincias y tanta multiculturalidad me abruma. Reuní mis pertenencias en un par de maletas, liquidé el alquiler con mi casero paquistaní y me abrí paso como pude hasta donde tenía aparcado el coche. Mi viejo despacho provinciano me esperaba. Los casos serían menos espectaculares, pero más tranquilos.

Me costó salir del barrio. La culpa la tuvieron dos manifestaciones opuestas que se enfrentaron a la altura del café Barbieri. Una era de senegaleses que apoyaban la independencia de Cataluña pero sin Puigdemont. «Este hombre no nos representa», rezaba en una gran pancarta con su foto. He de reconocer que sentí cierta curiosidad por saber quién sería el afortunado catalán que representara los intereses de los negratas de rabo largo. La otra manifestación era de paquistaníes que querían al monasterio de Montserrat y a Reus fuera de la declaración de independencia. Cada vez entendía menos.

Una vez instalado en mi antiguo despacho me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo demostrar que el Feo estaba trabajando cuando se lo cepillaron, pero uno tiene sus recursos. Mi amigo Manolo, más de campo que una bellota con boina, me sacó de dudas:

—Si cuando le dispararon estaba agachado, en una zona de monte bajo, con abundante tomillo y romero, al calorcito que genera el sol después de una fina lluvia primaveral, entonces y sólo entonces, estaba cogiendo caracoles serranos.

Tan sólo me quedaba hablar con el autor de los disparos, el cazador de gatillo fácil.

—Mire, yo no sé lo que estaba haciendo, yo sólo ví un bulto grisáceo moviéndose por entre los romeros y disparé.

—¿Usted dispara a todo lo que se mueve?

—Escuche, buen hombre, era tarde, no había cazado nada, me acababa de comprar una escopeta nueva, ¿usted sabe lo que vale una escopeta? ¿Usted sabe lo que valen los cartuchos? No, no lo sabe, pero mi mujer sí, y si me presento en casa sin nada después de todo el gasto…, usted no sabe cómo se pone mi parienta cuando no llevo nada a casa.

—¿Había llovido?

—Sí, había caído una fina lluvia de primavera. Oiga, no piense que soy un desalmado, ¿usted conocía al muerto?

—Más o menos.

—Pues imagínese la escena: el fulano agachado, sin camisa, en pantalón corto, yo sólo le veía el lomo, en esto que levanta la cabeza y me mira. Disparé, no lo dudé, pensé que era un jabalí. Hay personas tan feas que las sueltas en pelotas por el monte y ningún biólogo es capaz de adivinar qué clase de bichos son.

—Le comprendo, le comprendo.

El caso estaba resuelto. Días después, la Berta se presentó en mi despacho para pagarme y, como siempre, aproveché la ocasión para intentar solucionar mis eternos problemas que habitan al sur del ombligo.

—Me puedes pagar en carne, si quieres, Berta.

—Llegas tarde. Acabo de retirarme. Ahora soy una mujer decente y no eres mi tipo.

—¡Ea, qué le vamos a hacer! Dime una cosa, Berta, ¿además de dinero, el engendro tenía alguna cualidad oculta?

—Era divertido, Carmelo. Contaba unos chistes cojonudos. Eso siempre funciona con nosotras y tú eres muy soso.

—Si tú lo dices…

Al marcharse la Berta me quedé rumiando mis desdichas. Pero soy hombre de decisiones y pensé, y pensé, y pensé. Y después de mucho pensar me pregunté: «¿Habrá cursos de contar chistes para sosos? ¿Asociaciones de sosos anónimos? Dejé de pensar. Me estaba empezando a doler la cabeza.




miércoles, 26 de abril de 2017

El detective Carmelo (13). El abuelo infiel.

—Creo que mi marido me engaña.

La cacatúa que tenía sentada frente a mí debía tener más años que un bancal y más arrugas en la cara que una chaqueta de Adolfo Domínguez tras pasarle por encima una manada de búfalos. Había entrado en mi despacho acompañada del tintineo de pulseras y collares que colgaban de cualquier parte de su huesudo pellejo. Cuando, tras los saludos de rigor, me soltó la frase anterior, así, sin pestañear y mirándome a los ojos, empecé a pensar que a la abuela se le había ido la pinza a tomar por saco. No obstante, soy voluntarioso y una posible clienta es una posible pasta.


