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miércoles, 9 de mayo de 2018

«Subsuelo», de Marcelo Luján. Reseña.


Me lo dijo Alexis Ravelo en el último «Pamplona Negra»:

—¿Estás leyendo subsuelo? Eso son palabras mayores, mi niño.

—¡Y vaya si lo son! —le contesté reforzando mis primeras impresiones con su comentario.

¿Por dónde empiezo?

Hacer una reseña de esta novela es un marrón. Porque la puedes cagar veinte veces en cada párrafo. Así pues seré breve para minimizar riesgos.

Silencio.

Oscuridad.

Inquietud.

Tensión.

Desasosiego.

Maldad en estado puro.

Arquitectura literaria de orfebre.

Personajes negros.

Escenarios luminosos.

Calor.

Y las hormigas.

Las putas hormigas.

¿Novela negra?

No. Oscura.

Que es peor.

O mejor.

Según se mire.

¿La habéis leido?

¿No?

La leeréis.

¿No?

Allá vosotros.

Bravo, Marcelo.



martes, 24 de abril de 2018

El detective Carmelo. El caso de la rubia en Las Casas Ahorcadas. Crónica/relato, a mi manera, de un certámen muy consolidado.

El caso no pintaba mal. Parecía fácil. El marido lo tenía claro: su mujer le era infiel. El tipo conocía el qué pero no sabía el cómo y el cuándo y quería que yo se lo documentase. Mi futuro cliente era tan feo que haría llorar a una cebolla y la moza de la foto que sujetaba entre mis dedos era una rubia que llevaba el pecado escrito en la frente. En la frente y en otros lugares de su anatomía para ser exactos. «Hay asuntos que no pueden funcionar», recuerdo que pensé mirando al mostrenco que tenía al otro lado del escritorio.

—Detrás de la foto está el nombre y los datos de esa zorra —me dijo el engendro—, incluido el lugar del evento en donde me la va a volver a pegar.

Miré el reverso de la foto y leí mentalmente: «VI Encuentro de Novela Criminal Las Casas Ahorcadas»

—¿Es usted adivino? —pregunté.

—Qué más quisiera, amigo, pero sé que irá a ese festival. A ese zorrón le ponen los festivales de novela negra y se pasa por la entrepierna a todo autor o director de certamen que se ponga a tiro.

Al oír lo del festival me preocupé porque la idea de meterme en semejante avispero no me apetecía en absoluto y así se lo hice saber a mi cliente.

—Este trabajo tiene un plus de peligrosidad añadido, ¿está dispuesto a asumirlo?

—¡No me joda, detective! ¿Peligrosidad? ¿Qué es lo que teme? ¿Que algún escritor le clave la pluma en el culo? ¿O es que es usted tan torpe que es capaz de estrangularse la polla con una de las horcas del logo del festival?

Era evidente que el tipo se había documentado sobre el festival, pero también era obvio que no había estado en ninguno, si no, no estaría hablando tan a la ligera de un evento tan proceloso.

—Mire, yo no me juego el tipo por menos de…

—Déjese de gilipolleces —me interrumpió—. El dinero no es problema, dígame una cifra y ahora mismo le abonaré la mitad para gastos. El resto al acabar el trabajo. Quiero fotos, o vídeos y tienen que ser concluyentes y explícitas, que no haya dudas de lo que hace ese putón. Deben servir de prueba para un divorcio fulminante y sin derecho alguno a mis bienes según consta en nuestro acuerdo prematrimonial.

Estaba claro que el tipo lo tenía claro, valga la rebuznancia. Le di una cifra muy alta temiendo que la rechazara, pero ni se inmutó. Sacó un talonario, me firmó un cheque por la mitad de lo acordado y se marchó con un escueto «nos vemos».

Así pues, hice la maleta y encaminé las ruedas de mi viejo Toyota hacia Cuenca. Había estado en otros festivales negros por motivos de trabajo y he de confesar que el de Las Casas Ahorcadas estaba montado de puta madre. Hay que reconocer que Sergio Vera Valencia, para ser ciego, tiene una amplia visión del género, si me permiten el chiste. De todas formas en el festival se palpaba lo que en todos los de su género: peligro inminente. No me negarán que andar todo el día entre gente que no para de idear asesinatos no es para sentir miedito.

El primer día del certamen no me resultó productivo. La investigada se lanzó a por una pieza de caza mayor y coqueteó con Lorenzo Silva al terminar el tributo que le dedicó el festival. Lorenzo, muy serio y circunspecto, declinó elegantemente las turgencias y las sugerencias de la señora. A continuación se fue a por el pregonero del encuentro iniciando un intento de contacto con Carlos Bassas del Rey, pero el bueno de Carlos es un hombre justo y los justos le guardan la ausencia a la propia. Inasequible al desaliento, la moza la empredió con la mesa de los mafiosos acercándose a Mikel Santiago. Tampoco hubo nada, debía tener bastante con las curvas de su guitarra y con batir un nuevo récord de ventas en Amazon. Acto seguido, la moza fue a por Rafa Melero, que al ver sus intenciones le sacó la placa y estuvo a punto de detenerla. Los Mossos d'Esquadra no están para tonterías últimamente.

Harta de no comer carne, la moza se decidió por el pescado y comenzó a tirarle los tejos a Graciella Moreno, y fue entonces cuando me di cuenta de que la mujer de mi cliente era bipolar, o poliamorfa, o como pollas se llame ahora a eso de hacer a pelo y lana. La cosa pudo terminar en tragedia porque desde lejos vi como Graciella, que además de escritora es jueza, estuvo a punto de arrearle a la ninfómana con un enorme tomo de derecho penal. Con Carlos Augusto Casas no pudo ser porque, por lo que pude oír, él vendía junglas, pero no se metía en ellas. Carles Quílez se parapetó tras la mesa de firmas y resistió heroicamente los ataques de la ansiosa.

