lunes, 30 de agosto de 2021

«Europa», de David Llorente. Reseña.

Andamios.

Andamios adosados a edificios que crecen cuando aumenta la niebla tóxica.

Niebla contaminante de tonalidad inestable.

Rascacielos que se elevan por encima del hongo de polución venenosa.

Construcciones elevadas para respirar aire limpio.

Habitáculos que crecen hacia el cielo construidos por los de siempre.

Aquellos que nunca están por debajo de la mierda que generan.

Y abajo, en el suelo, la muerte.

Y cuatricornios.

Y panópticos.

Y ailantos sin hojas que inclinan sus ramas hacia el asfalto doblegados por el peso de sus tumores.

Y exterminadores que fumigan con chorros de arcoiris negros rociando las puertas del infierno.

Y la trama que se funde con atmósfera y el escenario.

Europa, de David Llorente.



martes, 24 de agosto de 2021

«Cielos de plomo», de Carlos Bassas del Rey. Reseña.


Barcelona, 1843.

Una Barcelona super poblada.

Una Barcelona insalubre.

Oscura.

Una Barcelona constreñida por sus murallas.

Oprimida por los poderosos.

Asfixiada por el humo de las fábricas.

Esclavizada por los amos del dinero.

Enferma por la corrupción.

Ahí, en los callejones opresivos de esa Barcelona negra, acontece una historia de crimen y venganza.

Ahí, bajo la contaminación producida por las chimeneas de los talleres, ocurre la maravilla de «Cielos de plomo».

Primero fue el juvenil Aki en el Japón de 1600.

Después llegó la serie del inspector Herodoto Corominas.

Con «Justo» cambió de tercio y nos regaló una historia de venganza justiciera.

Luego, llegaron el dolor, el vacío, la rabia y el miedo de «Soledad».

Y ahora, nos deja bajo la niebla histórica de estos «Cielos de plomo».

Lo que demuestra que Carlos Bassas del Rey es capaz de escribir bien lo que le dé la gana.

Cualquier cosa.



jueves, 24 de junio de 2021

«Bajo la piel», de Susana Rodríguez Lezaun. Reseña.

Marcela Pieldelobo tiene un tatuaje.

Un dibujo que le recorre el cuerpo como un mapa de dolor.

Cuervos.

Se tatúa cuervos.

Uno por cada muerto.

Piel.

Piel que se eriza de frustración ante las puertas cerradas.

Pruebas.

Puertas cerradas que ocultan pruebas.

Puertas que no se deben de abrir.

Pero Marcela Pieldelobo las abre.

Y rompe el sacrosanto manual de la ley y el orden.

Las normas son ineludibles.

Pero a veces hay que dar un paso adelante.

Cruzar la línea.

Actuar para saber.

Marcela Pieldelobo tiene un tatuaje.

Y por debajo de su piel corre la tinta de sus muertos.

Porque «Bajo la piel» es Marcela Pieldelobo.

Un personaje impecablemente construido por Susana Rodríguez.

Sólido.

De una pieza

Sin fisuras.

Un personaje que ha llegado para quedarse.

«Bajo la piel».

De Susana Rodríguez Lezaun.



lunes, 3 de mayo de 2021

«Un tío con una bolsa en la cabeza», de Alexis Ravelo. Reseña.

Adelante, pasad.

Sentaos al lado de Gabriel Sánchez Santana.

Acomodaos en el sofá junto al tío con la bolsa en la cabeza.

Escuchad su monólogo interior.

Gabrielo no sabe si la bolsa tiene un agujero.

No sabe si sólo ha sido un aviso.

Si tan sólo le quedan unos minutos.

Unos minutos para morir.

No sabe nada.

Adelante, continuad al lado de Gabrielo.

Prestad atención a su letanía de trapicheos.

Escuchad cómo repasa una a una todas sus corruptelas.

Ved cómo se hace.

Mirad cómo nos han robado nuestros dirigentes durante las últimas décadas.

Gabrielo intenta adivinar quién le ha puesto esa bolsa en la cabeza.

Pero los minutos corren.

Y el aire dentro de la bolsa se acaba.

Adelante, abrid esta novela.

Empezad a leer.

No hay truco, ni trampa, ni cartón.

