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miércoles, 1 de febrero de 2017

El detective Carmelo (12). El tamaño sí importa

Estaba nervioso. Cambiar de hábitat de la noche a la mañana, a pijo sacao y con la posibilidad de que un cliente insatisfecho me estuviese buscando para rajarme, no es moco de pavo (véase «El caso del feo»). Además, no me estaba aclimatando nada bien al entorno. Madrid es mucho Madrid y Lavapiés ni les cuento. Dicen que es un barrio multicultural. Yo sólo sé que cada vez que salgo a la calle me encuentro rodeado de un follón de mil pares de huevos. Aquí hay gente de cien mil leches y las pintas que llevan la mayoría no dan mucha tranquilidad. Que conste que no soy racista ni prejuicioso, pero en las pocas semanas que llevo por aquí, me han intentado timar varias veces y aún no estoy muy seguro de que no lo hayan conseguido.
Sumido andaba en estas cavilaciones, cuando llamaron a la puerta.
—¡Adelante!
Mi sorpresa fue mayúscula, porque el hombre que acababa de entrar en mi cubil era mi arrendador.
—Que yo recuerde le pagué la fianza y dos meses por adelantado —le dije a modo de saludo parapetándome tras la mesa.
—No, no se preocupe. Su alquiler está al día. He venido a verle porque necesito de sus servicios.
Respiré y me alegré, o al revés, no me acuerdo muy bien, pero esto no tiene mucha importancia. Lo que viene al caso es que mi arrendador era de origen indio de la India, no de los de Estados Unidos, que sólo faltaba que hubiese una colonia de apaches en Lavapiés, no jodamos.
Como les decía, mi casero era indio, pero de las primeras generaciones de indios nacidos en el barrio. Hablaba el castellano mejor que los madrileños y, según me dijo cuando me alquiló el despacho, era el dueño de los doce habitáculos que, junto con el restaurante de la planta baja, conformaban el edificio de cuatro plantas en donde nos encontrábamos. Hay que joderse, ahora resulta que por estos pagos los conejos disparan a los cazadores.
—Necesito que siga a mi mujer y me diga lo que hace cuando me ausento durante todo el día para buscar suministros para el restaurante —me dijo mirándome fijamente con su tercer ojo.
—¿Por?
—Porque sé que me engaña.
—Pues si lo sabe, ¿para qué me quiere a mi?
—Necesito pruebas, fotos o vídeos.
—¿Desde cuándo cree usted que le engaña?
—Desde hace tres jueves, más o menos. El jueves es el día que salgo a la compra para abastecer el restaurante durante el fin de semana.
En ese momento pensé que rutinas y cuernos van de la mano, pero no se lo dije, claro.
—¿Tiene usted una foto de su esposa?
—La tengo.
La fotografía era de cuerpo entero, ¡y qué cuerpo! Además tenía unos ojazos negros de los que te taladran como si nada y siguen mirando al de atrás y lo taladran también.
—¿Y para qué quiere las pruebas?
—Eso no es de su incumbencia, pero como me ha caído usted bien se lo diré: para poder acusarla formalmente de adúltera y lapidarla.
¿Lapidar a semejante bombón? ¡Menudo desperdicio! Es evidente que el tipo estaba cabreado de veras.
—La lapidación es un delito en este país, ni siquiera está penado el adulterio.
—¿Y quién le ha dicho a usted que a mi esposa la juzgarán en España? Nos iremos a nuestro país y será juzgada allá. En Pakistán es un delito muy grave adornar la frente del marido.
—¿Pakistán? ¿No son ustedes hindúes?
—¿Todavía no lo sabe? Todos los hindúes de Lavapiés somos Pakistaníes. Decimos que somos de la India para añadir exotismo.
—¡Vaya por Dios! Otro mito que se me derrumba.
—Pues no le veo muy compungido.
—Costras, conchas, caparazones que crea mi oficio…
—Menos cuento y póngase a la faena. Mañana es jueves y estaré todo el día por ahí, comprando viandas. Al tajo.
—Todavía no hemos hablado de mis honorarios…
—¿Le parece bien seis meses de alquiler?
—Me parecería bien si fuese en efectivo. No suelo cobrar en especie y tampoco sé si me gustará el barrio lo suficiente como para quedarme tanto tiempo. De momento tanta multiculturalidad me agobia bastante.
—Usted se lo pierde, porque entonces le pagaré en efectivo el equivalente a cinco meses.
—Hecho. La mitad ahora y el resto a la entrega de la película.
—De acuerdo, pero le voy a dar un consejo: vístase de otra manera y póngase algo en la cabeza si va a seguir a mi mujer. Un elefante pintado con rayas amarillas fluorescentes llamaría menos la atención que usted con esa pinta.
—Gracias por la sugerencia, pero en cuestión de disfraces me llaman Mortadelo.
—Usted verá. Mi esposa es muy lista.
—No se preocupe y váyase tranquilo. En unos días tendremos resultados.
Me quedé meditando un rato acerca de lo de pasar desapercibido en aquel barrio. Tenía huevos la cosa: pasar desapercibido en un sitio donde no llamaría la atención nada ni nadie. Después de unos minutos de indecisión se me hizo la luz: me encaminé hacia el Rastro y me compré una chupa roja de quinta mano que me pareció de señora, más que nada por los brillantitos que llevaba en la punta de los flecos, pero vaya usted a saber. Luego me hice con un estuche de violín con más golpes y arañazos que una maleta después de un vuelo low cost, un bote de gomina, un par de calcetines a rayas amarillas y negras, un berbiquí, unos tapasoles en forma de corazón para mis gafas y una pajarita roja. Lo siento, pero a la pajarita no renuncio, ea, es mi más genuina seña de identidad.
Al día siguiente me levanté temprano y me acicalé para la ocasión. Lo más complicado fue el peinado. Después de media hora y medio bote de gomina, conseguí formar una cresta muy convincente con los pocos pelos largos que pude reunir en el centro de mi trócola. Me puse la chupa, me doblé los bajos del pantalón para que se me vieran los calcetines a rayas, metí el berbiquí, la cámara y mi colonoscopio trucado en el estuche del violín y salí a la calle de esta guisa. Me aposté en una esquina cercana al restaurante del hindú, pakistaní o lo que cojones fuese. No tuve que esperar mucho, a la media hora, y poco después de que saliera el marido, la supuesta adúltera apareció por la puerta, se dirigió calle arriba y me dispuse a seguirla a una distancia prudencial.
He de decir que la moza se había vestido en concordancia con el barrio: llevaba un kurta con bordados tradicionales, ceñido y minifaldero que dejaba poco que imaginar. La tradición y la modernidad estaban fusionadas con tan gran acierto que merecían un seguimiento mas cercano. Me acerqué un poco más y fue un error. El vaivén de caderas empezó a ponerme de un romanticalentorro que pa qué las prisas. Menos mal que de pronto, un negro salió de un portal y con un rapidísimo tirón de brazo la hizo desaparecer en el interior.