Ignoro si durante la cena la rubia consiguió algún objetivo porque me fui a dormir. Estaba muy cansado. Siempre me pasa, en cuanto voy más allá de Albacete me entra jet lag.

Al día siguiente me levanté tarde y no sé lo que hizo o no hizo mi investigada por la universidad. Por allí andaban, además de Graciella Moreno y Carles Quílez, Javier Manzano con su Black&Noir y los radiofónicos Ana Alonso y José Antonio Pérez Ledo con su «Gran apagón».

La tarde prometía, pero no pasó nada. La moza pasó de Lorena Franco y todavía estoy preguntándome por qué. Si yo fuese poliamorosica, me iba derechito hacia sus entretelas y sus ventas en Amazon. El caso es que pasó de ella se acercó a Ana Ballabriga y David Zaplana. Me arrimé discretamente y escuché como les proponía un trio. Ana se puso muy colorada y David, muy enfadado, le dijo que ni trio ni leches. Luego al francés le propuso un ídem, que lo escuché yo con estas orejas, pero Pascal Dessaint rechazó la oferta con un «¡Qué redundancia tan obscenamente vulgar!». Yo no tengo ni puta idea de francés, pero me lo tradujo un señor con pinta de profesor que se llama Julian Serrano. A Juan Carlos Galindo ni se le acercó. Seguramente tenía miedo de salir en los papeles. O quizá sería por la pajarita, no sé.

Me estaba poniendo nervioso. Las mesas de la tarde se habían acabado y yo no tenía una puta prueba. La rubia no mojaba y estaba empezando a pensar que estaba en un festival de estrechos sin fronteras, pero en la Roneria de la Habana y con dos pelotazos me sentí mejor. De pronto, el pulso se me aceleró cuando vi que la tipa se acercaba a Sergio Vera Valencia y, aprovechando que Jesús Lens hablaba de cócteles negros y tal, le susurraba algo al oido, lo trincaba del brazo y se lo llevaba a la calle. Les seguí a una distancia prudencial por varias callejas del casco antiguo. Torcieron por una esquina y, al hacerlo yo, vi que habían desaparecido. «¡Joder!», recuerdo que pensé, y aunque nos os lo creáis, me costó bastante pensar eso. Regresé a la Ronería y me alumbré otro pelotazo para quitarme el disgusto. Entre los vapores del gintonic de colorines me fijé que los progenitores del secuestrado por la rubia, Ana María Valencia y José ángel Vera, andaban muy atribulados buscando a su retoño por todos los rincones del bareto.

—No se preocupen —les dije ya con la lengua un poco de trapo—, su hijo está en buenas piernas, digo manos.

Me miraron raro y todavía me pregunto por qué. Mi vida es un continuo preguntarme porqueses.

Una puntualización: un detective es como un científico. Si no hay pruebas no hay certeza. Yo no sé si la rubia platino y el director del certamen jugaron a los médicos o rezaron el Santo Rosario. Sin fotos no hay pruebas y sin pruebas…, pues eso, como el gato de Schrödinger, que hubo y no hubo plantada de nabo a la vez.

Me fui a la cama ciscándome en todo el santoral por mi torpeza.

El sábado por la mañana me levanté acojonado. Seguía sin tener ninguna foto, el certamen se estaba acabando y mi encargo peligraba. Por la mañana, la tipa lo intentó con Vicente Garrido y éste amenazó con perfilarla. La rubia se retiró y por su cara deduje que lo de perfilar le sonó demasiado raro para sus gustos sexuales. Luego, ya por la tarde, atacó a Victor del Árbol, que declinó la invitación con una encantadora sonrisa llena de incisivos, caninos y otras piezas dentales que los demás mortales de a pie no tenemos ni de coña. Martín Olmos le dijo que si no le publicaba su novela «Serenata de plomo» que se fuera a hacer puñetas.

Al finalizar la siguiente mesa mi investigada caracoleó con Vicente Marco y éste contraatacó explicándole cómo ganar un premio literario. La rubia quería otro tipo de premio y se largó

El festival estaba a punto de clausurarse y yo estaba al borde de un ataque. Salí a tomar el aire, me senté en una terraza y pedí una gaseosa para aclarar ideas y no aclaré nada, entre otras cosas, porque yo no suelo tener varias ideas a la vez y la gaseosa tampoco ayuda mucho. Estaba yo paladeando el delicioso brebaje, cuando me percaté de que mi investigada y Nieves Abarca, con su flamante Tormo Negro en la mano, estaban en la mesa de al lado charlando muy animadamente. Puse en alerta el ojo y la oreja y al poco me di cuenta de que la rubia se volvía cada vez más cariñosa con Nieves. Tan cariñosa que, de pronto, Nieves alzó el Tormo Negro y le gritó a menazante:

—¿Qué carallo pretendes? ¡Yo soy carballeira, y a mi me gustan los percebes reglamentarios!

La rubia salió corriendo y se coló de nuevo en la clausura del certamen.

Comencé a buscar una solución a la deseperada: «¿Y si me ligo a la rubia y cuando llega el momento crucial me pongo una careta de anonymous y me hago selfis dándole lo suyo a la moza?