—¡Ejem…! Veamos, señora, ¿cuántos años tiene su marido?
—Los mismos que yo, ochenta y cinco, recién cumplidos.


Empecé a mirar a todas las paredes, ángulos, recovecos y objetos susceptibles de esconder una cámara oculta. Terminé pronto la inspección, mi cubil es pequeño, y en los escasos muebles no veía nada sospechoso.


—Vamos a ver, señora…, ¿con qué o con quién piensa que le engaña su marido?
—¿Cómo que con qué? ¡Nada de con qué! ¡Con otra mujer, y a buen seguro más joven que yo!

La abuela empezó a ponerse morada por momentos, su respiración se aceleró en un concierto de pitos y flautas. Corrí al grifo y le ofrecí un vaso de agua temiendo que le diera un jamacuco. Bebió unos sorbitos. Parecía un pavo deglutiendo un puñado de bellotas. Las arrugas del cuello subían y bajaban temblorosas y los pellejos de la cara se agitaban al ritmo de las gargantillas y los collares.

—Gracias, joven. Es que padezco del corazón, ¿sabe usted? Cualquier pequeño contratiempo me altera mucho. No se preocupe, ya pasó.
—De acuerdo, señora, perdone por la duda anterior. Veamos…, ¿en qué se basa usted para pensar que su marido le engaña con otra?
—Pues muy sencillo: porque desde hace una temporada no cumple como es debido con…, ¡ay señor, a mis años, las cosas que tiene contarle una a un extraño! —La señora compuso un gesto de coquetería y se ruborizó hasta el pelucón— ¡Vamos, que no me cumple como antes con el débito conyugal!

Llegados a este punto no sabía si reír o llorar. Si la vieja me estaba tomando el pelo era una actriz de puta madre. Hice un esfuerzo para que no se me notara la zozobra existencial que me invadía.

—¿Y no ha pensado ust…
—Mire, joven —me cortó la anciana—, esto que le estoy contando es muy vergonzoso para mi, perdone que le interrumpa, pero se lo tengo que contar todo de una vez porque si no me va a dar algo. Nosotros somos de costumbres fijas: lo hacemos todos los días de la semana, menos los domingos que descansamos. Como un reloj. Eso sí, con la luz apagada y sin cochinerías, como Dios manda, que somos muy devotos de toda la vida. Pero últimamente, mi marido que, al contrario que yo, goza de una salud de hierro, está como apático, como desganado, tanto es así que el jueves nada de nada. Los jueves me dice que está cansado, que no le apetece, y eso no es normal. Por eso sé que tiene una amante.
—Pues si lo sabe, ¿par qué me quiere a mí? —Lancé mi pregunta comodín por decir algo y porque todavía pensaba que me estaban gastando una broma.
—Porque quiero fotos, pruebas. Soy una mujer de posibles, de muchos posibles. Quiero desheredar a ese traidor antes de que me dé el último y definitivo infarto, aunque no sé si me va a dar tiempo, porque estoy segura de que me va a dar algo en cuanto vea las fotos de ese desgraciado refocilándose con alguna pelandusca.
Esta última aclaración disipó todas mis dudas. Los posibles, si son muchos, nunca vienen mal.
—Aquí tiene, joven —me tendió un sobre—, un adelanto para sus primeros gastos y una foto del traidor. Todos los días toma café a las once en la misma cafetería, los datos están en el dorso de la foto. Ha sido un placer. Espero sus noticias con impaciencia.
—No se preocupe señora, las tendrá.

Sin darme tiempo a reaccionar, la abuelastra se levantó y desapareció por la puerta. Miré el sobre. Además de la foto habían tres mil pavos. Visto lo visto, no tenía más remedio que aplicarle las tarifas del barrio de Salamanca.

Me asomé al balcón a tiempo de ver como como un gorilaco musculoso, enfundado en un traje negro impoluto, introducía delicadamente a la vejestoria en un mercedes más grande que un carro de combate. Los posibles eran ciertos.