Volví a mi estado natural y observé las ventanas del edificio hasta que vi al negrata aparecer por una y cerrarla. Al entrar en el portal me tropecé con un chino sonriente que parecía defender aquella fortaleza de fornicio.
—¿Dónde il tú?
—¿Tienes habitaciones para alquilar?
—Sí, tengo.
—¿Está libre la del segundo derecha?
—No. Tengo lible la del segundo izquielda.
—Me vale. ¿Puedo verla?
—Sí, tú podel vela. Men conmigo, men, men…
La habitación estaba desprovista de todo mobiliario. Hice un rápido barrido con la orejas y me acerqué a una de las paredes. Efectivamente, los gemidos de la prójima se escuchaban con claridad acompañados por los «ñigu-ñigu» del somier y algún que otro graznido de su acompañante.
No necesitaba más pistas. Rápidamente inicié la negociación con el chino.
—Óyeme, Chan Chan, ¿cuánto me cobrarías por alquilarme esta habitación solamente hoy?
—Mínimo un mes y me llamo Pepe.
—Sólo la necesito para hoy. Un día.
—¿Tú quelel muebles?
—No, no quiero muebles. La quiero así, como está.
—Yo tenel dos sillones cojonudo, ¿tu quelel?
—¡Que no, que no quiero nada!
—¿No quelel una cama plegable?
—¡Hostias, que no, que no necesito nada de nada!
—Cualquiel cosa que se te ocula, tú pedil. ¿Segulo que tú no quelel nada?
—¡¡¡Me cago en san Pito Pato Berenjeno!!! ¡Pues mira, sí, sí que quiero algo!
—Tú pedil.
—¡Quiero echar cinco polvos seguidos sin sacarla! —Perdón, señoras y señores, se me fue la pinza y me puse un poco cipotudo—. ¡Y después, que aún me queden fuerzas para correrte a pollazos por todo el barrio, amarillo cansino de los cojones!
—Yo tlaigo tahilandesa que hacelte lo que tú quelel y luego el malido cole delante de tú y tú dal con polla. No ploblema.
Llegados a este punto tuve que reconocer que el puto chino tenía recursos. Me armé de paciencia.
—No quiero nada, ¿vale? ¿Me entiendes? NA-DA. Sólo quiero que me alquiles este apartamento tal y como está, VA-CÍ-O, por un día, hoy mismo.
—¿Pala qué quelel un día sólo?
Miré al techo mordiéndome la lengua.
—¡Voy a secuestrar al ministro de Interior para exigir la derogación de la ley Mordaza a cambio de su liberación!
—De acueldo, pelo tu no cochinada. Si el ministlo manchal de sangle, vómito, mielda u olines, tú limpial.
En aquel momento y después de semejante respuesta, ya no sabía qué pensar del chino. De perdidos al río, mejor seguir con el cachondeo:
—No te preocupes, te dejaré esto tan limpio que ni el CSI encontrará huellas.
—¿Qué sel CSI?
—Nada, déjalo, era una broma.
—Vale. Un día, tlesciento pavo.
—¡No me jodas, Chin Pon! Te doy cien.
—Ciento cincuenta y me llamo Manolo.
—¿Manolo? Hace un momento te llamabas Pepe.
—Hace un momento tú llamalme Chan Chan.
—Bueno, vale, dejémoslo en ciento cincuenta. Toma y lárgate.
—Vale.
En cuanto el chino desapareció, saqué el berbiquí del estuche de violín y, con mucho cuidado, hice un agujero en el tabique que lindaba con los amantes. Después introduje la punta del colonoscopio por el agujero y conecté la cámara al otro extremo. Moví con cuidado el cable hasta que la lente de su extremo me ofreció un buen encuadre de la escena del delito. No podía dar crédito a lo que estaba viendo: el negro tenía un rabo que no se lo merecía nadie que pudiese llamarse humano. Perdónenme, señoras, pero eso que siempre pregonan de que el tamaño no importa es música para la galería, una mentira piadosa para que no nos acomplejemos los que poseemos la herramienta de la risa de tamaño estándar tirando hacia abajo. Eso sí, tengo que admitir que a la esposa de mi casero, por los gemidos y su expresión gozosa, no le importaba el tamaño siempre que no disminuyera, claro está.
El contador de tiempo de la cámara me indicaba que ya tenía suficiente película. Desmonté la cámara del colonoscopio y me la guardé en el bolsillo. Tiré del fino tubo flexible hasta que apareció la lente colocada en su extremo, lo guardé todo en el estuche del violín, salí a la calle y esperé.
Al cabo de un buen rato, los amantes salieron uno detrás de otro y se fueron en opuestas direcciones. Durante la espera había maquinado un plan: no me apetecía imaginarme a semejante belleza apedreada hasta la muerte. Rápidamente, seguí a la adúltera y me puse a su altura.
—Tenemos que hablar.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
—Tu verdugo o tu salvador. Tú eliges. Mira.
Le enseñé la cámara y se acercó a mi para ver la película en el visor. Hay que joderse, a pesar del copioso fornicio, todavía olía a jazmín. En cuanto vio las primeras secuencias comenzó a llorar y me miró implorante.
—¡No, por favor, mi marido no puede ver esto! ¡Me matará!
—¡Calma, calma, no te preocupes, tengo un plan! Ven conmigo.
Rápidamente la conduje hasta una academia taller de punto y ganchillo que había visto hace unos días y que no quedaba muy lejos de donde nos encontrábamos. La matriculé dos meses en punto de agujas. Advertí a la dueña que la fecha del primer recibo debía de ser la del primer día del mes corriente que estaba a punto de terminar y que si alguien preguntaba, la moza había acudido puntualmente todos los jueves del mes.
La moza comenzó a trapichear con las agujas. No tenía ni puta idea. Saqué unos primeros planos de las manos de una alumna aventajada y filmé a la adúltera con un bonito jersey jacquard, de otra alumna, que estaba casi terminado.
Ya de regreso hacia el restaurante le conminé a la moza:
—A tu marido le enseñaré la grabación del taller y le diré que estás aprendiendo punto para regalarle un jersey, pero debes ser más cuidadosa de ahora en adelante. Si tu marido no pica y contrata a otro, estás perdida.
—¡Gracias, pídeme lo que quieras!
—No es nada, mujer. Tu belleza lo merece.
—Pero permíteme al menos que te recompense, el próximo jueves, en vez de acostarme con Mamadou lo haga contigo. Vives arriba del restaurante, ¿no?
—Mujer, si insistes…
—Hasta el jueves.
Se despidió con un ligero roce de sus labios pecadores con los míos. He de reconocer, y aunque esté feo señalar, que se me puso como la garganta de un cantaor de flamenco. Lo siento, señoras y señores, pero es que no encuentro otro símil más sutil para describir lo que me pasa por allá abajo, qué le vamos a hacer.