En estas estaba cuando la vi salir del brazo de un tipo entrado en años y en carnes. Le pregunté por él a Carlos Bassas, que pasaba por allí afilando su katana, y me dijo que era un bloguero que hacía más kilómetros que el baúl de la Piquer, recorriendo todos los festivales negros del país. «También son ganas —pensé—, habiendo tanto guayabo suelto liarse con semejante carcamal».

El caso es que les seguí hasta el hotel en donde se alojaba la rubia. Con una buena propina al recepcionista conseguí una habitación contigua a la suya, salté a su terraza y filmé los patéticos esfuerzos del bloguero por contentar a la prójima. La actuación del friki no pasará a la historia por su excelencia, pero tenía las pruebas del himeneo. Por tanto, caso cerrado.

Antes de irme, me despedí de Sergio Vera Valencia no sin antes hacerle una sugerencia:

—No te fíes tanto de las mujeres, Sergio, si me permites el consejo.

—Muchacho —me contestó risueño—, no te equivoques conmigo. Yo no me fío ni de mi sombra. Imagínate, ni siquiera la veo. Simplemente dejo que las cosas sucedan.

Un buen tipo, este Sergio, a pesar de ser director de un festival negro.



miércoles, 7 de marzo de 2018

VillaNoir 2018. Black writers vs. aliens.

Grabación del cuaderno de bitácora de la nave interestelar Nostragamus procedente del sistema Sirius. Tripulación: Lolólo Tontolnabo (capitán, propietario de la nave y cazarrecompensas) y Discúter (piloto, ayudante subcontratado y pringadillo de turno). Lugar: planeta Tierra, sur del Pirineo aragonés. Fecha terrícola: 3 de marzo de 2018.


—Tendríamos que acercarnos más, jefe. Desde aquí no podemos interceptar sus diálogos.

—Está bien, pero vigila el inhibidor de presencia, no nos pase como ayer y nos muelan a palos. ¡Menuda mala leche la del tipo ese de la joroba postiza!

—Ya le dije antes de hacer el salto espaciotemporal que el inhibidor necesitaba una reparación urgente. Y el tipo de la joroba postiza es lo que por aquí llaman un montañero. Casi lo despeñamos del susto cuando aterrizamos en los prados de la cabaña esa, cerca de la cima de la peña que los indígenas del pueblo llaman Collarada.

—No tenemos tiempo para reparaciones. El tipo que buscamos es muy escurridizo.

—Yo no diría tanto, jefe. Se prodiga mucho en las redes sociales del planeta.

—Por eso. Es un experto y no hay nada que me ponga más nervioso que un experto. Bien, Discúter, reconozcamos el terreno. Haz un vuelo rasante sobre el pueblo. ¿Cómo has dicho que se llama?

—Villanúa.

—¡Malditos nombres terrícolas! No hay manera de aprendérmelos. Vamos, baja un poco más, pero ten cuidado y no te lleves por delante la torre de la iglesia, no vayamos a joderla, que estos terrícolas son muy sensibles con sus ídolos y sus símbolos.

—A mi lo que me preocupa es el inhibidor de presencia, jefe. Como nos falle y nos hagamos visibles aquí, encima del pueblo, la vamos a liar parda. Además, la tobera antigravedad izquierda no anda muy fina y…

—¡Deja en paz el inhibidor, la tobera y la madre que los parió! Centrémonos en lo que interesa. A ver, el tipo en cuestión se llama Ricardo Bosque, fíjate bien en su holograma, no vayamos a cagarla y abduzcamos a otro, que estos terrícolas me parecen todos iguales.

—Hombre, jefe, yo no veo mucho parecido entre Ricardo Bosque, Ana Etxabe y Miriam Stolisky.

—¿Quiénes son esos otros?

—Esas, jefe, esas. Son hembras terrícolas y no son unas hembras cualquiera. Ana Etxabe es la concejala de cultura, algo así como el equivalente a un miembro destacado de nuestros consejos de mando locales. La tal Stolisky es la bibliotecaria.

—¿Todavía están en la etapa de leer libros estos paletos?

—¡Joder, jefe! ¿Es que no se ha transfundido el dosier del encargo? Estamos aquí porque el tipo que nos tenemos que llevar es el que organiza el segundo festival de novela negra de Villanúa, VillaNoir 2018.

—Ya, ya. Es que con tantos encargos que llevamos entre manos me hago la biociberpicha un lío. ¿Cuál crees que sería el mejor sitio para trincar al Ricardo ese?

—Lo tenemos difícil, jefe. A pesar de que los invitados al evento son de los mejores escritores del género, le tienen mucho respeto y no lo pierden de vista. Le siguen como corderitos. Como no lo abduzcamos cuando esté cagando…

—¡Quita, quita, menudo marrón! Subirlo a la nave a medio tango… ¡Para que nos ponga el cono elevador hecho unos zorros! ¿Ya no te acuerdas lo que nos pasó con el rigeliano aquel que nos puso toda la nave perdida?

—Si me acuerdo, jefe, pero es que los rigelianos van siempre muy sueltos. Los terrícolas tienden más al estreñimiento.

—Déjate de hostias. Revisa el programa del festival para ver si encontramos un hueco en el que esté solo.

—Ya lo he hecho, jefe. Esto se acaba. Ya se han celebrado todas las mesas y como usted ha visto siempre había mucha gente. Imposible enfocar el cono elevador solamente sobre el individuo en cuestión. Podemos intentarlo dentro de un rato en el Pajar de Troncho.

—¿Y eso qué es?

—Un sitio en donde van a dar una fiesta criminal. 

—¿Van a matar a alguien como hacen los rigelianos en las orgias que montan en Rigel IV?

—No, jefe. Bailarán con canciones de temática policiaca.

—¿Habrá drogas?