No os voy a aburrir con el procedimiento, tan solo os diré que, el jueves, después de seguir al abuelete hasta un motel en las afueras de madrid, quiso la fortuna que este tuviese una estructura en forma de U. Tomé una habitación enfrente de la del abuelo y saqué las fotos de rigor en plena coyunda. Lo que me rompió todos los esquemas fue que, en vez de a una pava, el abuelo se beneficiaba, ¡y de qué manera!, a un efebo de unos veinte añitos, embistiéndole por la popa con gran brío y decisión.

Recogí mis bártulos junto con los palos del sombrajo y mientras me dirigía a mi despacho me dediqué a pensar en cómo solucionar el problema que se me avecinaba. Si le presentaba, así, sin más, las fotos de marras a la abuelita, el jamacuco lo tenía asegurado y un muerto en mi oficina no era una opción recomendable para añadir a mi currículo. La solución se me ocurrió cuando estaba llegando al barrio y me crucé con una ambulancia.

Llamé a la anciana y la cité para entregarle el informe. En cuanto entró en mi cubil la hice sentar y me disculpé apelando a una necesidad perentoria. Entré en el cuarto de baño y, mientras abría el grifo y accionaba la cisterna, llamé al ciento doce diciendo que tenía una urgencia cardiaca en mi bufete. Salí del aseo y me senté mirando fijamente a los ojos de la carcamal.

—Señora, he de decirle que la investigación ha sido ardua, compleja, intrincada, con múltiples aristas y recovecos. Han sido muchas horas de esperar con calma y pacientemente, de elegir los puntos de observación adecuados y aptos para una vigilancia rigurosa, precisa, exacta y acertada. Horas de…
—No hace falta que siga, joven, —me interrumpió la vieja—, no se preocupe. Entiendo que su trabajo ha sido duro y difícil y le será debidamente recompensado.
En ese momento comenzó a escucharse, a lo lejos, como música celestial para mis oídos, la sirena de la ambulancia, pero aún tenía que hacer tiempo.
—Gracias, señora, no esperaba menos de usted, pero he de incidir en que su marido es un hombre escurridizo y resbaloso como una anguila, como una culebra bañada en aceite de oliva virgen…
—Vale, joven, vale. —La abuelita me tendió un sobre—. ¿Le parece bien tres mil más?
—S…, sí…, claro. Pero…

La ambulancia atronaba en el portal. Aún tenía que ganar algo de tiempo, pero la anciana me arrebató el dosier y se puso a observar las fotos.

—Perfecto —dijo la abuela sin inmutarse—. Ha hecho usted un trabajo sensacional. Adiós, joven.

Y antes de que saliera de mi asombro, la anciana desapareció por la puerta como un payaso, con una sonrisa de oreja a oreja. De inmediato, la entrada de los sanitarios me pilló con una cara de gilipollas que ríase usted del rey de los gilipollas. El que parecía el médico me amenazó con un desfibrilador.

—¿Dónde está el enfermo? ¿Es usted?
—No, no. Yo no, era la anciana que acaba de salir…
—¿La anciana que nos hemos cruzado en la escalera y que iba riéndose a dentadura batiente? No me joda, señor. ¿Esto es una broma?
—No, no. Le aseguro que la anciana…
—Mire amigo —me amenazó el médico—, ¿sabía usted que las llamadas falsas al número de emergencias son penadas con una multa de las gordas?
—Oiga que esto no es una llamada falsa, que a esa señora estaba a punto de darle un infarto…
—¿Cómo lo sabe? ¿Es usted médico? ¿Es usted adivino?
—No, pero lo que le he contado le debería haber provocado un paro cardiaco…
—¿Cómo? ¿Se dedica usted a provocar infartos a abuelitas indefensas? Es usted un maniaco de lo peor…

El diálogo continuó unos minutos más, hasta que, a trancas y barrancas, pude desembrollar el asunto con los sanitarios para que no me metieran un puro. Una vez se fueron, me senté y el abatimiento se apoderó de mí como la cizaña se apodera de los campos de trigo dorados al sol de poniente, si me permitís la licencia poética. Tenía seis mil euracos más en mi bolsillo, descontando unos gastos mínimos y, sin embargo, no me sentía feliz porque la sensación de que me la habían metido doblada flotaba en el ambiente junto con el polvo que se desprendía de los muebles. Lo dejé estar y me dediqué a lo que mejor sé hacer: nada. No obstante, la sensación de que me habían tomado por el coño de la Bernarda persistió durante días.