Aquí sólo vais a encontrar la magistral sencillez de la prosa de Alexis Ravelo.




martes, 6 de abril de 2021

«5 Jotas», de Paco Gómez Escribano. Reseña.

Hace tiempo que no me interesan las novelas y películas de atracos, lo confieso. A mis muchos años, he visto demasiadas y se parecen bastante unas a otras. Y ya sabéis que los mayores nos volvemos párvulos que necesitamos de la sorpresa y el cambio de actividad cada cinco minutos para estar entretenidos. 

Por eso, cuando me enteré del argumento de «5 Jotas», pensé, cual César apuñalado por Bruto: 

Joder, ¿tú también, Paco? 

Pero como conozco la obra de Paco Gómez Escribano, inmediatamente me dije: 

Un atraco con personajes de Canillejas tiene que ser diferente. 

Y me puse ojos a la obra. 

Y claro que es diferente. 

Menudo palo. 

Unos cuantos miles de «5 Jotas». 

Varios miles de patas de gorrino bellotero rellenas del mejor jamón del mundo. 

El atraco perfecto. 

Y fácil. 

Cualquiera de vosotros lo puede hacer mañana mismo, confiando en que los dueños de los jamones no hayan leído esta novela y si tenéis el cociente intelectual del Banderines, el cerebro del golpe, y la ayuda del Charli, el Pestañas, el Mandrias, el Zarzuelo, el Rayo… 

Y si sois de Canillejas. 

Porque sólo siendo de Canillejas se puede planear este disparatado golpe. 

En «5 Jotas», Paco Gómez Escribano continúa con su universo de extrarradio, cambia sutilmente el registro narrativo añadiendo toques de humor al relato y dulcifica unos grados la atmósfera de unos personajes que, en algunos casos, han abandonado el barrio, pero que inexorablemente vuelven una y otra vez a él. 

Y sobre todo, hay un hallazgo en el relato que destaca sobre todo lo demás: el Banderines. Un personaje inolvidable, construido magistralmente y que por sí solo justifica esta historia. 

Leed esta novela y me daréis la razón. 

«5 Jotas», de Paco Gómez Escribano

Con la garantía del Grupo del Charli de Canillejas.



lunes, 29 de marzo de 2021

«El sonido de tu cabello», de Juan Ramón Biedma. Reseña.

Un abogado de oficio exconvicto.

Una abogada que colabora con asociaciones de barrio.

Una mujer, a la que jodieron la vida, recién salida de la cárcel.

Una inspectora de policía con muchos problemas.

Un crimen que parece único pero no lo es.

Un personaje enigmático y oscuro: el Muló.

Y un barrio.

Las Tres Mil Viviendas, en la ciudad de Sevilla.

Uno de los barrios más inseguros de Europa.

Y otra ciudad.

Una de las más peligrosas del mundo.

Ciudad Juarez.

Con estos personajes y escenarios, Juan Ramón Biedma hilvana una novela negra magistral.

Sin acciones trepidantes.

Sin juegos pirotécnicos.

Sin prisa pero sin pausa.

Juan Ramón Biedma,con «El sonido de tu cabello», nos ofrece una visita guiada por las calles, plazas, iglesias y descampados de las Tres Mil. El deambular por el barrio se convierte en un intenso viaje hacia el infierno más oscuro del ser humano y la narración alcanza la excelencia en la definición de atmósfera, escenario y personajes.

Nadie es inocente en esta narración.

Nadie sale indemne de esta lectura.

«El sonido de tu cabello», de Juan Ramón Biedma: un viaje por la maldad que no queremos ver, pero que está ahí, a la vuelta de la esquina.





lunes, 6 de julio de 2020

«TENGO QUE DEJARLO», de Urbano Colmenero. Relato ganador del Certamen Internacional Bruma Negra 2019.

Aparco cerca de la bahía y salgo del coche. El Cantábrico me recibe con un latigazo de luz apaisada. No me acostumbro a la luz norteña. Me desperezo. Arrastro mi deslucido maletín y las ruedas se quejan de la humedad. Como mis huesos. Los ligamentos de mis articulaciones suenan como el crepitar de los troncos ardiendo en una chimenea. Me estoy convirtiendo poco a poco en un ajado recipiente de huesos, tendones, tripas y mierda. Empiezo a sentir los estragos de la edad y me digo que tengo que dejar este trabajo. No es oficio para viejos, tengo que parar. Bordeo el puerto y camino por el paseo de la ría hasta llegar a mi alojamiento.