—Que yo sepa, sólo alcohol.

—¡Joder, qué sosez de fiesta!

—Bien, este es el plan: esperaremos a que la fiesta esté en todo su apogeo y le haremos una falsa llamada de teléfono desde el número de su mujer. En cuanto salga afuera para hablar lo trincamos.

—De acuerdo, jefe, a propósito, ¿para qué quiere nuestro cliente a Ricardo Bosque?

—¡Yo qué sé! Tonterías y caprichitos de nuevo rico. Parece ser que quiere montar un festival de novela negra en Alfa Centauri III y quiere que Ricardo le asesore. Imagínate…, ¡un festival con libros! ¿Habrase visto cosa más antigua y obsoleta? Pero bueno, quien paga manda…

—Pues esperemos a que llegue la noche y empiece el criminal party…

—¡Nada de esperas! Programa un microsalto temporal y avancemos hasta el evento.

—Lo que usted mande, jefe, pero le recuerdo que andamos cortos de combustible y los microsaltos temporales consumen mucha energía.

—¡Haz lo que te digo, coño! Ya si eso procesamos unas cuantas rocas de la cima del Collarada para obtener gasofa molecular.

—Necesitaremos al menos media cima, jefe. Vamos a alterar el paisaje y se van a dar cuenta los terrícolas de Villanúa.

—Algunos lo agradecerán. Así quedará más bajo y les costará menos subirlo.

—Vale, jefe, ya estamos, justo encima del Pajar de Troncho.

—Bien, cuéntame qué ves por el transparentador ultrasónico.

—Veo a Daniel Sancho, de El Eventario, que está animando el cotarro y la bibliotecaria, Miriam Stolisky hace fotos.

—¿Fotos?

—Sí, una especie de hologramas en dos dimensiones. La gente se disfraza de asesino, llevan cuchillos, sierras, máscaras y ponen caras raras.

—¡La madre que los parió! ¿Has llamado a Ricardo?

—Sí, jefe, ya sale… Pero…, salen varios con él…, entre ellos Juan Mari Barasorda y Jon Arretxe, que está cantando… ¡Maldición! ¡Las vibraciones de los alaridos de Jon han alterado el inhibidor de presencia! ¡Están todos mirando hacia arriba con cara de mala leche! ¿Nos hemos hecho visibles!

—¡Me cago en san Pitopato Berenjeno Nonato! ¡Sal cagando leches, ponte detrás de aquel cerro y arréglalo!

—Vale, vale, ya está, pero no sé si aguantará mucho tiempo. ¿Y ahora qué hacemos?

—A ver…, pásame la lista de autores del festival. Se me está ocurriendo que podíamos abducir a otro… ¿Qué tal si nos llevamos a Javier Marquina y a Cristina Hombrados? Podrían procrear durante el salto hiperespacial y así tendríamos repuestos para…

—¡No me joda, jefe! Estos saben mucho de comics negros, pero de montar festivales… Además, Javier Marquina se parece a Ricardo Bosque tanto como un huevo a una castaña.

—¿Y Rafa Melero?

—¿Está usted loco? ¡Es un poli! Tenemos antecedentes. ¡Nos trincaría en dos minutos!

—Vale, vale, no lo sabía… ¿Jon Arretxe? No, este tampoco. Se pone a cantar y nos desarma la nave.

—Además es vasco, jefe. Y si le da por hablar en raro no lo entiende ni Dios.

—Estela Chocarro tampoco. Es hembra y no podría pasar por Ricardo Bosque ni con un hipermaquillaje biodigital extremo. ¿Jerónimo Salmerón?

—¡Ni se le ocurra, jefe! ¡Menudo hiperactivo! ¡Este nos pone la nave patas arriba en dos minutos!

—¿José Luis Muñoz?

—Sabe mucho. Ha escrito más libros que todos los demás juntos, pero, aunque se conserva bien, es mayor. Podría palmarla durante el viaje.

—¡Joder! ¿Empar Fernández?

—Hembra. De Cataluña, y últimamente no está el horno para bollos con los terrícolas catalanes.

—A ver…, Clara Peñalver es hembra, además, aunque ha mandado un vídeo al festival, no ha venido… Pues sólo nos queda Marcelo Luján.

—¡Ni hartos de vino, jefe! ¡Es argentino!

—¿Y eso?

—Se pone muy intenso. Con sus profundas descripciones del mal, la oscuridad, los escenarios negros, los personajes blancos y otros arcanos, nos puede volver majaras.

—No me he enterado de nada, pero suena peligroso. ¡Me cago en la leche! Pues ya no hay más.

—¿Y si esperamos al VillaNoir del año que viene, jefe? Mientras tanto podríamos hacer los encargos de Aldebarán VI y Orión IX

—No tenemos más remedio. Esperemos al VillaNoir 2019. Hala, tira para Aldebarán IV…, ¿o era Aldebarán VI? Últimamente ando un poco disléxico. 


martes, 30 de enero de 2018

«Ful», de Rafa Melero. Reseña.

