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Perdón por mi atrevimiento
y disculpen las molestias.

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viernes, 6 de julio de 2018

«Justo», de Carlos Bassas del Rey. Reseña.

—¿Quién eres, Justo?

—Soy un justo, uno de los 36 justos de mi generación que deben mantener el equilibrio entre el bien y el mal.

—Ya, pero ¿quién eres en realidad?

—¿Realidad? La realidad es múltiple y se fabrica a lo largo de la vida. Al final, cada uno tiene sus realidades. Una de ellas es que soy un viejo que vive en una Barcelona «que no la reconoce ni la madre que la parió». Otra realidad es que soy «el que barre la mierda de Dios».

—¿Y por qué la barres, Justo?

—Porque he sido elegido y porque alguien tiene que hacerlo.

—Pero eso que haces no está bien, Justo, deberías…

—Te equivocas, mi proceder es intachable. Por otro lado, ¿acaso, en algún momento, no te gustaría hacer lo que yo hago?

—No te digo que no lo piense, pero de ahí a llevarlo a cabo…

—No lo haces porque temes que te pillen, pero te aseguro que se puede, todo es cuestión de discreción y decisión.

—Ya, en tu caso es muy fácil. Eres un viejo, te quedan dos telediarios y no…

—No se trata de eso, se trata de ser un elegido. Yo de ti, al menos, recomendaría esta novela. A lo mejor alguien, menos pusilánime que tú, se anima y me ayuda a limpiar de escoria este mundo.

—La voy a recomendar, Justo, porque es una novela redonda y porque está muy bien escrita. Luego de haberla leído, que cada cual haga lo que quiera.

—Allá tú. Yo voy a seguir con lo mío, porque soy un tzadik, uno de los 36 justos que barren la mierda del mundo.

—Estás como una puta cabra, Justo.

—Pues anda que tú, que estás hablando con un personaje de una novela de Carlos Bassas del Rey…


martes, 26 de junio de 2018

Bruma Negra 2018. Sentado en el muelle de la bahía de Plentzia.

Sitting in the morning sun
I'll be sitting when the evening comes
Watching the ships roll in
And I watch 'em roll away again


Ottis Redding
«Sitting on the dock of the bay»


Aparco cerca del frontón. Mi vieja cafetera sobre ruedas resopla como un mastín con almorranas. Por fin estoy en Plentzia. Analizo el entorno con el automatismo que genera la rutina. Es un trabajo más, me digo, pero siento que todo está empezando a no ser como era, ya no aguanto los litros de cubata como antes. Me dirijo al hotel Uribe y la maleta me pesa como un muerto. Tengo un resacón de mil pares de huevos. Me estoy haciendo viejo y eso, en el oficio de borrar gente del mapa, no es un valor añadido. Quizá sea hora de retirase. Sacudo la cabeza para espantar los viejos fantasmas que me acosan y al hacerlo se me caen unos cuantos al suelo medio muertos. ¡Puto garrafón! Nota mental: al regreso, volver a visitar el pub del pueblucho ese y darle una manta de hostias al camarero alquimista.

Los más avispados de ustedes ya habrán adivinado mi oficio: sí, soy un sicario. Pero no un sicario al uso. Aunque lo intento, no soy ni frío ni tampoco implacable y cometo errores. Soy poco discreto, me emborracho en el trabajo, armo unas broncas descomunales y se me escapan algunas presas. Por contra y para compensar mi chapucería, soy barato. Hago trabajos de poca monta, es decir, mato a gente poco importante que se deja matar sin oponer demasiada resistencia: abuelos jodones para cobrar herencias, maridos insoportables con algunos posibles que luego heredan sus viudas, adolescentes coñazo por encargo de la segunda mujer del padre, cosas así de andar por casa. Por eso, cuando me encargaron eliminar a Juan Mari Barasorda, me documenté y reclamé tarifa especial. Resulta que este fulano dirige uno de los festivales negros de mayor solera del país. Lo que se llama un tipo importante según parece. Y digo según parece porque confieso que yo de festivales negros sé poco, ni puta idea para ser exactos, a pesar de que en las novelas del género aparecen frecuentemente personajes con mi oficio. Pero hoy en día llevamos el mundo en el bolsillo y con un par de toques en el cacharro he sabido que el tipo al que tengo que finiquitar no me lo va a poner fácil.

Dejo la maleta en la habitación y bajo a tomarme un pelotazo a la terraza del hotel. A pesar de mi careto desabrido, los empleados del Uribe me tratan bien. La hora del comienzo del festival se acerca y me dirijo hacia la Casa de Cultura, pero antes me tropiezo con el bar Pauli y me tomo otro pelotazo para entonarme.

Dos pelotazos más tarde entro en el Goñi Portal en mitad de la sesión inaugural y me encuentro con que un tal Francisco Etxebarría está hablando de cadáveres, momias, luminol y qué se yo, todo ello con mucho desparpajo. Está acompañado de un presentador de la tele vasca, un tal Dani Álvarez. Oigo murmurar «guapo» a las mozas de las sillas de atrás. A mi no me lo parece tanto, pero es que yo soy muy macho y no tengo mucho criterio al respecto. Pregunto a mi vecino de silla y me dice que el tal Etxebarría es un afamado antropólogo forense y la verdad es que el tipo se explica de puta madre. La sala está abarrotada y todos escuchan atentamente. Nadie come pipas ni nada. Por lo que veo esto de los festivales negros va en serio.

Termina la charla, el trinchamuertos y la compañia, junto con mi objetivo y demás plumíferos se van a tomar cañas al Pauli. Yo me voy al Santi's Café y me sigo tomando pelotazos con algún pintxo. En la mesa de al lado hay un tipo que le está gritando sin parar a una pava.

—Baje el tono un par de grados, amigo. Hay gente que ha perdido varios dientes por hablar así —le digo mirándole fijamente a los ojos.

El tipo me mira como si estuviera delante de un extraterrestre. Se ha hecho el silencio en las mesas colindantes porque yo he gritado más que él. Al final se achanta, trinca a la moza por el brazo y se largan.

Sigo tomando cubatas en el Santi's, me gusta el sitio. Cuando pido el penúltimo el camarero se niega.

—Está usted borracho.

—Convendrás conmigo en que tú tienes algo de culpa —le contesto—. Además eso te pasa por dar de beber a desconocidos.

—Váyase a casa y descanse.

Lo miro. Estoy a punto de darle dos hostias, atarlo a la barra, rociarlo con ginebra y flambearlo un rato, pero tiene tal cara de bueno que me contengo. Me estoy volviendo blando.

Me largo al hotel. Mataré a Juan Mari mañana, esta noche estoy demasiado borracho, no ando muy fino y lo pondría todo perdido.