—Su mujer es una santa y usted es un mal pensado.
Mi cliente observaba asombrado en mi televisor cómo su casta esposa tejía un precioso jersey lleno de primorosos rombos y cenefas en zigzag. Cuando la película acabó sus ojos estaban empañados. Me abrazó llorando.
—¡Gracias por abrirme los ojos! ¡Qué equivocado estaba!
Me pagó el resto de lo convenido y se fue. Me froté las manos. Ahora sólo quedaba esperar al jueves para recoger la recompensa más esperada. Por fin había terminado un caso sin incidentes a mi favor. La mala suerte se alejaba, los pajaritos cantaban y las nubes se levantaban sobre un horizonte soleado. Un paisaje radiante lo inundaba todo con su luz tamizada de iridiscentes colores y tal. La fortuna por fin me sonreía.



Y llegó el jueves. Estaba más nervioso que un adolescente con granos en su primera cita. Me había vestido para la ocasión, tal y como ella me había conocido, y mi cresta de cuatro pelos lucía enhiesta y lozana. Miré hacia abajo y le conminé a mi bisectriz:
—Pórtate bien y no me dejes en mal lugar.
La puerta se abrió y apareció mi indemnización con otro kurta corto, muy corto, valga la cacofonía. En cuanto me abrazó me puse burraco y medio, para qué vamos a andarnos con largas descripciones. Cuando se quitó el kurta y se quedó en bragas, yo ya estaba en pelotas luciendo todo mi esplendor. Y ahí comenzó mi desgracia: la hindú conformó con sus morritos una "o" muy cuca para pasar a estallar en carcajadas convulsas. Mientras se reía, la muy cabrona, señalaba hacia la que yo creía mi virilidad más apuesta, la cual, sintiéndose ofendida, se retiró a sus aposentos convirtiéndose en apenas un gusanito sin fuste ni gracia alguna. Yo estaba tan agilipollado que no sabía que hacer, si reír con ella o llorar sobre su hombro.
Cuando quise reaccionar, se había vestido y sus carcajadas resonaban perdiéndose por la escalera. Yo, mohíno, desencantado, en bolas y con mi cresta engominada, me senté en el borde de la mesa y me puse a cavilar sobre el devenir del hombre y su relevancia en el cosmos…






jueves, 22 de diciembre de 2016

Las mejores novelas negras que he leído en 2016.

Se acaba el año y todo el mundo hace sus listas. Como soy un puto envidioso y antes de que perdáis el norte y el criterio con tanta cogorza navideña, yo también he hecho la mía con las que, a mi parecer, han sido las mejores novelas de género negro que he leído durante este año. Hay más, seguro, pero todavía no les he echado el ojo. Pendientes quedan.
Si queréis leer la reseña de todas ellas podéis hacerlo aquí o clicando en cada una.
La clasificación está hecha por orden de lectura:

Los muertos viajan deprisa, de Nieves Abarca y Vicente Garrido.

Pájaros quemados, de Juan Bas.

La maniobra de la tortuga, de Benito Olmo.

Sarna con gusto, de César Pérez Gellida.

Madrid:frontera, de David Llorente.

Cazadores en la nieve, de José Luis Muñoz.



jueves, 15 de diciembre de 2016

«Cazadores en la nieve», de José Luis Muñoz. Reseña.

«Cazadores en la nieve» es una del oeste, pero de las buenas. Sólo tenéis que cambiar el paisaje desértico por el manto nevado del valle de Arán, las montañas de Nevada por la impresionante visión del macizo de la Maladeta desde el Coth de Baretges, el pueblo polvoriento por un pequeño pueblo aranés, añadidle el saloon, que no es otro que el bar Hiru y ya tenemos el decorado. ¿Los actores? No falta ninguno, están todos: el forastero tranquilo que llega al pueblo con aire misterioso, el sherif hijo de puta que arrastra un pasado oscuro y echa las muelas porque no manda en su territorio lo que quisiera, los borrachos pendencieros del pub, el cornudo que sospecha que los lleva más grandes que un caribú y la va a liar parda en cualquier momento, la esposa infiel y el coro de vecinos que están hartos de que «la mierda blanca» les caiga encima, pero es imprescindible para el turismo de esquí.
Luego está la sensación. Esa sensación que produce la tensión progresiva de una venganza aplazada que sobrevuela los tejados de pizarra, la continua zozobra de un inminente ajuste de cuentas que planea desde el principio sobre el pueblo y su valle.
«Cazadores en la nieve» de José Luis Muñoz es una novela negra de nieve sucia, de barro y sangre, de venganza y tragedia y de duelo sin sol sobre la nieve crepuscular.
¿Que cómo escribe José Luis Muñoz? Vamos a ver, almas de cántaro: este hombre ha escrito más de cuarenta libros y tiene en la saca  más de veinte premios literarios. Ha logrado todo esto sin ser muy viejuno, porque es de mi quinta, nacido en 1951, y los de esta edad no somos viejos, tan sólo maduritos experimentados. ¡Y nada de cachondeos que saco la recortada, coño, ya!
Yo creo que ya he dicho lo suficiente para convenceros de que leáis esta novela. Vosotros mismos.