Parece mentira, Rafa, con esa cara de buen chico que tienes. Parece mentira que cojas a un puñado de mindundis y los metas en ese follón de robar droga a unos traficantes colombianos como si fuera la mejor idea del mundo. Y encima los capullos se cargan a la prima del capo. Para qué os voy a contar. Eso no se hace, Rafa, porque sabes lo que vendrá después: que el capo va a mandar a por ellos a un sicario malo, malote, más peligroso que un gremlin recién salido de la ducha y las van a pasar muy putas. Por qué les haces esto, Rafa, a este hatajo de perdedores chapuceros, que se han metido en un jardín del que pueden salir jodidamente mal, si es que salen. Y es que eres la hostia, Rafa, que nos haces caer como pardillos, engolosinados por la prosa tan simple y directa con la que escribes, que nos empapa sin que nos demos cuenta y hace que nos resulten simpáticos unos quinquis de barrio más inútiles que una corbata en el cuello de Tarzán, a pesar de que no son ningunos angelitos, coño, que matan gente. Y luego, para acabarlo de arreglar, vas y nos puteas con unos giros de trama que no nos los podríamos esperar ni hartos de calimocho. No me lo puedo creer, Rafa, con esa cara de no haber roto un plato en tu vida que te marcas. Que soy un jubilata, leches, que tengo una pensión justita, que me ha gustado tanto «Ful» que ahora tengo que comprarme «El secreto está en Sasha». Eso no se hace, Rafa, que me jodes el presupuesto.


miércoles, 24 de enero de 2018

Pamplona Negra 2018.

—Son una secta.

—Haga el favor de esperar a que la cámara esté lista. Después podrá contarnos todo lo que quiera, pero procure ceñirse, lo más que pueda, a las preguntas que le haga el subinspector o yo mismo.

—Ya, ya, pero son una secta. Y peligrosa.

—Tranquilícese, y sobre todo céntrese en contestar lo que le preguntemos. Bien, esto está listo. Grabando: ¿Cómo se le ocurrió acudir al Pamplona Negra?

—Todo empezó con una insinuación muy sutil del gurú del tinglado. Carlos Bassas del Rey, en un encuentro casual, me susurró: «Deberías pasarte por el Pamplona Negra. Te gustará».

—¿Y usted acudió al evento? ¿Así, sin más?

—La curiosidad mató al gato. Empecé a recopilar información. Me cautivó el potente logo del festival. Las letras blancas, formando el cañón y el tambor del revólver sobre fondo negro, son irresistibles para un diseñador gráfico jubilado como yo. Luego leí el programa y eso me terminó de convencer. ¿Ustedes han leído el programa?

—Sí, pero no nos dice nada. Somos más de ciencias.

—Deberían de leer novelas de este género. Ustedes, los policías, salen mucho en ellas. A lo mejor hasta aprendían algo.

—Guárdese sus recomendaciones literarias y explíquenos lo del programa.

—Los nombres que aparecen en ese programa son la flor y nata del mejor género negro. Un buen aficionado no puede resistirse a acudir a un festival que ofrece semejante programación. Así es como captan adeptos.

—Pero usted fue voluntariamente, ha ido allí y ha vuelto. Ahora está aquí declarando libremente y…

—¡Han estado a punto captarme! ¡Me escapé haciendo un terrible esfuerzo de voluntad! Pero siento que el año que viene no podré resistir la llamada del Pamplona Negra 2019. Y luego está toda esa pobre gente que…

—Un momento, ¿qué gente?

—Los que llenaban la sala. Mesa redonda, tras mesa redonda, día tras día, cientos y cientos de personas. Y esas caras… ¡Dios, sus caras!

—¿Qué pasa con las caras? Explíquese.

—Obnubilados, todos. La mayoría tenían los ojos empañados por la emoción que produce la adoración al becerro de oro y la sonrisa bobalicona de la felicidad que genera la recompensa de ver disertar a los mejores autores, a los más importantes forenses, criminólogos… Y luego están los talleres.

—¿Talleres? ¿Les obligan a trabajar?

—Como lo oye. Cada año escogen a un escritor de entre los mejores. El tipo te explica cómo escribir una novela negra y luego te pone deberes para el día siguiente. Lo ves tan fácil que no puedes rebelarte. Es todo tan sutil…, y está tan bien organizado.

—Explíquenos lo de la organización.

—Es perfecta. Los horarios se cumplen a rajatabla. Hay una legión de colaboradores que se mueven entre las sombras, pero intuyes que están ahí, agazapados, ensamblándolo todo. Y lo peor son los finales de jornada.

—Cuéntenos.

—Cada día, cuando terminan las mesas, justo cuando empieza la ominosa oscuridad la noche pamplonica, casi sin que te des cuenta, te ves envuelto por el grueso de la Asociación Navarra de Escritores que te conducen con malas artes a un lugar cercano al Baluarte llamado El Cubo… No sé si voy a poder continuar… ¿Pueden darme un poco de agua?

—Enseguida. Tenga. Ahora haga un esfuerzo y siga contando. ¿Qué es El Cubo?

—Un lugar engañoso. Durante el día es un prisma transparente e inocuo, pero por la noche esa transparencia se vuelve opaca y, desde fuera, apenas se vislumbra lo que sucede en el interior. Una vez dentro, los escritores navarros se unen a los foráneos para cazarnos como a conejos a base de cañas y pinchos negros.

—¿Y se sufre mucho? Bebiendo y comiendo, digo.

—¡Todo lo contrario, nos lo pasamos de puta madre! Pero así es como rematan la faena y te captan para la causa. Ustedes no lo entienden, ¿verdad? Para entenderlo hay que estar dentro. Caes en la trampa sin darte cuenta porque el director del cotarro lo tiene planeado todo a la perfección

—Háblenos del director

—Carlos Bassas del Rey, es el peor de todos, el más sibilino. Es un tipo que, cuando lo ves de lejos, parece un personaje escapado de un cuadro de El Greco, pero en las distancias cortas el frío azul de Doménikos Teotokópulos se esfuma y se convierte en alguien cálido y cercano.

—Se está poniendo usted muy literario.

—¿¡Lo ve!? ¡A eso es a lo que me refiero! ¡Estoy empezando a hablar como escriben ellos! ¡Estoy…!