Me despierto con resaca para variar y desayuno un Bloody Mary. Los del Uribe me lo sirven con poco vodka y, cosa curiosa, no me enfado ni rompo nada. Me estoy amariconando. ¿Será que estos vascos han echado algo en el aire? Dedico el resto de la mañana a pasear por el pueblo. Me siento en el muelle de la bahía. Hay paz y quietud.

—Buenos días, forastero, ¿le tratan bien en el pueblo?

Me sobresalto, no he visto llegar a Juan Mari. Manda huevos, que me sorprenda el hombre que tengo que matar.

—No me puedo quejar.

—¿Ha venido al Bruma Negra?

—No exactamente —le contesto nervioso. Necesito un trago, el bloody Mary que me tomé esta mañana hace rato que me abandonó.

—Lo sé, lo sé —me sonríe enigmáticamente mi objetivo.

—¿Qué es lo que sabe?

—Que usted ha venido a hacer algo que le viene grande.

—¡No me joda! ¿Es usted adivino?

—No, pero sé algunas cosas que los adivinos no saben.

—No estoy para acertijos, amigo.

Cuando me alejo veo como el tipo se sienta en el muelle y se pone a pescar tranquilamente.



Por la tarde acudo al Goñi Portal. Debo estudiar a mi presa en su ambiente. Leo el programa. En la mesa se encuentran Noelia Lorenzo Pino, Aritza Bergara y Javier Sagastiberri. Se enrollan cada uno con su novela. Cuando terminan me compro una novela de Manu López Marañón, el pavo que ha moderado la mesa. La novela se llama «Alcohol de 99º», la he comprado, más que nada, por el título. Leo unas cuantas páginas al azar y el alcohol no aparece por ningún lado. Me dan ganas de trincar al autor y estrangularlo lentamente hasta que confiese el porqué de llamarle así al libraco, pero su cara de empollón despistado me inspira ternura y aparco la tortura para otro día.

Continúa el sarao con otra mesa en la que actúan Juan Infante, Salvador Robles, Antón Arriola y Fernado García Pañeda. A esta tropa la modera Javier Abasolo. La cosa va de ciudades negras y pronto me percato de que no se refieren a ciudades que se encuentran cerca de explotaciones carboníferas como me pensaba.

Al terminar se van todos al Pauli. Me uno al grupo e intento no interactuar no sea que monte alguna bronca, que me conozco, pero es imposible. En la barra estoy al lado de un tal Jokin Ibáñez, le sonrío.

—Parece que va a llover, los feos se mojan más y encogen. Ponte a cubierto, rápido —le suelto a bocajarro.

Levanta una ceja y se me queda mirando fijamente. Tiene huevos el tío, hay que tenerlos cuadrados para, en vez de abalanzarse sobre mi para machacarme, mantener la mirada con una sonrisa mezcla de asombro fingido e ironía. Estoy a punto de darle dos hostias y hacerme un llavero con su oreja izquierda, pero me contengo. No sé lo que me está pasando, estoy irreconocible.

Son las nueve de la noche y mi presa sigue sin ofrecerme un blanco fácil. Y lo peor es que todavía no me he tomado ningún pelotazo. Sólo llevo dos cervezas en toda la tarde, no he montado ninguna bronca y para colmo me está gustando esta mierda del Bruma Negra. Lo dicho: me estoy haciendo viejo.



Amanece el sábado y me despierto pronto y sin resaca. Esto no es normal. En cuanto termine este encargo me hago un chequeo.

Me tomo un café y paseo por la bahía. Me descalzo, me siento y hundo los pies en la arena.

—Veo que le estás tomando el pulso a la bahía.

Otra vez el sobresalto. Tengo a Juan Mari detrás y no sé de dónde coño ha salido. Y para colmo, ahora me tutea.

—No te equivoques, vasquito, yo sólo le tomo el pulso a los muertos por si acaso no lo están.

—El tiempo se te acaba, forastero. Hoy es el último día del festival. Mañana te será más difícil realizar lo que llevas entre manos.

Me levanto y me vuelvo para responderle una machada, pero ya no está. El tipo se aleja pausadamente. Visto así, de lejos, el fulano tiene un cierto aire a lo Lee Van Cleef, pero con gafas y sin bigote. Analizo la situación: es evidente, no sé como, pero me ha descubierto. Tengo que hacerlo hoy y será esta noche, cuando termine el Bruma Negra. Trazo mentalmente el plan.



Acudo con normalidad a las sesiones del festival. Por la mañana escucho a Francisco J. Ortiz, Josevi Blender y Noemí Pastor. Hablan de crímenes de película y series criminales. Me lo paso de puta madre. Normal, hablan de mi oficio.

Mientras Javier Abasolo, Javier Alonso García-Pozuelo, Elena Sierra, Alex Oviedo y Alfonso del  Río, moderados por Juan Mari, hablan de sus novelas me fijo en Noemí Pastor. Se parece a una novia que tuve hace tiempo. El romance no duró mucho porque descubrió a lo que me dedicaba y tuve que matarla. No estuvo mal, el noviazgo, no lo de matarla, no se confundan, que todavía me queda algo de empatía. Estoy por tirarle los tejos a Noemí, pero me reprimo, no quiero montar el número o que me lo monte.



Como en el Uribe y apenas bebo. Sigo nervioso a pesar de que el plan que he trazado no puede salir mal.

Por la tarde vuelvo a la Casa de Cultura y veo que Jokin Ibáñez entrevista a un vejete con aspecto de gurú venerable. Alguien me sopla que el abuelo se llama José Luis Muñoz, ha escrito más de cuarenta novelas, es el director de otro festival de novela negra llamado Black Mountain Bossòst y es una leyenda en el mundillo negro. ¿Leyenda en el mundillo negro? Entonces yo, que tengo más de treinta cadáveres a mis espaldas, ¿qué soy? Me dan ganas de levantarme y enseñarle mi curriculum mientras le quemo la barba con el mechero, copón ya, cuánto pisto se dan estos tíos porque saben juntar bien cuatro palabras seguidas…

Antes de que empiece la segunda mesa me dirijo a Juan Mari:

—Oye, tío, ¿sabes de algún sitio que vendan cañas de pescar?

—¿Eres aficionado a la pesca?

—No, pero nunca es tarde para aprender algo nuevo. Me gustaría que me dieras algunas lecciones básicas.

—Eso está hecho. ¿Qué tal esta noche en el muelle de la bahía? Por la caña no te preocupes, yo te dejo una de las mías.

—Perfecto. Nos vemos.

Le veo salir con su ayudante, un maño entreverado de rubio y pelirrojo llamado Ricardo Bosque. Luego me entero que el tal Ricardo es el fundador de la revista más prestigiosa del genero negro, Calibre 38. Yo prefiero el 44, pero para gustos colores. Menudo elenco, por lo que veo en este puto festival todo el mundo es importante.