Un placer, José Luis.


martes, 15 de noviembre de 2016

«Madrid: frontera», de David Llorente. Reseña.

Alucinante. «Madrid: frontera» es sencillamente una novela alucinante. Desde las primeras páginas la narración nos envuelve en una distopía, tan probable como aterradora, que te agarra por el sur del ombligo y te atenaza la garganta. El relato nos va introduciendo por las calles de un Madrid oscuro y lluvioso en donde unos siniestros antidisturbios, que sólo saben obedecer, machacan a golpe de porra a una población desahuciada y empobrecida a la que niegan hasta la basura para comer, un Madrid de calles sin nombre en donde la esperanza no es una opción.
David Llorente la ha liado parda de nuevo. Si con «Te quiero porque me das de comer», le pegó una patada a la forma clásica de narrar y se puso estupendo y experimental con la prosa, con «Madrid: frontera» ha conseguido otra relato contado de una forma muy original, pero hilado de un modo mucho más accesible para el lector que en su anterior novela.
El narrador, que lo sabe todo, conversa constantemente con el protagonista, le despeja dudas, soluciona sus conflictos más íntimos y lo dirige por el camino adecuado hasta el desenlace final.
Más arriba he hablado de distopía probable, leed esta novela y comprenderéis lo que digo, porque este «Madrid: frontera» ya está empezando a ocurrir, ese futuro espantoso lo tenemos a la vuelta de la esquina y, si no ponemos remedio, nos van a dar más palos que al pulpo, muchos más de los que ya nos están dando, que no es poco.
Hay novelas que impactan y otras, como «Madrid: frontera», que golpean sin tregua como una lluvia de plomo insistente y tenaz.
Excelente, David, y gracias por el aviso.


jueves, 3 de noviembre de 2016

El detective Carmelo (11). Yoga

El caso pintaba mal. Porque el caso es que hacía semanas que no tenía caso y el escondite donde guardo mis ahorros se estaba quedando más vacío que la cabeza de un tertuliano de por el culo te la hinco. Pero ahora, lo que más me preocupaba era que hacía meses que andaba escaso de compañía femenina. Más que escaso, nulo, cero. No me comía nada que oliera a hembra desde el año de la circuncisión de san Telesforo y andaba con la bisectriz creciéndome sin ton ni son, a deshora, sin venir a cuento y por cuenta propia. Me encontraba bastante revuelto de calenturas subterráneas. Uno tiene sus necesidades y, aunque poco, he estudiado algo al respecto. Una vez, en la consulta del urólogo, leí que no es bueno que el hombre esté solo. Lo decía el suplemento dominical de un periódico de izquierdas copiándoselo a Dios con todo descaro. Bueno, no decía exactamente eso, pero ustedes ya me entienden, no voy a sacar la pizarra para hacerles un esquema. Total, que hice lo que se hace en estos casos: tirar de agenda.
Empecé como a mi me gusta empezar las cosas, es decir, por el principio, por la «A» de mi desgastada libretilla telefónica, y el primer nombre femenino que apareció fue el de Amparo. «Menos mal  que no ha sido Dolores», me dije lleno de optimismo. Me quedé un rato pensando quién sería esa tal Amparo. No es que tenga muchas mujeres en la agenda, pero hace tanto tiempo que no me relaciono con ellas que sus caras se desdibujan entre las brumas del horizonte vacío de mi memoria; ustedes me perdonarán estos retazos de retórica poética. Al fin se me hizo la luz: Amparo, la del caso del caniche extraviado. Recuerdo que tenía una verruga con tres pelos en la comisura izquierda de unos labios carnosos y prometedores. Aclaro que estoy hablando de Amparo, no del perro. También recuerdo que la moza me pagó con carne, no con la carne que que yo esperaba, sino con cuatro chuletones de Ávila.
Como ustedes podrán apreciar, la experiencia con Amparo no fue muy satisfactoria, pero yo soy hombre voluntarioso y me dije que valía la pena intentarlo de nuevo.
Marqué el número de Amparo y una voz de terciopelo me contestó al otro lado:
—¿Siiií…?
—Amparo, soy Carmelo…
—¡Carmelo! ¡Qué bueno, cómo andás, viejo!
—Que yo recuerde tú no tenías acento argentino…
—Se me pone y se me va, es algo intermitente. Son residuos de un romance con un yogui rioplatense.
Llegados a este punto, tenía que hacerle la pregunta crucial:
—¿Y qué haces? 
—Estoy abrazando a un árbol.
—¿Has tropezado y te has chocado con él?
—No seas burro. Abrazar un árbol te proporciona una inmensa relajación emocional. Te equilibra los chacras.
—De eso quería hablarte. Creo que tengo un chacra desequilibrado, está loco perdido, va a su bola.
—¿Y qué chacra es?
—No sé, uno de por ahí abajo.
—Debe ser el chacra muladhara, donde nace dormida la serpiente Kundalini.
—Mi serpiente no está dormida, te lo aseguro, está muy revoltosa y necesita la paz que sólo tú puedes darle.
—Ya sé por donde vas, guarrete, pero no te puedo ayudar con tu serpiente.
—¿Por?
—He trascendido. Desde que hago yoga busco la armonía entre mi cuerpo y mi mente, busco la paz interior y el sexo no me interesa. Necesito toda mi energía para levitar.
—¿Y lo consigues? Lo de levitar, digo.
—No, pero porque me interrumpen continuamente moscones como tú.
—Es que siempre has estado muy buenorra, Amparo.
—Lo sé, esa es mi cruz. Ahora déjame, que se me está escapando la energía del árbol.
—Vale, adiós, Amparo.
—Adiós, Carmelo. Cuídate, y practica los pranayamas, te calmarán.
—Vale…
Colgué el teléfono con una sensación agridulce. No tenía ni zorra idea de lo que eran los pranayamas y menos cómo practicarlos. El problema de mi chacra loco persistía.
Continué consultando la agenda…


jueves, 27 de octubre de 2016

«Sarna con gusto», de César Pérez Gellida. Reseña.