—Vale, vale, está bien. Hemos terminado. No se preocupe, márchese, haga su vida normal y olvídese del asunto. Puede irse.

—¿Así, sin más? ¿No van ustedes a hacer nada?

—De momento no vemos indicios de delito, pero le prometemos que echaremos un vistazo en el Pamplona Negra 2019.

—«No hay indicios de delito…, echaremos un vistazo…». Esa canción ya me la sé… ¡Un momento…! ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Una de las charlas de este año la dio un policía! ¡Ustedes también están con ellos! ¡Ustedes también pertenecen a la secta!

—¿Pero qué dice? Venga, va, no diga gilipolleces. Márchese a su casa y descanse.

—¡Dios mío, estoy perdido!


martes, 12 de diciembre de 2017

«Ya no quedan junglas adonde regresar», de Carlos Augusto Casas. Reseña.

En esta novela pasan cosas.

Esperanzadoras.

Por ejemplo: hay un viejo de setenta y dos años que pilota un Boeing 747, con destino a Nueva York, mirándose en los ojos azules de una puta rusa de la calle Montera de Madrid, todo ello por cuarenta euros y sin moverse de la mesa de un restaurante japonés.

En este relato pasan cosas.

Muy chungas.

Por ejemplo: que a algunos malnacidos que andan sueltos por el mundo se les acaba el tiempo y con él la vida, porque hay un viejo de setenta y dos años que ya no puede volar todos los jueves a Nueva York mirándose en los ojos azules de su puta rusa porque se la han matado y el abuelo ha decidido limpiar la ciudad de unos cuantos indeseables.

En «Ya no quedan junglas adonde regresar», de Carlos Augusto Casas, hay policías.

Con muy mala leche.

Por ejemplo: hay una inspectora a la que el tiempo y el vodka le han enseñado que sólo siendo una hija de puta se pueden arreglar las cosas.

En este libro hay diálogos.

Del mejor clásico género negro.

Por ejemplo:

—No sabía que eras un sentimental, Puertas.

—Soy como la roña. Me ablando con los líquidos —dijo el inspector dando otro trago.

En esta novela se ejecuta una venganza.

¿Por qué?

Porque el lector se implica tanto en el relato que lo está pidiendo a gritos.

Con este relato pasa el tiempo volando.

¿Por qué?

Porque el ritmo de la trama se agarra a las entrañas del lector hasta dejarlo en apnea.

Porque Carlos Augusto Casas escribe como un maestro del género.

Porque ha escrito una novela que es una mezcla de hard boiled y enigma.

No lo he dicho yo, pero estoy de acuerdo.

Lo dice Julián Ibáñez.

En el prólogo.

¿Qué más queréis?

Pues a por ella.

A por otra, Carlos.

Queremos más.


lunes, 4 de diciembre de 2017

«Mal trago», de Carlos Bassas del Rey. Reseña.

¿Quién coño, y para qué, secuestra a un niño de diez años, hijo de un muerto de hambre? ¿A qué zumbado se le ocurre secuestrar a un crío, matarlo, vestirlo de primera comunión y meterlo dentro de la caja fuerte del despacho de un edificio en ruinas? Qué pretende este mal nacido si el padre ni siquiera puede pagar a su hijo el billete de autobús hasta el colegio?

Es así como comienza y se presenta la gran incógnita a resolver de esta tercera entrega protagonizada por el inspector Herodoto Corominas, un policía cabal, gruñón, poco sutil, complejo y con unos follones personales que se multiplican y entrelazan a la perfección con la trama principal para aportar matices y dimensión al personaje. Por cierto, en este relato se nos desvela uno de los rincones más oscuros del inspector. Un rincón, lleno de paz, al que el policía se retira cuando la última gota hace rebosar el vaso y en su cabeza se produce un cortocircuito. Es entonces cuando aparece el monstruo de la mala hostia que no se detiene ante nada con tal de obtener un dato del hijo de puta que tiene delante y se está riendo de todos. Carlos Bassas enriquece el diseño del personaje añadiendo aquí y allá algunas dosis de retranca, como la que muestra el policía en una escena en la que se encuentra dentro de un garito de música latina cuando le llega la letra de una canción:

«Me tomé dos tragos y me subieron la nota, sintiendo cómo mueves esa nalgota. Báilame, no, no te detengas, aprovéchame».

«Puro Gabo», piensa el inspector.

Carlos Bassas del Rey compone en este «Mal trago» una trama que se complica conforme avanzamos en la narración. Su prosa madura con cada entrega de la serie y sigue siendo precisa, lacónica y sobria, al estilo de los clásicos más veteranos de este país, y nos conduce como corderitos ansiosos hasta un final que lo parece pero no lo es.

Y no digo más porque destriparía la novela y Carlos Bassas sabe artes marciales y me arrea, y, aunque yo también domino alguna, estoy muy mayor para defenderme a base de patadas voladoras, a lo sumo me defendería con patadas a los tobillos, llamadas técnicamente de vuelo rasante.

Esta novela es muy buena, leedla. Ya.

Un placer, Carlos.


martes, 28 de noviembre de 2017

El detective Carmelo (14). Si eres muy feo te pueden disparar.

Nota del Autor: Si no sabéis quién es el Feo, os recomiendo que leáis el capitulo «El caso del feo que buscaba novia».


La llamada me cogió por sorpresa. Por doble sorpresa. Por un lado, que a mí me llame una moza ya es para montar una verbena, la otra sorpresa era el objeto de la llamada.

—Carmelo, soy la Berta. El Feo ha muerto y necesito tus servicios para que investigues su fallecimiento.