Casi un mes después, leyendo una revista del corazón en el bar de abajo, llegó la respuesta a mis cavilaciones en forma de titular con foto:

«La millonaria Mamen Cotufa del Fresno, después de mas de sesenta años de matrimonio, se divorcia y se casa con el conocido donjuan Fito Bolsas Príapo».

En la foto, la abuelita, mi clienta, aparecía del brazo del tal Fito Bolsas, que no era otro que el amante al que porculeaba, no hacía ni un mes, el marido de la millonaria.

—¡La madre que parió a la abuela! —exclamé en voz alta ante el asombro de la concurrencia…


miércoles, 1 de febrero de 2017

El detective Carmelo (12). El tamaño sí importa

Estaba nervioso. Cambiar de hábitat de la noche a la mañana, a pijo sacao y con la posibilidad de que un cliente insatisfecho me estuviese buscando para rajarme, no es moco de pavo (véase «El caso del feo»). Además, no me estaba aclimatando nada bien al entorno. Madrid es mucho Madrid y Lavapiés ni les cuento. Dicen que es un barrio multicultural. Yo sólo sé que cada vez que salgo a la calle me encuentro rodeado de un follón de mil pares de huevos. Aquí hay gente de cien mil leches y las pintas que llevan la mayoría no dan mucha tranquilidad. Que conste que no soy racista ni prejuicioso, pero en las pocas semanas que llevo por aquí, me han intentado timar varias veces y aún no estoy muy seguro de que no lo hayan conseguido.

Sumido andaba en estas cavilaciones, cuando llamaron a la puerta.

—¡Adelante!

Mi sorpresa fue mayúscula, porque el hombre que acababa de entrar en mi cubil era mi arrendador.

—Que yo recuerde le pagué la fianza y dos meses por adelantado —le dije a modo de saludo parapetándome tras la mesa.

—No, no se preocupe. Su alquiler está al día. He venido a verle porque necesito de sus servicios.

Respiré y me alegré, o al revés, no me acuerdo muy bien, pero esto no tiene mucha importancia. Lo que viene al caso es que mi arrendador era de origen indio de la India, no de los de Estados Unidos, que sólo faltaba que hubiese una colonia de apaches en Lavapiés, no jodamos.

Como les decía, mi casero era indio, pero de las primeras generaciones de indios nacidos en el barrio. Hablaba el castellano mejor que los madrileños y, según me dijo cuando me alquiló el despacho, era el dueño de los doce habitáculos que, junto con el restaurante de la planta baja, conformaban el edificio de cuatro plantas en donde nos encontrábamos. Hay que joderse, ahora resulta que por estos pagos los conejos disparan a los cazadores.

—Necesito que siga a mi mujer y me diga lo que hace cuando me ausento durante todo el día para buscar suministros para el restaurante —me dijo mirándome fijamente con su tercer ojo.

—¿Por?

—Porque sé que me engaña.

—Pues si lo sabe, ¿para qué me quiere a mi?

—Necesito pruebas, fotos o vídeos.

—¿Desde cuándo cree usted que le engaña?

—Desde hace tres jueves, más o menos. El jueves es el día que salgo a la compra para abastecer el restaurante durante el fin de semana.

En ese momento pensé que rutinas y cuernos van de la mano, pero no se lo dije, claro.

—¿Tiene usted una foto de su esposa?

—La tengo.

La fotografía era de cuerpo entero, ¡y qué cuerpo! Además tenía unos ojazos negros de los que te taladran como si nada y siguen mirando al de atrás y lo taladran también.

—¿Y para qué quiere las pruebas?

—Eso no es de su incumbencia, pero como me ha caído usted bien se lo diré: para poder acusarla formalmente de adúltera y lapidarla.

¿Lapidar a semejante bombón? ¡Menudo desperdicio! Es evidente que el tipo estaba cabreado de veras.

—La lapidación es un delito en este país, ni siquiera está penado el adulterio.

—¿Y quién le ha dicho a usted que a mi esposa la juzgarán en España? Nos iremos a nuestro país y será juzgada allá. En Pakistán es un delito muy grave adornar la frente del marido.