Eso no se hace, César, no me jodas, vaya forma de putear al inspector Ramiro Sancho. O sea que el tío vuelve al tajo después de una suspensión de seis meses por insubordinación y, en plenas fiestas patronales de la ciudad, en vez de dejarle descansar y hacer que se vaya de vinos y tapas, le pones al frente de la investigación del secuestro de una menor. Hay que tener mala leche, van y secuestran a una pija, hija de un concejal y nieta de un superempresario y no hay otro más apropiado que Ramiro Sancho para solucionar el marrón.
Eres un borde, César, porque tú ya sabes que el secuestro pinta muy mal y los secuestradores son muy chungos, más chungos que una raya de chinchetas y al pobre Ramiro le puede volver a caer la del pulpo.
Además, para acabar de joder al poli vas y le montas una trama paralela con unos sicarios esotéricos que se lo quieren cargar y a todo esto le añades un viejo amigo alcohólico que se refugia en su casa para pasar el mono, que Sancho ya no sabe adonde acudir, Cesar, joder.
Y luego estamos nosotros, César, los lectores, que también nos puteas a conciencia porque las escenas que montas son tan creíbles que o nos acongojan o nos acojonan, que acabo de empezar «Cuchillo de palo» y estoy en las mismas, en un continuo sinvivir, aunque no me queda otra que seguir leyéndote, coño.
Eso no se hace, Cesar, no me jodas.


lunes, 24 de octubre de 2016

El concepto.

Exterior día. Atardecer en la playa. Chiringuitodiscopus de diseño.
(Sí, aún queda alguno abierto en estas fechas)

Me siento en la terraza y hago una seña a la moza de la barra. Al momento viene una especie de querubín asexuado de ojos azules con ricitos de oro. Tardo en darme cuenta que es varón y en comprender lo que me pregunta en un acento ignoto.
—¿Qué quioerrrres tumarrrr?
—Una cocacola, por favor.
—Okey.
Se larga hacia la barra y al momento vuelve con una pepsicola. No me gusta la pepsicola, los abstemios también tenemos nuestras manías.
—Esto no es una cocacola.
—Nou cé. Sooy nuoevo. Tú habliarrr con chica barra.
Me levanto con el refresco en la mano y me dirijo hacia la camarera. Ojazos imposibles, escote imposible, minifalda y maquillaje de combate.
—Hola. He pedido una coca y me habéis servido esto —pongo la pepsi encima de la barra.
—Es que aquí sólo trabajamos con el concepto pepsicola —recalca las dos últimas palabras sin mover una ceja y mirándose las uñas.
En momentos así, mis amigos y conocidos dicen que soy lento de reflejos y que se me pone cara de gilipollas. En lo segundo estoy de acuerdo, en lo primero no. No soy lento. Lo que ocurre es que, en esas situaciones, analizo varias respuestas y ninguna me gusta porque no son civilizadas. Son respuestas del tipo: «¿Qué tal si coges la pepsi y el concepto pepsicola y os vais los tres a la mierda?». Os aseguro que esta es la más suave de todas las que se me han ocurrido.
Por eso, después de tres larguísimos segundos de análisis, cojo mi pepsi y le digo a la muchacha:
—Ah…, si es así como están las cosas, perdona, cielo, me adhiero a vuestro proyecto conceptual.
Me siento de nuevo y, mientras bebo con dificultad el brebaje, me dedico a pensar en qué parte del chiringuito podría colocar la bomba para que no quedara ni rastro del concepto.


viernes, 7 de octubre de 2016

El detective Carmelo (10). El caso del feo.