Me quedé unos instantes bloqueado procesando la información que me acababa de entrar por la oreja.

—¿Estás segura?

—Estoy segura: uno, de que soy la Berta, la puta que tú conoces; dos, de que el Feo, el que te hizo el encargo de que le buscases novia, ha muerto, y tres, de que necesito que investigues las circunstancias de su muerte.

—Ya sabes que ahora no estoy por allá, que me tuve que exilar…

—Pues te vienes para acá si quieres ganarte unos cuartos. Y corta el rollo ese de refugiado político.

—Vale, vale, no te enfades. ¿Y para qué quieres que investigue la muerte del Rober Refor?

—Después de que te acojonaras y te largaras, nos hicimos pareja de hecho. El tío estaba forrado. Si la muerte ha sido un accidente laboral podré cobrar un seguro. Entre eso y la herencia me retiro del oficio.

—Si te retiras, el oficio perderá un pilar fundamental de su historia, Berta.

—Vete a la mierda, que no estoy de humor para flores. ¿Vas a venir o no?

—Claro, claro, Berta. Me pongo en camino. Por cierto, ¿a qué se dedicaba el difunto?

—Era buscador profesional de caracoles serranos. Tienes que demostrar que estaba en el tajo cuando le dispararon.

—¿Le dispararon?

—Un cazador. El hombre jura que fue un accidente. De hecho lo han absuelto en el juicio.

Hasta ese día no tenía ni idea de que existiese la profesión de buscador de caracoles serranos, pero, claro, yo no estoy muy al día en esto de las nuevas profesiones. Pensé que debía de ser algún módulo de la rama agrícola. O ganadera.

Tras unos minutos de reflexionar sobre mi nuevo caso y de preguntarme si las jirafas tendrían dolor de cervicales o no, tomé una decisión: muerto el objeto de mi fuga ya no había peligro de que me apiolara, aunque, a tenor de lo que me había contado la Berta, nunca había existido. Nada me ataba a Madrid y al barrio de Lavapiés. Soy un detective de provincias y tanta multiculturalidad me abruma. Reuní mis pertenencias en un par de maletas, liquidé el alquiler con mi casero paquistaní y me abrí paso como pude hasta donde tenía aparcado el coche. Mi viejo despacho provinciano me esperaba. Los casos serían menos espectaculares, pero más tranquilos.

Me costó salir del barrio. La culpa la tuvieron dos manifestaciones opuestas que se enfrentaron a la altura del café Barbieri. Una era de senegaleses que apoyaban la independencia de Cataluña pero sin Puigdemont. «Este hombre no nos representa», rezaba en una gran pancarta con su foto. He de reconocer que sentí cierta curiosidad por saber quién sería el afortunado catalán que representara los intereses de los negratas de rabo largo. La otra manifestación era de paquistaníes que querían al monasterio de Montserrat y a Reus fuera de la declaración de independencia. Cada vez entendía menos.

Una vez instalado en mi antiguo despacho me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo demostrar que el Feo estaba trabajando cuando se lo cepillaron, pero uno tiene sus recursos. Mi amigo Manolo, más de campo que una bellota con boina, me sacó de dudas:

—Si cuando le dispararon estaba agachado, en una zona de monte bajo, con abundante tomillo y romero, al calorcito que genera el sol después de una fina lluvia primaveral, entonces y sólo entonces, estaba cogiendo caracoles serranos.

Tan sólo me quedaba hablar con el autor de los disparos, el cazador de gatillo fácil.

—Mire, yo no sé lo que estaba haciendo, yo sólo ví un bulto grisáceo moviéndose por entre los romeros y disparé.

—¿Usted dispara a todo lo que se mueve?

—Escuche, buen hombre, era tarde, no había cazado nada, me acababa de comprar una escopeta nueva, ¿usted sabe lo que vale una escopeta? ¿Usted sabe lo que valen los cartuchos? No, no lo sabe, pero mi mujer sí, y si me presento en casa sin nada después de todo el gasto…, usted no sabe cómo se pone mi parienta cuando no llevo nada a casa.

—¿Había llovido?

—Sí, había caído una fina lluvia de primavera. Oiga, no piense que soy un desalmado, ¿usted conocía al muerto?

—Más o menos.

—Pues imagínese la escena: el fulano agachado, sin camisa, en pantalón corto, yo sólo le veía el lomo, en esto que levanta la cabeza y me mira. Disparé, no lo dudé, pensé que era un jabalí. Hay personas tan feas que las sueltas en pelotas por el monte y ningún biólogo es capaz de adivinar qué clase de bichos son.

—Le comprendo, le comprendo.

El caso estaba resuelto. Días después, la Berta se presentó en mi despacho para pagarme y, como siempre, aproveché la ocasión para intentar solucionar mis eternos problemas que habitan al sur del ombligo.

—Me puedes pagar en carne, si quieres, Berta.

—Llegas tarde. Acabo de retirarme. Ahora soy una mujer decente y no eres mi tipo.

—¡Ea, qué le vamos a hacer! Dime una cosa, Berta, ¿además de dinero, el engendro tenía alguna cualidad oculta?

—Era divertido, Carmelo. Contaba unos chistes cojonudos. Eso siempre funciona con nosotras y tú eres muy soso.

—Si tú lo dices…

Al marcharse la Berta me quedé rumiando mis desdichas. Pero soy hombre de decisiones y pensé, y pensé, y pensé. Y después de mucho pensar me pregunté: «¿Habrá cursos de contar chistes para sosos? ¿Asociaciones de sosos anónimos? Dejé de pensar. Me estaba empezando a doler la cabeza.




martes, 21 de noviembre de 2017

«El baile de los penitentes», de Francisco Bescós. Reseña.