—¿Pakistán? ¿No son ustedes hindúes?

—¿Todavía no lo sabe? Todos los hindúes de Lavapiés somos Pakistaníes. Decimos que somos de la India para añadir exotismo.

—¡Vaya por Dios! Otro mito que se me derrumba.

—Pues no le veo muy compungido.

—Costras, conchas, caparazones que crea mi oficio…

—Menos cuento y póngase a la faena. Mañana es jueves y estaré todo el día por ahí, comprando viandas. Al tajo.

—Todavía no hemos hablado de mis honorarios…

—¿Le parece bien seis meses de alquiler?

—Me parecería bien si fuese en efectivo. No suelo cobrar en especie y tampoco sé si me gustará el barrio lo suficiente como para quedarme tanto tiempo. De momento tanta multiculturalidad me agobia bastante.

—Usted se lo pierde, porque entonces le pagaré en efectivo el equivalente a cinco meses.

—Hecho. La mitad ahora y el resto a la entrega de la película.

—De acuerdo, pero le voy a dar un consejo: vístase de otra manera y póngase algo en la cabeza si va a seguir a mi mujer. Un elefante pintado con rayas amarillas fluorescentes llamaría menos la atención que usted con esa pinta.

—Gracias por la sugerencia, pero en cuestión de disfraces me llaman Mortadelo.

—Usted verá. Mi esposa es muy lista.

—No se preocupe y váyase tranquilo. En unos días tendremos resultados.

Me quedé meditando un rato acerca de lo de pasar desapercibido en aquel barrio. Tenía huevos la cosa: pasar desapercibido en un sitio donde no llamaría la atención nada ni nadie. Después de unos minutos de indecisión se me hizo la luz: me encaminé hacia el Rastro y me compré una chupa roja de quinta mano que me pareció de señora, más que nada por los brillantitos que llevaba en la punta de los flecos, pero vaya usted a saber. Luego me hice con un estuche de violín con más golpes y arañazos que una maleta después de un vuelo low cost, un bote de gomina, un par de calcetines a rayas amarillas y negras, un berbiquí, unos tapasoles en forma de corazón para mis gafas y una pajarita roja. Lo siento, pero a la pajarita no renuncio, ea, es mi más genuina seña de identidad.

Al día siguiente me levanté temprano y me acicalé para la ocasión. Lo más complicado fue el peinado. Después de media hora y medio bote de gomina, conseguí formar una cresta muy convincente con los pocos pelos largos que pude reunir en el centro de mi trócola. Me puse la chupa, me doblé los bajos del pantalón para que se me vieran los calcetines a rayas, metí el berbiquí, la cámara y mi colonoscopio trucado en el estuche del violín y salí a la calle de esta guisa. Me aposté en una esquina cercana al restaurante del hindú, pakistaní o lo que cojones fuese. No tuve que esperar mucho, a la media hora, y poco después de que saliera el marido, la supuesta adúltera apareció por la puerta, se dirigió calle arriba y me dispuse a seguirla a una distancia prudencial.

He de decir que la moza se había vestido en concordancia con el barrio: llevaba un kurta con bordados tradicionales, ceñido y minifaldero que dejaba poco que imaginar. La tradición y la modernidad estaban fusionadas con tan gran acierto que merecían un seguimiento mas cercano. Me acerqué un poco más y fue un error. El vaivén de caderas empezó a ponerme de un romanticalentorro que pa qué las prisas. Menos mal que de pronto, un negro salió de un portal y con un rapidísimo tirón de brazo la hizo desaparecer en el interior.

Volví a mi estado natural y observé las ventanas del edificio hasta que vi al negrata aparecer por una y cerrarla. Al entrar en el portal me tropecé con un chino sonriente que parecía defender aquella fortaleza de fornicio.

—¿Dónde il tú?

—¿Tienes habitaciones para alquilar?

—Sí, tengo.

—¿Está libre la del segundo derecha?

—No. Tengo lible la del segundo izquielda.

—Me vale. ¿Puedo verla?

—Sí, tú podel vela. Men conmigo, men, men…

La habitación estaba desprovista de todo mobiliario. Hice un rápido barrido con la orejas y me acerqué a una de las paredes. Efectivamente, los gemidos de la prójima se escuchaban con claridad acompañados por los «ñigu-ñigu» del somier y algún que otro graznido de su acompañante.