Atiendo a la siguiente charla. Ahora, en la mesa, hay unos tipos que están largando sobre androides, justos, pecadores y otras transgresiones de la novela negra. Por el programa veo que los que hablan son Jon Arretxe, Carlos Bassas del Rey, Juan Ignacio Montiano y Marina Sanmartín. Los mantiene a raya el ayudante de mi objetivo: Ricardo Bosque. Espero que no le guste la pesca y no se apunte al sarao de esta noche, o tendría que cepillármelo también.

Termina el festival. Reparten los premios a los ganadores del VI Concurso de Relatos Cortos Bruma Negra y le dan el Bruma Negra 2018 a José Luis Muñoz. Me marcho al hotel, ceno despacio, subo a la habitación y pongo a punto mi Magnum 44.



Cuando llego al muelle, juan Mari ha lanzado las dos cañas y me espera con su eterna sonrisa mitad socarrona mitad sincera.

—¿Todo bien, forastero?

—Más o menos —le contesto.

Seguimos un buen rato en silencio. No pican.

—Estás tardando demasiado, amigo —me dice.

No aguanto más. Saco rápidamente el Magnum y le apunto a la cara. Pasan unos segundos interminables, lanzo el revolver al agua.

—Tú de reciclaje y ecología vas algo justito, ¿no?

—He hecho cosas peores —respondo.

—Ya. No te preocupes, el fondo del muelle está lleno de revólveres, de vez en cuando pesco uno.

—Bueno, ¿y ahora qué hacemos?

—Pues pescar, hemos venido a pescar.

La bruma comienza a empañar las luces de las farolas y, ya ven ustedes, aquí estoy yo, como un capullo, pescando al lado de un tipo al que debería haber matado hace horas, sentado en el muelle de la bahía de Plentzia.



I'm just sitting on the dock of the bay
Wasting time…



miércoles, 9 de mayo de 2018

«Subsuelo», de Marcelo Luján. Reseña.


Me lo dijo Alexis Ravelo en el último «Pamplona Negra»:

—¿Estás leyendo subsuelo? Eso son palabras mayores, mi niño.

—¡Y vaya si lo son! —le contesté reforzando mis primeras impresiones con su comentario.

¿Por dónde empiezo?

Hacer una reseña de esta novela es un marrón. Porque la puedes cagar veinte veces en cada párrafo. Así pues seré breve para minimizar riesgos.

Silencio.

Oscuridad.

Inquietud.

Tensión.

Desasosiego.

Maldad en estado puro.

Arquitectura literaria de orfebre.

Personajes negros.

Escenarios luminosos.

Calor.

Y las hormigas.

Las putas hormigas.

¿Novela negra?

No. Oscura.

Que es peor.

O mejor.

Según se mire.

¿La habéis leido?

¿No?

La leeréis.

¿No?

Allá vosotros.

Bravo, Marcelo.



martes, 24 de abril de 2018

El detective Carmelo. El caso de la rubia en Las Casas Ahorcadas. Crónica/relato, a mi manera, de un certámen muy consolidado.

El caso no pintaba mal. Parecía fácil. El marido lo tenía claro: su mujer le era infiel. El tipo conocía el qué pero no sabía el cómo y el cuándo y quería que yo se lo documentase. Mi futuro cliente era tan feo que haría llorar a una cebolla y la moza de la foto que sujetaba entre mis dedos era una rubia que llevaba el pecado escrito en la frente. En la frente y en otros lugares de su anatomía para ser exactos. «Hay asuntos que no pueden funcionar», recuerdo que pensé mirando al mostrenco que tenía al otro lado del escritorio.

—Detrás de la foto está el nombre y los datos de esa zorra —me dijo el engendro—, incluido el lugar del evento en donde me la va a volver a pegar.

Miré el reverso de la foto y leí mentalmente: «VI Encuentro de Novela Criminal Las Casas Ahorcadas»

—¿Es usted adivino? —pregunté.

—Qué más quisiera, amigo, pero sé que irá a ese festival. A ese zorrón le ponen los festivales de novela negra y se pasa por la entrepierna a todo autor o director de certamen que se ponga a tiro.

Al oír lo del festival me preocupé porque la idea de meterme en semejante avispero no me apetecía en absoluto y así se lo hice saber a mi cliente.

—Este trabajo tiene un plus de peligrosidad añadido, ¿está dispuesto a asumirlo?

—¡No me joda, detective! ¿Peligrosidad? ¿Qué es lo que teme? ¿Que algún escritor le clave la pluma en el culo? ¿O es que es usted tan torpe que es capaz de estrangularse la polla con una de las horcas del logo del festival?

Era evidente que el tipo se había documentado sobre el festival, pero también era obvio que no había estado en ninguno, si no, no estaría hablando tan a la ligera de un evento tan proceloso.

—Mire, yo no me juego el tipo por menos de…

—Déjese de gilipolleces —me interrumpió—. El dinero no es problema, dígame una cifra y ahora mismo le abonaré la mitad para gastos. El resto al acabar el trabajo. Quiero fotos, o vídeos y tienen que ser concluyentes y explícitas, que no haya dudas de lo que hace ese putón. Deben servir de prueba para un divorcio fulminante y sin derecho alguno a mis bienes según consta en nuestro acuerdo prematrimonial.

Estaba claro que el tipo lo tenía claro, valga la rebuznancia. Le di una cifra muy alta temiendo que la rechazara, pero ni se inmutó. Sacó un talonario, me firmó un cheque por la mitad de lo acordado y se marchó con un escueto «nos vemos».

Así pues, hice la maleta y encaminé las ruedas de mi viejo Toyota hacia Cuenca. Había estado en otros festivales negros por motivos de trabajo y he de confesar que el de Las Casas Ahorcadas estaba montado de puta madre. Hay que reconocer que Sergio Vera Valencia, para ser ciego, tiene una amplia visión del género, si me permiten el chiste. De todas formas en el festival se palpaba lo que en todos los de su género: peligro inminente. No me negarán que andar todo el día entre gente que no para de idear asesinatos no es para sentir miedito.

El primer día del certamen no me resultó productivo. La investigada se lanzó a por una pieza de caza mayor y coqueteó con Lorenzo Silva al terminar el tributo que le dedicó el festival. Lorenzo, muy serio y circunspecto, declinó elegantemente las turgencias y las sugerencias de la señora. A continuación se fue a por el pregonero del encuentro iniciando un intento de contacto con Carlos Bassas del Rey, pero el bueno de Carlos es un hombre justo y los justos le guardan la ausencia a la propia. Inasequible al desaliento, la moza la empredió con la mesa de los mafiosos acercándose a Mikel Santiago. Tampoco hubo nada, debía tener bastante con las curvas de su guitarra y con batir un nuevo récord de ventas en Amazon. Acto seguido, la moza fue a por Rafa Melero, que al ver sus intenciones le sacó la placa y estuvo a punto de detenerla. Los Mossos d'Esquadra no están para tonterías últimamente.