¿Como se puede escribir una novela cuya acción transcurre en sólo tres días, en un pueblo de veinticinco mil habitantes y que la trama no parezca una capullada fantástica? La tarea parece difícil, porque yo, que vivo en una ciudad de similares características, cojo setenta y dos horas de mi felicísima villa y por mucha imaginación que le ponga no salen más que tres o cuatro gilipolleces costumbristas que no funcionan en una narración ni con todos los lectores borrachos. Pero, claro, yo no soy Paco Bescós, yo no manejo el lenguaje como este tipo que, además de escribir, es publicista y sabe enhebrar las palabras justas para, en una historia muy corta, tocarnos la fibra sensible que nos haga ponernos pedos con una determinada marca de cerveza o comprarnos el último modelo de teléfono del mercado.

La novela comienza con la parición del cadáver a medio enterrar de una niña perteneciente a uno de los dos clanes gitanos de la ciudad y su trama se desarrolla en los tres días centrales de la Semana Santa.

«El baile de los Penitentes», de Paco Bescós es un relato coral con diferentes hilos narrativos que convergen y encajan a la perfección en un final de traca. Sin embargo, hay un personaje que destaca poderosamente sobre el coro de penitentes: un extraño juego, el juego de los Borregos. Un engendro que se ejecuta sobre una mesa de billar y que en al noche del Viernes Santo reúne a todos los hombres adultos del pueblo. Un juego diabólico en el que los parroquianos del garito, sumergidos en un aire irrespirable por el humo y medio ahogados por el alcohol, se juegan hasta lo que no tienen. Solamente por el buen puñado de páginas que describen el juego y el ambientorro que lo rodea merece la pena leer esta novela.

Paco, ya sé que tu familia tiene que comer, pero deberías estirar tu tiempo y escribir más novelas como esta.

Nos lo debes.


viernes, 17 de noviembre de 2017

«Almoradiel Lee II». Reseña, a mi manera, de un festival singular.

Hay una lugar en la Mancha en el que los aviones de papel vuelan llenos de poemas. Existe un pueblo en la llanura manchega en el que vas pisando libros pintados sobre el asfalto de las calles. Es un pueblo pequeño, perdido en esa inmensa planicie que sintió en la tierra de sus caminos los cascos cansinos del jamelgo Rocinante, y en donde, una vez al año, se celebra un festival literario que acojona por su magnitud.

Del festival «Almoradiel Lee» tiene la culpa una mujer menuda, concentrada y sin embargo con una energía brutal. «Almoradiel Lee» nace de la rabia (sic) de la escritora Maribel Medina, de su indignación al comprobar que las gentes de este pequeño pueblo manchego leen libros. Y muchos. Coño, pues estupendo, ¿dónde está el problema? El problema era que los chavales del instituto y el club de lectura del pueblo no tenían poder de convocatoria para atraer a autores de renombre hasta Almoradiel. Y lo demandaban porque la gente de Almoradiel, en cuestión de literatura, siempre quiere más: quiere escuchar, hablar, oler, interactuar con sus autores favoritos.

Y es aquí, para desfacer este entuerto, cuando entra en escena Maribel Medina, y la bibliotecaria Pilar Pérez Muñoz, y la concejala de cultura Laura Sepúlveda Angulo, y los profes del IES Aldonza Lorenzo…, y, claro está, el alcalde Alberto Tostado. Un alcalde callado y discreto. Un alcalde atípico que no discursea ni se hace fotos a todas horas, que guarda humildemente su turno en la cola de firmas y que ni siquiera se presenta ante los autores como alcalde, tanto es así, que los autores se tienen que enterar por alguien que acaban de firmar un libro al alcalde. Un alcalde, en fin, que apoya, otorga y deja hacer a un equipo competente para que se construya cultura, algo que debería ser norma y, de tanto no serlo, nos parece una excepción.

Ha sido impresionante escuchar a Rosa Montero y Ramón Gener con Pilar Pérez Muñóz, a Lorenzo Silva y Alejandro Palomas con Carlos Bassas del Rey y a Toti Martínez de Lezea, David Llorente y Victor del Arbol con Maribel Medina. Ha sido una delicia asistir al recital poético de Laura Arnedo, a una noche de monólogos improvisados y a un concierto de la banda de la escuela de música local. Les he puesto voz, piel y olor a Maribel Medina, a Mónica Cillán y a Laura Muñoz Hermida y os aseguro que huelen muy bien. Pero, sobre todo, ha sido un descoloque ver el salón de actos de la Casa de Cultura de Almoradiel lleno a rebosar, todos los días, con la gente de este pueblo y de las localidades vecinas.

¿Os imagináis lo que pasaría si hubiese tan sólo un diez por ciento de mujeres con la iniciativa de Maribel Medina, Pilar Pérez Muñoz y Laura Sepúlveda Angulo? ¿Sois capaces de imaginar las cotas que alcanzaría la cultura de este país con un diez por ciento de alcaldes como Alberto Tostado? ¿Qué ocurriría si todo el mundo leyera lo que se lee en Almoradiel? ¿Qué pasaría si en todos los festivales literarios se vendiesen tantos libros como en «Almoradiel Lee»? Asusta, da vértigo imaginarlo porque ocurriría una auténtica revolución. A la revolución mediante la literatura. No quiero ponerme happyflowers, pero os aseguro que el mundo cambiaría. A mejor, claro está.

Mientras tanto, soñemos con «Almoradiel Lee III».