No necesitaba más pistas. Rápidamente inicié la negociación con el chino.

—Óyeme, Chan Chan, ¿cuánto me cobrarías por alquilarme esta habitación solamente hoy?

—Mínimo un mes y me llamo Pepe.

—Sólo la necesito para hoy. Un día.

—¿Tú quelel muebles?

—No, no quiero muebles. La quiero así, como está.

—Yo tenel dos sillones cojonudo, ¿tu quelel?

—¡Que no, que no quiero nada!

—¿No quelel una cama plegable?


—¡Hostias, que no, que no necesito nada de nada!

—Cualquiel cosa que se te ocula, tú pedil. ¿Segulo que tú no quelel nada?


—¡¡¡Me cago en san Pito Pato Berenjeno!!! ¡Pues mira, sí, sí que quiero algo!

—Tú pedil.

—¡Quiero echar cinco polvos seguidos sin sacarla! —Perdón, señoras y señores, se me fue la pinza y me puse un poco cipotudo—. ¡Y después, que aún me queden fuerzas para correrte a pollazos por todo el barrio, amarillo cansino de los cojones!

—Yo tlaigo tahilandesa que hacelte lo que tú quelel y luego el malido cole delante de tú y tú dal con polla. No ploblema.

Llegados a este punto tuve que reconocer que el puto chino tenía recursos. Me armé de paciencia.

—No quiero nada, ¿vale? ¿Me entiendes? NA-DA. Sólo quiero que me alquiles este apartamento tal y como está, VA-CÍ-O, por un día, hoy mismo.

—¿Pala qué quelel un día sólo?

Miré al techo mordiéndome la lengua.

—¡Voy a secuestrar al ministro de Interior para exigir la derogación de la ley Mordaza a cambio de su liberación!

—De acueldo, pelo tu no cochinada. Si el ministlo manchal de sangle, vómito, mielda u olines, tú limpial.

En aquel momento y después de semejante respuesta, ya no sabía qué pensar del chino. De perdidos al río, mejor seguir con el cachondeo:

—No te preocupes, te dejaré esto tan limpio que ni el CSI encontrará huellas.

—¿Qué sel CSI?

—Nada, déjalo, era una broma.

—Vale. Un día, tlesciento pavo.

—¡No me jodas, Chin Pon! Te doy cien.

—Ciento cincuenta y me llamo Manolo.

—¿Manolo? Hace un momento te llamabas Pepe.

—Hace un momento tú llamalme Chan Chan.

—Bueno, vale, dejémoslo en ciento cincuenta. Toma y lárgate.

—Vale.

En cuanto el chino desapareció, saqué el berbiquí del estuche de violín y, con mucho cuidado, hice un agujero en el tabique que lindaba con los amantes. Después introduje la punta del colonoscopio por el agujero y conecté la cámara al otro extremo. Moví con cuidado el cable hasta que la lente de su extremo me ofreció un buen encuadre de la escena del delito. No podía dar crédito a lo que estaba viendo: el negro tenía un rabo que no se lo merecía nadie que pudiese llamarse humano. Perdónenme, señoras, pero eso que siempre pregonan de que el tamaño no importa es música para la galería, una mentira piadosa para que no nos acomplejemos los que poseemos la herramienta de la risa de tamaño estándar tirando hacia abajo. Eso sí, tengo que admitir que a la esposa de mi casero, por los gemidos y su expresión gozosa, no le importaba el tamaño siempre que no disminuyera, claro está.

El contador de tiempo de la cámara me indicaba que ya tenía suficiente película. Desmonté la cámara del colonoscopio y me la guardé en el bolsillo. Tiré del fino tubo flexible hasta que apareció la lente colocada en su extremo, lo guardé todo en el estuche del violín, salí a la calle y esperé.

Al cabo de un buen rato, los amantes salieron uno detrás de otro y se fueron en opuestas direcciones. Durante la espera había maquinado un plan: no me apetecía imaginarme a semejante belleza apedreada hasta la muerte. Rápidamente, seguí a la adúltera y me puse a su altura.

—Tenemos que hablar.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

—Tu verdugo o tu salvador. Tú eliges. Mira.