Tenía la tarjeta de crédito más caducada que el certificado de buena conducta de un asesino en serie convicto y confeso. Mi banco no se había molestado en enviarme una nueva, para qué. Creo que no tenía mucha confianza en que mis finanzas remontaran a corto plazo. Estaba a punto de echarme a la calle reclamando pan y justicia, porque circo ya teníamos bastante, cuando la salvación llegó en forma de cliente.
Al principio, cuando el sujeto, por llamarle algo, entró en mi despacho, creí que iba disfrazado. Era una especie de gnomo deforme, rechoncho, paticorto y cabezón. Pelo ralo, nariz patatera y roja, a lo payaso, y unos ojos que miraban a Cádiz y a Barcelona respectivamente. Su mirada me inquietaba, porque no sabía si me miraba a mí o a mi consuelo (mi consuelo es el calendario de pared, obsequio de «Muebles Lorenzana», con una prójima en tanga, marcando camello, con las guías del bigote inferior sin recortar asomando por el bikini, y con más curvas que un puerto de montaña.
—Quiero que me busque novia —me espetó el fulano a modo de buenos días.
—Me pide usted un imposible —la respuesta me salió del alma.
—¿Cómo dice? —Su tono se tornó amenazante.
—Quiero decir que esto no es una agencia matrimonial.
—Lo sé, pero usted se dedica a buscar personas, ¿no?
—Ya, pero yo busco personas concretas, con nombre, apellidos y foto.
—La foto la tiene usted colgada en la pared. —Señaló el calendario mirando las patas de mi sillón—. El nombre y los apellidos me la sudan.
—¿Ha probado en las agencias matrimoniales, en internet…?
—Lo he probado todo y ni hostias. Por eso estoy aquí.
Miré por enésima vez a mi consuelo y después a mi posible cliente. El miró con un ojo al calendario y con el otro a la papelera. Me preparé para salir corriendo en cuanto cambiase de color.
—Me lo está poniendo usted muy dificil, caballero. ¿No se adaptaría usted a algo más sencillito…, alguna moza con menos aerodinámica? —Me estaba imaginado al engendro con semejante pibón y me entraban escalofríos.
—Quiero una novia de bandera, y no me conformo con menos.
—Está bien —contesté—, pero ese capricho le puede salir muy caro.
Se me estaba ocurriendo una idea y había que aprovechar tal coyuntura. Últimamente se me ocurren pocas, ando falto de creatividad.
—No importa, el dinero no es problema —contestó el aborto.
Esta frase me hizo dudar unos segundos, los suficientes para que el engendro esbozara lo que parecía una sonrisa y me espetara:
—Tampoco se pase…
—La mitad ahora y el resto a la entrega del paquete —le dije para no mojarme.
—¿La mitad de cuanto?
—¿Diez mil euros? —Me tiré a la piscina sin saber si tenía agua. Estaba sudando.
—Hecho —contestó sin dejar de sonreír.
Acto seguido, sacó un fajo de billetes y me apoquinó los cinco mil machacantes sin un mal gesto. Bueno, sin un mal gesto es un decir, porque mientras contaba los billetes me comentó:
—Esto me va a salir más barato de lo que me esperaba.
—Bueno, más los gastos, como es habitual —reaccioné rápido.
—No me sea gilipollas. Diez mil en total y a callar. Haberlo pensado antes. Además, usted no ha visto diez mil pelotes juntos en su puta vida. Coja los cinco mil y póngase a la faena, pero a la voz de ya, que se me pasa el arroz.
En aquel momento pensé dos cosas: la primera es que a semejante engendro se le había pasado el arroz justo en el momento de nacer, y la segunda es que el tipo tenía razón. Yo acababa de hacer el primo a conciencia.
Para terminar de arreglar el cuadro, ya en la puerta y antes de despedirse, el fulano, desplegando una navaja de veinte centímetros, me regaló una perla que me hizo volver a sudar:
—Una cosa, huelebraguetas, si no me gusta el paquete, como tú dices, me vas a devolver los cinco mil, uno por uno. No te los gastes, porque si lo haces me los cobraré en carne.
No me gustó que aquel tipo pasara, así, sin más, a tutearme. Tampoco me gustó la navaja, más que nada porque tenía más roña que el palo de un gallinero, pero cinco mil boniatos son muchos boniatos y tenía que poner en marcha la imaginación para contentar al que ya era mi cliente.
Lo que quería el ser deforme que acaba de salir por la puerta era a todas luces imposible. Emparejar a una tía buena con semejante troll era tan improbable como que, a la mañana siguiente, el sol saliera por el poniente. Pero tenía una idea y las ideas mueven el mundo, dicen. ¿Se acuerdan ustedes de la joven de la esquina? Sí, hombre, sí, aquella que tenía la conversación tan corta como la falda. ¿Ya? Vale, pues, sin más dilación, me encaminé hacia su esquina habitual de trabajo.
La joven de la esquina no estaba.
—Se ha ido con un cliente.
La que me respondió era una morena en uniforme de trabajo: pañuelo anudado al pecho dejando descuidadamente medias domingas al aire y los reglamentarios putishorts de combate.
—¿Sabes si tardará mucho?
—No sé. Creo que el cliente le ha pedido un prusiano.
—¿Un prusiano? ¿Y eso qué es?
—Ni idea. La Berta siempre ha sido muy moderna y avanzada, pero no creo que sea algo que dure mucho porque me ha dicho que volvía en diez minutos.
—Diez minutos dan para poco en estos asuntos…
—¡Ja! Créeme, corazón, a algunos les sobran siete.
En estas apareció la Berta y le expliqué mi proyecto y lo que quería de ella. Al enseñarle una foto de mi cliente, me pidió mil pelotes por aguantarlo una semana. Regateamos y al final acordamos quince días por mil quinientos.
Nos encaminamos hacia el encuentro con el fulano, los presenté y se gustaron de inmediato, bueno, Berta hizo el paripé bastante bien. Mientras se besaban delante de mi sin ningún recato, con la mano libre, por detrás, Berta me hizo señas de que le apoquinara mil euros más. Comprendí su demanda, no es lo mismo una fotografía que el directo con intercambio de salivas. Le deposité en la mano disimuladamente los billetes porque no me quedaba otra. Eso o vérmelas con el energúmeno.
Cuando terminó el morreo, el fulano se acercó a mí y, mientras me daba los otros cinco mil acordados, me preguntó:
—¿Tiene garantía?
—Eh…, ¡por supuesto!
—Más te vale, porque como dentro de un mes me diga que no me quiere y me deje, voy a por ti, huelebraguetas.
Cuando los vi alejarse empezó a entrarme el pánico. No lo pensé más, le pagué al casero los meses de alquiler atrasado, le dije que me iba a Argentina a probar fortuna, hice la maleta y enfilé mi viejo Honda Civic hacia Madrid. En esa ciudad es fácil esconderse y todos los gatos son pardos. Alquilé un cubil en una entreplanta del barrio de Lavapiés y me hice grabar en la puerta un rótulo que dice: «Smith & Asociados. Investigadores». Siempre quise llamarme Smith, como la mayoría de los agentes del FBI americano.
Y aquí sigo, comenzando una nueva vida, casi como un testigo protegido, esperando que no me encuentre el mostrenco.
¿Quince días? Ni dos aguanta la Berta a semejante engendro.



lunes, 26 de septiembre de 2016

Un manchego en el Cartagena Negra. Segunda parte.