Harta de no comer carne, la moza se decidió por el pescado y comenzó a tirarle los tejos a Graciella Moreno, y fue entonces cuando me di cuenta de que la mujer de mi cliente era bipolar, o poliamorfa, o como pollas se llame ahora a eso de hacer a pelo y lana. La cosa pudo terminar en tragedia porque desde lejos vi como Graciella, que además de escritora es jueza, estuvo a punto de arrearle a la ninfómana con un enorme tomo de derecho penal. Con Carlos Augusto Casas no pudo ser porque, por lo que pude oír, él vendía junglas, pero no se metía en ellas. Carles Quílez se parapetó tras la mesa de firmas y resistió heroicamente los ataques de la ansiosa.

Ignoro si durante la cena la rubia consiguió algún objetivo porque me fui a dormir. Estaba muy cansado. Siempre me pasa, en cuanto voy más allá de Albacete me entra jet lag.

Al día siguiente me levanté tarde y no sé lo que hizo o no hizo mi investigada por la universidad. Por allí andaban, además de Graciella Moreno y Carles Quílez, Javier Manzano con su Black&Noir y los radiofónicos Ana Alonso y José Antonio Pérez Ledo con su «Gran apagón».

La tarde prometía, pero no pasó nada. La moza pasó de Lorena Franco y todavía estoy preguntándome por qué. Si yo fuese poliamorosica, me iba derechito hacia sus entretelas y sus ventas en Amazon. El caso es que pasó de ella se acercó a Ana Ballabriga y David Zaplana. Me arrimé discretamente y escuché como les proponía un trio. Ana se puso muy colorada y David, muy enfadado, le dijo que ni trio ni leches. Luego al francés le propuso un ídem, que lo escuché yo con estas orejas, pero Pascal Dessaint rechazó la oferta con un «¡Qué redundancia tan obscenamente vulgar!». Yo no tengo ni puta idea de francés, pero me lo tradujo un señor con pinta de profesor que se llama Julian Serrano. A Juan Carlos Galindo ni se le acercó. Seguramente tenía miedo de salir en los papeles. O quizá sería por la pajarita, no sé.

Me estaba poniendo nervioso. Las mesas de la tarde se habían acabado y yo no tenía una puta prueba. La rubia no mojaba y estaba empezando a pensar que estaba en un festival de estrechos sin fronteras, pero en la Roneria de la Habana y con dos pelotazos me sentí mejor. De pronto, el pulso se me aceleró cuando vi que la tipa se acercaba a Sergio Vera Valencia y, aprovechando que Jesús Lens hablaba de cócteles negros y tal, le susurraba algo al oido, lo trincaba del brazo y se lo llevaba a la calle. Les seguí a una distancia prudencial por varias callejas del casco antiguo. Torcieron por una esquina y, al hacerlo yo, vi que habían desaparecido. «¡Joder!», recuerdo que pensé, y aunque nos os lo creáis, me costó bastante pensar eso. Regresé a la Ronería y me alumbré otro pelotazo para quitarme el disgusto. Entre los vapores del gintonic de colorines me fijé que los progenitores del secuestrado por la rubia, Ana María Valencia y José ángel Vera, andaban muy atribulados buscando a su retoño por todos los rincones del bareto.

—No se preocupen —les dije ya con la lengua un poco de trapo—, su hijo está en buenas piernas, digo manos.

Me miraron raro y todavía me pregunto por qué. Mi vida es un continuo preguntarme porqueses.

Una puntualización: un detective es como un científico. Si no hay pruebas no hay certeza. Yo no sé si la rubia platino y el director del certamen jugaron a los médicos o rezaron el Santo Rosario. Sin fotos no hay pruebas y sin pruebas…, pues eso, como el gato de Schrödinger, que hubo y no hubo plantada de nabo a la vez.

Me fui a la cama ciscándome en todo el santoral por mi torpeza.

El sábado por la mañana me levanté acojonado. Seguía sin tener ninguna foto, el certamen se estaba acabando y mi encargo peligraba. Por la mañana, la tipa lo intentó con Vicente Garrido y éste amenazó con perfilarla. La rubia se retiró y por su cara deduje que lo de perfilar le sonó demasiado raro para sus gustos sexuales. Luego, ya por la tarde, atacó a Victor del Árbol, que declinó la invitación con una encantadora sonrisa llena de incisivos, caninos y otras piezas dentales que los demás mortales de a pie no tenemos ni de coña. Martín Olmos le dijo que si no le publicaba su novela «Serenata de plomo» que se fuera a hacer puñetas.

Al finalizar la siguiente mesa mi investigada caracoleó con Vicente Marco y éste contraatacó explicándole cómo ganar un premio literario. La rubia quería otro tipo de premio y se largó

El festival estaba a punto de clausurarse y yo estaba al borde de un ataque. Salí a tomar el aire, me senté en una terraza y pedí una gaseosa para aclarar ideas y no aclaré nada, entre otras cosas, porque yo no suelo tener varias ideas a la vez y la gaseosa tampoco ayuda mucho. Estaba yo paladeando el delicioso brebaje, cuando me percaté de que mi investigada y Nieves Abarca, con su flamante Tormo Negro en la mano, estaban en la mesa de al lado charlando muy animadamente. Puse en alerta el ojo y la oreja y al poco me di cuenta de que la rubia se volvía cada vez más cariñosa con Nieves. Tan cariñosa que, de pronto, Nieves alzó el Tormo Negro y le gritó a menazante:

—¿Qué carallo pretendes? ¡Yo soy carballeira, y a mi me gustan los percebes reglamentarios!

La rubia salió corriendo y se coló de nuevo en la clausura del certamen.

Comencé a buscar una solución a la deseperada: «¿Y si me ligo a la rubia y cuando llega el momento crucial me pongo una careta de anonymous y me hago selfis dándole lo suyo a la moza?

En estas estaba cuando la vi salir del brazo de un tipo entrado en años y en carnes. Le pregunté por él a Carlos Bassas, que pasaba por allí afilando su katana, y me dijo que era un bloguero que hacía más kilómetros que el baúl de la Piquer, recorriendo todos los festivales negros del país. «También son ganas —pensé—, habiendo tanto guayabo suelto liarse con semejante carcamal».

El caso es que les seguí hasta el hotel en donde se alojaba la rubia. Con una buena propina al recepcionista conseguí una habitación contigua a la suya, salté a su terraza y filmé los patéticos esfuerzos del bloguero por contentar a la prójima. La actuación del friki no pasará a la historia por su excelencia, pero tenía las pruebas del himeneo. Por tanto, caso cerrado.

Antes de irme, me despedí de Sergio Vera Valencia no sin antes hacerle una sugerencia:

—No te fíes tanto de las mujeres, Sergio, si me permites el consejo.