Le enseñé la cámara y se acercó a mi para ver la película en el visor. Hay que joderse, a pesar del copioso fornicio, todavía olía a jazmín. En cuanto vio las primeras secuencias comenzó a llorar y me miró implorante.

—¡No, por favor, mi marido no puede ver esto! ¡Me matará!

—¡Calma, calma, no te preocupes, tengo un plan! Ven conmigo.

Rápidamente la conduje hasta una academia taller de punto y ganchillo que había visto hace unos días y que no quedaba muy lejos de donde nos encontrábamos. La matriculé dos meses en punto de agujas. Advertí a la dueña que la fecha del primer recibo debía de ser la del primer día del mes corriente que estaba a punto de terminar y que si alguien preguntaba, la moza había acudido puntualmente todos los jueves del mes.

La moza comenzó a trapichear con las agujas. No tenía ni puta idea. Saqué unos primeros planos de las manos de una alumna aventajada y filmé a la adúltera con un bonito jersey jacquard, de otra alumna, que estaba casi terminado.

Ya de regreso hacia el restaurante le conminé a la moza:

—A tu marido le enseñaré la grabación del taller y le diré que estás aprendiendo punto para regalarle un jersey, pero debes ser más cuidadosa de ahora en adelante. Si tu marido no pica y contrata a otro, estás perdida.

—¡Gracias, pídeme lo que quieras!

—No es nada, mujer. Tu belleza lo merece.

—Pero permíteme al menos que te recompense, el próximo jueves, en vez de acostarme con Mamadou lo haga contigo. Vives arriba del restaurante, ¿no?

—Mujer, si insistes…

—Hasta el jueves.

Se despidió con un ligero roce de sus labios pecadores con los míos. He de reconocer, y aunque esté feo señalar, que se me puso como la garganta de un cantaor de flamenco. Lo siento, señoras y señores, pero es que no encuentro otro símil más sutil para describir lo que me pasa por allá abajo, qué le vamos a hacer.

—Su mujer es una santa y usted es un mal pensado.

Mi cliente observaba asombrado en mi televisor cómo su casta esposa tejía un precioso jersey lleno de primorosos rombos y cenefas en zigzag. Cuando la película acabó sus ojos estaban empañados. Me abrazó llorando.

—¡Gracias por abrirme los ojos! ¡Qué equivocado estaba!

Me pagó el resto de lo convenido y se fue. Me froté las manos. Ahora sólo quedaba esperar al jueves para recoger la recompensa más esperada. Por fin había terminado un caso sin incidentes a mi favor. La mala suerte se alejaba, los pajaritos cantaban y las nubes se levantaban sobre un horizonte soleado. Un paisaje radiante lo inundaba todo con su luz tamizada de iridiscentes colores y tal. La fortuna por fin me sonreía.

Y llegó el jueves. Estaba más nervioso que un adolescente con granos en su primera cita. Me había vestido para la ocasión, tal y como ella me había conocido, y mi cresta de cuatro pelos lucía enhiesta y lozana. Miré hacia abajo y le conminé a mi bisectriz:

—Pórtate bien y no me dejes en mal lugar.

La puerta se abrió y apareció mi indemnización con otro kurta corto, muy corto, valga la cacofonía. En cuanto me abrazó me puse burraco y medio, para qué vamos a andarnos con largas descripciones. Cuando se quitó el kurta y se quedó en bragas, yo ya estaba en pelotas luciendo todo mi esplendor. Y ahí comenzó mi desgracia: la hindú conformó con sus morritos una "o" muy cuca para pasar a estallar en carcajadas convulsas. Mientras se reía, la muy cabrona, señalaba hacia la que yo creía mi virilidad más apuesta, la cual, sintiéndose ofendida, se retiró a sus aposentos convirtiéndose en apenas un gusanito sin fuste ni gracia alguna. Yo estaba tan agilipollado que no sabía que hacer, si reír con ella o llorar sobre su hombro.

Cuando quise reaccionar, se había vestido y sus carcajadas resonaban perdiéndose por la escalera. Yo, mohíno, desencantado, en bolas y con mi cresta engominada, me senté en el borde de la mesa y me puse a cavilar sobre el devenir del hombre y su relevancia en el cosmos…