Después de comer y de echarnos una siesta en la que perdimos la vergüenza y hasta el conocimiento, mi prójima y yo nos fuimos a la librería Santos Ochoa para ver al Lorenzo Silva, que presentaba su última novela «Donde los escorpiones», que va de un crimen que se comete en una base militar española en Afganistán, y Lorenzo nos contó cómo estuvo en la base real para documentarse y hasta salió del recinto en un convoy con unas medidas de seguridad que acojonaban, que digo yo que qué necesidad hay de pasar tanto miedo, que ya nos acojonan bastante todos los días nuestros gobernantes cuando nos enteramos de su cociente intelectual.
Una vez terminada la presentación, no pudimos acercarnos a Lorenzo porque una serie de efluvios procedentes de las humedades de una barrera de señoras que rodeaban al escritor nos lo impidió. Qué le vamos a hacer, la combinación escritor-señora fan es así.
Visto el panorama, volvimos rápidamente hacia el Museo del Teatro Romano y como llegamos con tiempo de sobra para la siguiente charla, nos acercamos para ver el edificio del ayuntamiento, pero un vigilante no nos dejó pasar:
—La hora de visita ya ha pasado. Hasta mañana por la mañana no se puede ver.
Mi señora, que es muy curiosa, preguntó:
—¿Hay activa alguna sección del ayuntamiento en el edificio o se conserva sólo como monumento?
—No, aquí no hay ninguna actividad, aquí solo están los políticos —contestó el de la porra.
Os juro que esa fue la contestación y que no me invento nada, coño, que todo el mundo me dice lo mismo: «¡Venga ya, Urbano, qué imaginación tienes, macho!».
Después de esta esclarecedora respuesta sobre la actividad de los ediles cartageneros, nos fuimos al auditorio del museo para escuchar la charla llamada «Psicología y sangre».
La mesa estaba formada por Claudio Cerdán, Joaquín Llorens, Lorenzo Silva, Nieves Abarca y Vicente Garrido, moderados por Antonio Parra, que, además de moderar, junto con Paco Marín, estuvo todo el día de acá para allá como un mastín ubicuo de sonrisa bonachona cuidando del último detalle.
En las primeras declaraciones de los componentes de la mesa hubo algo de titubeos. Flotaba en el ambiente un tembloroso rielar como de balbuceo de amante primerizo (esto es para que veáis que yo también puedo ponerme literario y estupendo cuando quiero, joder), pero poco a poco el ambiente se fue calentando y la cosa se animó. Todos dijeron, con matices, que había que meter psicología en las novelas y los muertos y la sangre si lo exigía el guión. 
—Hombre, tú verás —dijo, más o menos, Claudio Cerdán—, si yo escribo una novela de bandas, que además es de zombis, pues tiene que haber muertos y sangre a raudales.
Se refería a su novela «Sangre fría». Por cierto, Claudio soltó una perla que me encantó: 
—No me gusta hacer series con el mismo personaje, de hecho me gusta cambiar de registro. Mi última novela, «El club de los mejores», es negra, pero no tiene muertos y la próxima que escribiré será juvenil. ¿Por qué juvenil? Porque de momento no tengo ni puta idea (sic) de como se hace eso.
¡Anda, jódete y baila! Cómo le gustan los retos al mozo…
Joaquín Llorens dijo que la protagonista de su saga era la única que no era policía, ni detective ni criminóloga ni nada de nada y que su mayor problema era cómo hacer que esta civil de a pie se encontrara con los muertos de su relatos. Por cierto la prota de esta saga es una tía buena que se pasa por el arco de triunfo a todo lo que se menea, que yo estoy leyendo «Política criminal» y no para la moza, menudo pendón verbenero que está hecha, y hace bien, qué coño, lo que se van a comer los gusanos que lo disfruten los humanos.
Luego, Lorenzo Silva expuso que debía de haber un equilibrio entre sangre y psicología y que se debería de huir de la casquería y de la violencia gratuita sin venir a cuento. Lorenzo siempre tan discreto y comedido.
Vicente Garrido también dijo que la violencia debería de administrarse con mesura en las novelas, que a él no le gustaban los cadáveres ni la sangre, pero que por su profesión tenía que tragarse muchos horrores que serían poco creíbles al trasladarlos a una novela.
En estas que va Nieves Abarca y le interrumpe diciendo que a ella si que le gustan los muertos, y los cadáveres, y la sangre, y que, cuando están escribiendo una nueva novela, siempre le dice a Garrido: «Vicente, aquí faltan muertos, tenemos que meter más muertos». Luego empezó a despotricar contra el «abismo», que al principio no sabíamos que quería decir, pero luego aclaró que no aguantaba el personaje literario del detective o policía atormentado, que siempre estaba al borde del «abismo» (recalcaba la palabra), y miraba hacia el «abismo», y el «abismo» miraba al policía… Todo esto lo decía tapándose la cara con una mano cada vez que decía «abismo» y luego gesticulaba teatralmente con las manos, lo que provocó el descojono del auditorio que estaba lleno, a punto de reventar como el lagarto de Jaén. Me encanta esta gallega tan espontánea, rediós.
Total, que cuando terminó la charla y los parabienes del público, nos fuimos a un bareto muy chulo que se llama Mister Witt Café, y allí estuvimos tomando cañas y pinchos de tortilla y de jamón con todos los escritores, que, libres ya de las ataduras de los protocolos del certamen, se soltaron un poco el pelo y descendieron de sus olimpillos para hablar de cosas prosáicas mientran masticaban el jamón.
Fué una gozada, por ejemplo, contemplar al seriote Lorenzo Silva imitando a Charlton Heston en la escena final del Planeta de los Simios y calificando su actuación como la escena cumbre del cine cómico. Vicente Garrido no estaba de acuerdo y dijo que el Charlt no era tan mal actor, que tenía algunas interpretaciones buenas. Yo, para azuzar un poco, dije que de todos los caracartones del Hollywood de esa generación, Heston me parecía el más caracartón de todos, que sólo sabía poner dos caras: la de estreñido cuando fruncía el ceño y la de echar a la gente de su casa, como cuando lo entrevistó Michael Moore como presidente de la Asociación Nacional del Rifle.
Luego, Vicente Garrido se interesó por mi santa y por mí, y nos preguntó por nuestra vida, por nuestro pueblo y por nuestras profesiones, que yo creo que nos quería hacer un perfil para ver si éramos una pareja hetero de psicópatas bien avenida o no. Yo estaba a dos bandas y tenía a mi izquierda al Claudio Cerdán y al Carlos Salem que se había unido a la juerga y luego recitó unos poemas muy suyos, algunos de ellos bastante subidos de tono, que hacía que las señoras, bastante turbadas, restregasen el culo en la silla.
Nieves Abarca se marchó al primer sorbo de cerveza porque estaba malita. Fue una pena porque esta moza hubiese dado mucho juego en la tertulia. En fin, qué se le va a hacer, cosa de meigas, imagino.
Antonio Parra y Paco Marín, cabezas visibles de la organización del  certamen, estuvieron muy atentos con nosotros y sólo nos dejaron pagar los últimos cubatas, porque eso ya era vicio.
Al final, avanzada la noche, se disolvió el grupo, nos despedimos de todos, y cansados y felices nos encaminamos al escondido Enehache para cumplir con lo acordado: una noche con todo el desenfreno salvaje y feroz que nos permitieron nuestros gastados cuerpos de jubilados en buen uso.
Menos da una piedra.