—Muchacho —me contestó risueño—, no te equivoques conmigo. Yo no me fío ni de mi sombra. Imagínate, ni siquiera la veo. Simplemente dejo que las cosas sucedan.

Un buen tipo, este Sergio, a pesar de ser director de un festival negro.



miércoles, 7 de marzo de 2018

VillaNoir 2018. Black writers vs. aliens.

Grabación del cuaderno de bitácora de la nave interestelar Nostragamus procedente del sistema Sirius. Tripulación: Lolólo Tontolnabo (capitán, propietario de la nave y cazarrecompensas) y Discúter (piloto, ayudante subcontratado y pringadillo de turno). Lugar: planeta Tierra, sur del Pirineo aragonés. Fecha terrícola: 3 de marzo de 2018.


—Tendríamos que acercarnos más, jefe. Desde aquí no podemos interceptar sus diálogos.

—Está bien, pero vigila el inhibidor de presencia, no nos pase como ayer y nos muelan a palos. ¡Menuda mala leche la del tipo ese de la joroba postiza!

—Ya le dije antes de hacer el salto espaciotemporal que el inhibidor necesitaba una reparación urgente. Y el tipo de la joroba postiza es lo que por aquí llaman un montañero. Casi lo despeñamos del susto cuando aterrizamos en los prados de la cabaña esa, cerca de la cima de la peña que los indígenas del pueblo llaman Collarada.

—No tenemos tiempo para reparaciones. El tipo que buscamos es muy escurridizo.

—Yo no diría tanto, jefe. Se prodiga mucho en las redes sociales del planeta.

—Por eso. Es un experto y no hay nada que me ponga más nervioso que un experto. Bien, Discúter, reconozcamos el terreno. Haz un vuelo rasante sobre el pueblo. ¿Cómo has dicho que se llama?

—Villanúa.

—¡Malditos nombres terrícolas! No hay manera de aprendérmelos. Vamos, baja un poco más, pero ten cuidado y no te lleves por delante la torre de la iglesia, no vayamos a joderla, que estos terrícolas son muy sensibles con sus ídolos y sus símbolos.

—A mi lo que me preocupa es el inhibidor de presencia, jefe. Como nos falle y nos hagamos visibles aquí, encima del pueblo, la vamos a liar parda. Además, la tobera antigravedad izquierda no anda muy fina y…

—¡Deja en paz el inhibidor, la tobera y la madre que los parió! Centrémonos en lo que interesa. A ver, el tipo en cuestión se llama Ricardo Bosque, fíjate bien en su holograma, no vayamos a cagarla y abduzcamos a otro, que estos terrícolas me parecen todos iguales.

—Hombre, jefe, yo no veo mucho parecido entre Ricardo Bosque, Ana Etxabe y Miriam Stolisky.

—¿Quiénes son esos otros?

—Esas, jefe, esas. Son hembras terrícolas y no son unas hembras cualquiera. Ana Etxabe es la concejala de cultura, algo así como el equivalente a un miembro destacado de nuestros consejos de mando locales. La tal Stolisky es la bibliotecaria.

—¿Todavía están en la etapa de leer libros estos paletos?

—¡Joder, jefe! ¿Es que no se ha transfundido el dosier del encargo? Estamos aquí porque el tipo que nos tenemos que llevar es el que organiza el segundo festival de novela negra de Villanúa, VillaNoir 2018.

—Ya, ya. Es que con tantos encargos que llevamos entre manos me hago la biociberpicha un lío. ¿Cuál crees que sería el mejor sitio para trincar al Ricardo ese?

—Lo tenemos difícil, jefe. A pesar de que los invitados al evento son de los mejores escritores del género, le tienen mucho respeto y no lo pierden de vista. Le siguen como corderitos. Como no lo abduzcamos cuando esté cagando…

—¡Quita, quita, menudo marrón! Subirlo a la nave a medio tango… ¡Para que nos ponga el cono elevador hecho unos zorros! ¿Ya no te acuerdas lo que nos pasó con el rigeliano aquel que nos puso toda la nave perdida?

—Si me acuerdo, jefe, pero es que los rigelianos van siempre muy sueltos. Los terrícolas tienden más al estreñimiento.

—Déjate de hostias. Revisa el programa del festival para ver si encontramos un hueco en el que esté solo.

—Ya lo he hecho, jefe. Esto se acaba. Ya se han celebrado todas las mesas y como usted ha visto siempre había mucha gente. Imposible enfocar el cono elevador solamente sobre el individuo en cuestión. Podemos intentarlo dentro de un rato en el Pajar de Troncho.

—¿Y eso qué es?

—Un sitio en donde van a dar una fiesta criminal. 

—¿Van a matar a alguien como hacen los rigelianos en las orgias que montan en Rigel IV?

—No, jefe. Bailarán con canciones de temática policiaca.

—¿Habrá drogas?

—Que yo sepa, sólo alcohol.

—¡Joder, qué sosez de fiesta!

—Bien, este es el plan: esperaremos a que la fiesta esté en todo su apogeo y le haremos una falsa llamada de teléfono desde el número de su mujer. En cuanto salga afuera para hablar lo trincamos.

—De acuerdo, jefe, a propósito, ¿para qué quiere nuestro cliente a Ricardo Bosque?

—¡Yo qué sé! Tonterías y caprichitos de nuevo rico. Parece ser que quiere montar un festival de novela negra en Alfa Centauri III y quiere que Ricardo le asesore. Imagínate…, ¡un festival con libros! ¿Habrase visto cosa más antigua y obsoleta? Pero bueno, quien paga manda…

—Pues esperemos a que llegue la noche y empiece el criminal party…

—¡Nada de esperas! Programa un microsalto temporal y avancemos hasta el evento.

—Lo que usted mande, jefe, pero le recuerdo que andamos cortos de combustible y los microsaltos temporales consumen mucha energía.

—¡Haz lo que te digo, coño! Ya si eso procesamos unas cuantas rocas de la cima del Collarada para obtener gasofa molecular.

—Necesitaremos al menos media cima, jefe. Vamos a alterar el paisaje y se van a dar cuenta los terrícolas de Villanúa.

—Algunos lo agradecerán. Así quedará más bajo y les costará menos subirlo.

—Vale, jefe, ya estamos, justo encima del Pajar de Troncho.

—Bien, cuéntame qué ves por el transparentador ultrasónico.

—Veo a Daniel Sancho, de El Eventario, que está animando el cotarro y la bibliotecaria, Miriam Stolisky hace fotos.

—¿Fotos?

—Sí, una especie de hologramas en dos dimensiones. La gente se disfraza de asesino, llevan cuchillos, sierras, máscaras y ponen caras raras.

—¡La madre que los parió! ¿Has llamado a Ricardo?

—Sí, jefe, ya sale… Pero…, salen varios con él…, entre ellos Juan Mari Barasorda y Jon Arretxe, que está cantando… ¡Maldición! ¡Las vibraciones de los alaridos de Jon han alterado el inhibidor de presencia! ¡Están todos mirando hacia arriba con cara de mala leche! ¿Nos hemos hecho visibles!

—¡Me cago en san Pitopato Berenjeno Nonato! ¡Sal cagando leches, ponte detrás de aquel cerro y arréglalo!

—Vale, vale, ya está, pero no sé si aguantará mucho tiempo. ¿Y ahora qué hacemos?

—A ver…, pásame la lista de autores del festival. Se me está ocurriendo que podíamos abducir a otro… ¿Qué tal si nos llevamos a Javier Marquina y a Cristina Hombrados? Podrían procrear durante el salto hiperespacial y así tendríamos repuestos para…

—¡No me joda, jefe! Estos saben mucho de comics negros, pero de montar festivales… Además, Javier Marquina se parece a Ricardo Bosque tanto como un huevo a una castaña.

—¿Y Rafa Melero?

—¿Está usted loco? ¡Es un poli! Tenemos antecedentes. ¡Nos trincaría en dos minutos!

—Vale, vale, no lo sabía… ¿Jon Arretxe? No, este tampoco. Se pone a cantar y nos desarma la nave.

—Además es vasco, jefe. Y si le da por hablar en raro no lo entiende ni Dios.

—Estela Chocarro tampoco. Es hembra y no podría pasar por Ricardo Bosque ni con un hipermaquillaje biodigital extremo. ¿Jerónimo Salmerón?

—¡Ni se le ocurra, jefe! ¡Menudo hiperactivo! ¡Este nos pone la nave patas arriba en dos minutos!

—¿José Luis Muñoz?

—Sabe mucho. Ha escrito más libros que todos los demás juntos, pero, aunque se conserva bien, es mayor. Podría palmarla durante el viaje.

—¡Joder! ¿Empar Fernández?

—Hembra. De Cataluña, y últimamente no está el horno para bollos con los terrícolas catalanes.

—A ver…, Clara Peñalver es hembra, además, aunque ha mandado un vídeo al festival, no ha venido… Pues sólo nos queda Marcelo Luján.

—¡Ni hartos de vino, jefe! ¡Es argentino!

—¿Y eso?

—Se pone muy intenso. Con sus profundas descripciones del mal, la oscuridad, los escenarios negros, los personajes blancos y otros arcanos, nos puede volver majaras.

—No me he enterado de nada, pero suena peligroso. ¡Me cago en la leche! Pues ya no hay más.

—¿Y si esperamos al VillaNoir del año que viene, jefe? Mientras tanto podríamos hacer los encargos de Aldebarán VI y Orión IX

—No tenemos más remedio. Esperemos al VillaNoir 2019. Hala, tira para Aldebarán IV…, ¿o era Aldebarán VI? Últimamente ando un poco disléxico. 


martes, 30 de enero de 2018

«Ful», de Rafa Melero. Reseña.

Parece mentira, Rafa, con esa cara de buen chico que tienes. Parece mentira que cojas a un puñado de mindundis y los metas en ese follón de robar droga a unos traficantes colombianos como si fuera la mejor idea del mundo. Y encima los capullos se cargan a la prima del capo. Para qué os voy a contar. Eso no se hace, Rafa, porque sabes lo que vendrá después: que el capo va a mandar a por ellos a un sicario malo, malote, más peligroso que un gremlin recién salido de la ducha y las van a pasar muy putas. Por qué les haces esto, Rafa, a este hatajo de perdedores chapuceros, que se han metido en un jardín del que pueden salir jodidamente mal, si es que salen. Y es que eres la hostia, Rafa, que nos haces caer como pardillos, engolosinados por la prosa tan simple y directa con la que escribes, que nos empapa sin que nos demos cuenta y hace que nos resulten simpáticos unos quinquis de barrio más inútiles que una corbata en el cuello de Tarzán, a pesar de que no son ningunos angelitos, coño, que matan gente. Y luego, para acabarlo de arreglar, vas y nos puteas con unos giros de trama que no nos los podríamos esperar ni hartos de calimocho. No me lo puedo creer, Rafa, con esa cara de no haber roto un plato en tu vida que te marcas. Que soy un jubilata, leches, que tengo una pensión justita, que me ha gustado tanto «Ful» que ahora tengo que comprarme «El secreto está en Sasha». Eso no se hace, Rafa, que me jodes el presupuesto.


miércoles, 24 de enero de 2018

Pamplona Negra 2018.

—Son una secta.

—Haga el favor de esperar a que la cámara esté lista. Después podrá contarnos todo lo que quiera, pero procure ceñirse, lo más que pueda, a las preguntas que le haga el subinspector o yo mismo.

—Ya, ya, pero son una secta. Y peligrosa.

—Tranquilícese, y sobre todo céntrese en contestar lo que le preguntemos. Bien, esto está listo. Grabando: ¿Cómo se le ocurrió acudir al Pamplona Negra?

—Todo empezó con una insinuación muy sutil del gurú del tinglado. Carlos Bassas del Rey, en un encuentro casual, me susurró: «Deberías pasarte por el Pamplona Negra. Te gustará».

—¿Y usted acudió al evento? ¿Así, sin más?

—La curiosidad mató al gato. Empecé a recopilar información. Me cautivó el potente logo del festival. Las letras blancas, formando el cañón y el tambor del revólver sobre fondo negro, son irresistibles para un diseñador gráfico jubilado como yo. Luego leí el programa y eso me terminó de convencer. ¿Ustedes han leído el programa?

—Sí, pero no nos dice nada. Somos más de ciencias.

—Deberían de leer novelas de este género. Ustedes, los policías, salen mucho en ellas. A lo mejor hasta aprendían algo.

—Guárdese sus recomendaciones literarias y explíquenos lo del programa.

—Los nombres que aparecen en ese programa son la flor y nata del mejor género negro. Un buen aficionado no puede resistirse a acudir a un festival que ofrece semejante programación. Así es como captan adeptos.

—Pero usted fue voluntariamente, ha ido allí y ha vuelto. Ahora está aquí declarando libremente y…

—¡Han estado a punto captarme! ¡Me escapé haciendo un terrible esfuerzo de voluntad! Pero siento que el año que viene no podré resistir la llamada del Pamplona Negra 2019. Y luego está toda esa pobre gente que…

—Un momento, ¿qué gente?

—Los que llenaban la sala. Mesa redonda, tras mesa redonda, día tras día, cientos y cientos de personas. Y esas caras… ¡Dios, sus caras!

—¿Qué pasa con las caras? Explíquese.