   

martes, 20 de septiembre de 2016

Un manchego en el Cartagena Negra. Primera parte.

Pues nada, que estaba yo recién jubilado y entonces va mi churri y me dice:
—Para celebrar tu jubilación te regalo una noche de hotel desenfrenada en el Cartagena Negra, que yo sé que tú quieres ver a tus escritores favoritos en carne mortal, y como premio a que, a partir de ahora, como dócil jubilata, me vas a hacer muchos recados.
Yo, como buen animal de compañía que soy, comencé a dar saltos de alegría y a salivar como los perracos del cabrón de Pavlov, no ya por la noche loca de hotel, que también, si no porque siempre soy muy agradecido con mi amita buena, pero inmediatamente contuve mi júbilo porque pensé: «Hay que ver como son las mujeres, que no dan nada gratis, que esto de hacer de recadero no es ninguna bicoca, todo el día para acá y para allá, tráeme esto, tráeme lo otro…».
Bueno, a lo que vamos: que nos montamos en nuestro viejo Toyota, enfilamos para Cartagena y por poco llegamos tarde, coño, que no encontrábamos el hotel. Y el Tomtom: «Ha llegado a su destino». Y nosostros: «¿Ánde está el hotel?». Y el Tomtom en plan cabezón: «Ha llegado a su destino». Y yo: «¡Me cago en san Pitopato Berenjeno, que no veo el enehache por ningún lado!». Y es que el jodío hotel estaba agazapado detrás de un edificio muy chulo, en una calle peatonal, más escondido que el Santo Grial, joder. Y el cabrón del Tomtom se hacía el longuis y no quería que pasáramos por la peatonal por si nos multaban y le echábamos la culpa. Si es que, además, últimamente y con la crisis, estamos muy poco viajados y parecemos más paletos de lo que somos. Bueno, mi señora no, que las chicas sois más listas y disimuláis mejor.
—Oiga, ¿y el Cartagena Negra?
—Ya voy, coño, no os impacientéis, que todo lo anterior se llama poner en situación, que no entendéis nada de escritura y yo sí desde que voy a festivales negros.
Pues eso, que llegamos al Museo del Teatro Romano por los pelos y allí vimos  a la Nieves Abarca y al Vicente Garrido que presentaban su última novela «Los muertos viajan deprisa», que digo yo que vaya título porque en los entierros los coches fúnebres van muy despacio. Luego, durante la presentación, me enteré de que el título lo había sacado de un relato de Bram Stoker. En fin, cosas de escritores. Por cierto, si queréis ver mi reseña de esta novela, podéis verla aquí, en esta misma sección del blog.
La Nieves Abarca es más guapa y más alta en carne mortal que en las redes sociales, que no favorecen nada. Bueno, a lo mejor, lo de más alta, era porque se había puesto para la ocasión los zuecos de tacón de aguja, no sé. Conmigo se mostró muy amable y simpática, y me firmó en la contratapa del iPad, y nos hicimos fotos y todo. Luego, mi mujer me dijo que hiciera el favor, que no paraba de mirarle el canalillo, pero es mentira, yo no le miro esas cosas a las escritoras; bueno, a lo mejor se lo miré una o dos veces, pero porque está en mi naturaleza de machoman alfa en decadencia hacia el omega tres y no lo puedo remediar.
Nieves estuvo muy bien en la charleta porque, aunque se notaba que estaba contenida por al ambiente formal y domesticado del certamen, en cuando veía un resquicio, se desparramaba y empezaba a despotricar y a cachondearse de los escritores extranjeros, que el Vicente Garrido no paraba de justificarla y traerla a camino, que parecía un padre intentando calmar a una hija díscola y descarriada delante de las visitas. De todas formas, y esto es una opinión personal, no me hagáis mucho caso, por favor, yo creo que Nieves, de pequeña, tuvo que ser muy traviesa, de esas que parece que haya trillizas en casa. Pero, ya digo, esto son sólo cosas mías.
Vicente Garrido es un señor que, cuando no habla, parece que esté pensando en cosas muy importantes todo el rato y cuando habla, las dice, no como yo, que me paso el tiempo pensando en gilipolleces del tipo: «¿Si las ranas tuviesen pelo, la terminación de la frase "te voy a pagar los cien euros que te debo cuando las ranas tengan pelo", sería "cuando las ranas se queden calvas"?». Pero Vicente, a pesar de ser un criminólogo muy importante, no es nada engolado y tiene unos ojos profundos, como de pájaro inteligente y cuando calla pone cara de estar pensando en cómo entrar en la mente de los putos psicópatas, que no paran de dar la lata y joder el parque.
Total, que pasamos un rato muy bueno porque nos contaron cosas de su novela que no sabíamos: cómo la hicieron, como construyeron los personajes, etc. Para que nos entendamos, hablaron del «making of», como dicen los pijos enteradillos.
Cuando terminó la charreta nos acercamos a ellos y los pudimos tocar y todo, y nos hicimos fotos y lo pasamos muy bien…
En todo esto se nos pasó la mañana. En un par de días os cuento cómo pasamos la tarde y parte de la noche en el Cartagena Negra.
No os perdáis la segunda entrega.