—Obnubilados, todos. La mayoría tenían los ojos empañados por la emoción que produce la adoración al becerro de oro y la sonrisa bobalicona de la felicidad que genera la recompensa de ver disertar a los mejores autores, a los más importantes forenses, criminólogos… Y luego están los talleres.

—¿Talleres? ¿Les obligan a trabajar?

—Como lo oye. Cada año escogen a un escritor de entre los mejores. El tipo te explica cómo escribir una novela negra y luego te pone deberes para el día siguiente. Lo ves tan fácil que no puedes rebelarte. Es todo tan sutil…, y está tan bien organizado.

—Explíquenos lo de la organización.

—Es perfecta. Los horarios se cumplen a rajatabla. Hay una legión de colaboradores que se mueven entre las sombras, pero intuyes que están ahí, agazapados, ensamblándolo todo. Y lo peor son los finales de jornada.

—Cuéntenos.

—Cada día, cuando terminan las mesas, justo cuando empieza la ominosa oscuridad la noche pamplonica, casi sin que te des cuenta, te ves envuelto por el grueso de la Asociación Navarra de Escritores que te conducen con malas artes a un lugar cercano al Baluarte llamado El Cubo… No sé si voy a poder continuar… ¿Pueden darme un poco de agua?

—Enseguida. Tenga. Ahora haga un esfuerzo y siga contando. ¿Qué es El Cubo?

—Un lugar engañoso. Durante el día es un prisma transparente e inocuo, pero por la noche esa transparencia se vuelve opaca y, desde fuera, apenas se vislumbra lo que sucede en el interior. Una vez dentro, los escritores navarros se unen a los foráneos para cazarnos como a conejos a base de cañas y pinchos negros.

—¿Y se sufre mucho? Bebiendo y comiendo, digo.

—¡Todo lo contrario, nos lo pasamos de puta madre! Pero así es como rematan la faena y te captan para la causa. Ustedes no lo entienden, ¿verdad? Para entenderlo hay que estar dentro. Caes en la trampa sin darte cuenta porque el director del cotarro lo tiene planeado todo a la perfección

—Háblenos del director

—Carlos Bassas del Rey, es el peor de todos, el más sibilino. Es un tipo que, cuando lo ves de lejos, parece un personaje escapado de un cuadro de El Greco, pero en las distancias cortas el frío azul de Doménikos Teotokópulos se esfuma y se convierte en alguien cálido y cercano.

—Se está poniendo usted muy literario.

—¿¡Lo ve!? ¡A eso es a lo que me refiero! ¡Estoy empezando a hablar como escriben ellos! ¡Estoy…!

—Vale, vale, está bien. Hemos terminado. No se preocupe, márchese, haga su vida normal y olvídese del asunto. Puede irse.

—¿Así, sin más? ¿No van ustedes a hacer nada?

—De momento no vemos indicios de delito, pero le prometemos que echaremos un vistazo en el Pamplona Negra 2019.

—«No hay indicios de delito…, echaremos un vistazo…». Esa canción ya me la sé… ¡Un momento…! ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Una de las charlas de este año la dio un policía! ¡Ustedes también están con ellos! ¡Ustedes también pertenecen a la secta!

—¿Pero qué dice? Venga, va, no diga gilipolleces. Márchese a su casa y descanse.

—¡Dios mío, estoy perdido!


martes, 12 de diciembre de 2017

«Ya no quedan junglas adonde regresar», de Carlos Augusto Casas. Reseña.

En esta novela pasan cosas.

Esperanzadoras.

Por ejemplo: hay un viejo de setenta y dos años que pilota un Boeing 747, con destino a Nueva York, mirándose en los ojos azules de una puta rusa de la calle Montera de Madrid, todo ello por cuarenta euros y sin moverse de la mesa de un restaurante japonés.

En este relato pasan cosas.

Muy chungas.

Por ejemplo: que a algunos malnacidos que andan sueltos por el mundo se les acaba el tiempo y con él la vida, porque hay un viejo de setenta y dos años que ya no puede volar todos los jueves a Nueva York mirándose en los ojos azules de su puta rusa porque se la han matado y el abuelo ha decidido limpiar la ciudad de unos cuantos indeseables.

En «Ya no quedan junglas adonde regresar», de Carlos Augusto Casas, hay policías.

Con muy mala leche.

Por ejemplo: hay una inspectora a la que el tiempo y el vodka le han enseñado que sólo siendo una hija de puta se pueden arreglar las cosas.

En este libro hay diálogos.

Del mejor clásico género negro.

Por ejemplo:

—No sabía que eras un sentimental, Puertas.

—Soy como la roña. Me ablando con los líquidos —dijo el inspector dando otro trago.

En esta novela se ejecuta una venganza.

¿Por qué?

Porque el lector se implica tanto en el relato que lo está pidiendo a gritos.

Con este relato pasa el tiempo volando.

¿Por qué?

Porque el ritmo de la trama se agarra a las entrañas del lector hasta dejarlo en apnea.

Porque Carlos Augusto Casas escribe como un maestro del género.

Porque ha escrito una novela que es una mezcla de hard boiled y enigma.

No lo he dicho yo, pero estoy de acuerdo.

Lo dice Julián Ibáñez.

En el prólogo.

¿Qué más queréis?

Pues a por ella.

A por otra, Carlos.

Queremos más.


lunes, 4 de diciembre de 2017

«Mal trago», de Carlos Bassas del Rey. Reseña.

¿Quién coño, y para qué, secuestra a un niño de diez años, hijo de un muerto de hambre? ¿A qué zumbado se le ocurre secuestrar a un crío, matarlo, vestirlo de primera comunión y meterlo dentro de la caja fuerte del despacho de un edificio en ruinas? Qué pretende este mal nacido si el padre ni siquiera puede pagar a su hijo el billete de autobús hasta el colegio?

Es así como comienza y se presenta la gran incógnita a resolver de esta tercera entrega protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, un policía cabal, gruñón, poco sutil, complejo y con unos follones personales que se multiplican y entrelazan a la perfección con la trama principal para aportar matices y dimensión al personaje. Por cierto, en este relato se nos desvela uno de los rincones más oscuros del inspector. Un rincón, lleno de paz, al que el policía se retira cuando la última gota hace rebosar el vaso y en su cabeza se produce un cortocircuito. Es entonces cuando aparece el monstruo de la mala hostia que no se detiene ante nada con tal de obtener un dato del hijo de puta que tiene delante y se está riendo de todos. Carlos Bassas enriquece el diseño del personaje añadiendo aquí y allá algunas dosis de retranca, como la que muestra el policía en una escena en la que se encuentra dentro de un garito de música latina cuando le llega la letra de una canción:

«Me tomé dos tragos y me subieron la nota, sintiendo cómo mueves esa nalgota. Báilame, no, no te detengas, aprovéchame».

«Puro Gabo», piensa el inspector.

Carlos Bassas del Rey compone en este «Mal trago» una trama que se complica conforme avanzamos en la narración. Su prosa madura con cada entrega de la serie y sigue siendo precisa, lacónica y sobria, al estilo de los clásicos más veteranos de este país, y nos conduce como corderitos ansiosos hasta un final que lo parece pero no lo es.

Y no digo más porque destriparía la novela y Carlos Bassas sabe artes marciales y me arrea, y, aunque yo también domino alguna, estoy muy mayor para defenderme a base de patadas voladoras, a lo sumo me defendería con patadas a los tobillos, llamadas técnicamente de vuelo rasante.

Esta novela es muy buena, leedla. Ya.

Un placer, Carlos.


martes, 28 de noviembre de 2017

El detective Carmelo (14). Si eres muy feo te pueden disparar.

Nota del Autor: Si no sabéis quién es el Feo, os recomiendo que leáis el capitulo «El caso del feo que buscaba novia».


La llamada me cogió por sorpresa. Por doble sorpresa. Por un lado, que a mí me llame una moza ya es para montar una verbena, la otra sorpresa era el objeto de la llamada.

—Carmelo, soy la Berta. El Feo ha muerto y necesito tus servicios para que investigues su fallecimiento.

Me quedé unos instantes bloqueado procesando la información que me acababa de entrar por la oreja.

—¿Estás segura?

—Estoy segura: uno, de que soy la Berta, la puta que tú conoces; dos, de que el Feo, el que te hizo el encargo de que le buscases novia, ha muerto, y tres, de que necesito que investigues las circunstancias de su muerte.

—Ya sabes que ahora no estoy por allá, que me tuve que exilar…

—Pues te vienes para acá si quieres ganarte unos cuartos. Y corta el rollo ese de refugiado político.

—Vale, vale, no te enfades. ¿Y para qué quieres que investigue la muerte del Rober Refor?

—Después de que te acojonaras y te largaras, nos hicimos pareja de hecho. El tío estaba forrado. Si la muerte ha sido un accidente laboral podré cobrar un seguro. Entre eso y la herencia me retiro del oficio.

—Si te retiras, el oficio perderá un pilar fundamental de su historia, Berta.

—Vete a la mierda, que no estoy de humor para flores. ¿Vas a venir o no?

—Claro, claro, Berta. Me pongo en camino. Por cierto, ¿a qué se dedicaba el difunto?

—Era buscador profesional de caracoles serranos. Tienes que demostrar que estaba en el tajo cuando le dispararon.

—¿Le dispararon?

—Un cazador. El hombre jura que fue un accidente. De hecho lo han absuelto en el juicio.

Hasta ese día no tenía ni idea de que existiese la profesión de buscador de caracoles serranos, pero, claro, yo no estoy muy al día en esto de las nuevas profesiones. Pensé que debía de ser algún módulo de la rama agrícola. O ganadera.

Tras unos minutos de reflexionar sobre mi nuevo caso y de preguntarme si las jirafas tendrían dolor de cervicales o no, tomé una decisión: muerto el objeto de mi fuga ya no había peligro de que me apiolara, aunque, a tenor de lo que me había contado la Berta, nunca había existido. Nada me ataba a Madrid y al barrio de Lavapiés. Soy un detective de provincias y tanta multiculturalidad me abruma. Reuní mis pertenencias en un par de maletas, liquidé el alquiler con mi casero paquistaní y me abrí paso como pude hasta donde tenía aparcado el coche. Mi viejo despacho provinciano me esperaba. Los casos serían menos espectaculares, pero más tranquilos.

Me costó salir del barrio. La culpa la tuvieron dos manifestaciones opuestas que se enfrentaron a la altura del café Barbieri. Una era de senegaleses que apoyaban la independencia de Cataluña pero sin Puigdemont. «Este hombre no nos representa», rezaba en una gran pancarta con su foto. He de reconocer que sentí cierta curiosidad por saber quién sería el afortunado catalán que representara los intereses de los negratas de rabo largo. La otra manifestación era de paquistaníes que querían al monasterio de Montserrat y a Reus fuera de la declaración de independencia. Cada vez entendía menos.

Una vez instalado en mi antiguo despacho me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo demostrar que el Feo estaba trabajando cuando se lo cepillaron, pero uno tiene sus recursos. Mi amigo Manolo, más de campo que una bellota con boina, me sacó de dudas:

—Si cuando le dispararon estaba agachado, en una zona de monte bajo, con abundante tomillo y romero, al calorcito que genera el sol después de una fina lluvia primaveral, entonces y sólo entonces, estaba cogiendo caracoles serranos.

Tan sólo me quedaba hablar con el autor de los disparos, el cazador de gatillo fácil.

—Mire, yo no sé lo que estaba haciendo, yo sólo ví un bulto grisáceo moviéndose por entre los romeros y disparé.

—¿Usted dispara a todo lo que se mueve?

—Escuche, buen hombre, era tarde, no había cazado nada, me acababa de comprar una escopeta nueva, ¿usted sabe lo que vale una escopeta? ¿Usted sabe lo que valen los cartuchos? No, no lo sabe, pero mi mujer sí, y si me presento en casa sin nada después de todo el gasto…, usted no sabe cómo se pone mi parienta cuando no llevo nada a casa.

—¿Había llovido?

—Sí, había caído una fina lluvia de primavera. Oiga, no piense que soy un desalmado, ¿usted conocía al muerto?

—Más o menos.

—Pues imagínese la escena: el fulano agachado, sin camisa, en pantalón corto, yo sólo le veía el lomo, en esto que levanta la cabeza y me mira. Disparé, no lo dudé, pensé que era un jabalí. Hay personas tan feas que las sueltas en pelotas por el monte y ningún biólogo es capaz de adivinar qué clase de bichos son.

—Le comprendo, le comprendo.

El caso estaba resuelto. Días después, la Berta se presentó en mi despacho para pagarme y, como siempre, aproveché la ocasión para intentar solucionar mis eternos problemas que habitan al sur del ombligo.

—Me puedes pagar en carne, si quieres, Berta.

—Llegas tarde. Acabo de retirarme. Ahora soy una mujer decente y no eres mi tipo.

—¡Ea, qué le vamos a hacer! Dime una cosa, Berta, ¿además de dinero, el engendro tenía alguna cualidad oculta?

—Era divertido, Carmelo. Contaba unos chistes cojonudos. Eso siempre funciona con nosotras y tú eres muy soso.

—Si tú lo dices…

Al marcharse la Berta me quedé rumiando mis desdichas. Pero soy hombre de decisiones y pensé, y pensé, y pensé. Y después de mucho pensar me pregunté: «¿Habrá cursos de contar chistes para sosos? ¿Asociaciones de sosos anónimos? Dejé de pensar. Me estaba empezando a doler la cabeza.