Apuro el segundo vino y contemplo la fachada azul y blanco de mi hotel. Tres gaviotas evolucionan graznando. Le hago una seña al camarero.

—Póngame otro y deje la botella, pero tráigame algo de comer, que no quiero que se me enrede la lengua antes de tiempo.

—Por supuesto, amigo.

—No soy su amigo, soy su cliente.

—Disculpe, es una forma de hablar…

—Pues cámbiela. Tenemos un lenguaje muy preciso que no hay que desvirtuar. Hay una palabra o varias para cada cosa.

—Como guste, señor. 

El camarero se marcha mohíno y yo me quedo pensando que estoy perdiendo la discreción. Me he vuelto irascible y me pico por cualquier gilipollez. ¿Pero qué coño me pasa? ¿Desde cuándo me hago notar de esta manera? ¿Qué cojones me importa a mi el lenguaje de los demás? Esto no es bueno para mi oficio y lo peor es que me la suda. Tengo que dejarlo.

Soy el único cliente del bar, las otras mesas de la terraza están vacías. Sólo yo, la ría y las gaviotas. Las gaviotas son unos bichos sin gracia, su vuelo es errático y desordenado. La arboleda que bordea la ría me susurra vientos de otros lares. Miro al cielo y por primera vez en mucho tiempo me invade la calima de la melancolía. «La calima de la melancolía», hay que joderse, ahora también juego con la poesía.

De pronto la veo venir andando por el paseo. Me centro. Miro la foto y comparo. No hay duda, es ella. Pelo de fuego, ojos de gata, andares de gata. Los neandertales no se extinguieron, eran pelirrojos y están entre nosotros. Eran muy fuertes, estaban mejor adaptados al medio… Ya estamos otra vez. Me disperso como un párvulo. No es trabajo para despistados. Después de este encargo lo dejo. Acarreo demasiados muertos en la maleta. En ocasiones me llaman incitantes y me invitan a copas. Son tantos que a veces oigo sus murmullos y sus canciones de borrachos. Juegan al mus y me hacen señas. Envidan. Oigo sus voces. Tengo que dejarlo. El pedido es fácil. Una mujer. Leo el reverso de la foto. ¿Cual es tu pecado, Maite Malone? ¿Qué has hecho, muchacha? ¿A quién le has tocado las pelotas? A un pez muy gordo, seguro. El tipo debe de tener un cabreo inmenso para desear que mueras. Vuelvo a la foto. Pelo de fuego, ojos de gata. Un animal tan bello no debería morir. Nunca. A una mujer así se le perdona todo. De nuevo me voy por las ramas. ¿Desde cuándo me preocupo por el futuro de mis víctimas? Me estoy volviendo un melancólico sentimental. Está decidido: lo dejo. Me centro de nuevo. Mañana es el día. Sé que saldrá a correr temprano, como siempre.




La mañana se despereza entre la bruma. Jirones de niebla ocultan el mar abierto. Observo. Ahí está. Pelo de fuego, movimientos de gata. Hace los estiramientos de rigor y comienza con un trote suave. La veo alejarse. Le doy un minuto de ventaja y tanteo la pistola en el interior del bolsillo de la sudadera. Inicio la carrera. Cruza el muelle y se dirige hacia la bahía. Un rayo de luz se filtra entre las nubes y rebota en sus zapatillas plateadas. Su pelo se incendia. La sigo. Un golpe de viento me hiela la espalda. Hay algo que no encaja en ese sol manchado de bruma. Me vuelvo y miro a mi alrededor, nadie me sigue. Estoy paranoico. Estoy viejo y chocheo. Tengo que dejarlo. Termino este encargo y lo dejo.


¿Desde cuándo me dedico a esto? Ya ni me acuerdo. Otro síntoma de vejez: cuando no recuerdas el tiempo que has dedicado a tu profesión es que llevas demasiado en ella. Sólo me acuerdo de que al principio era muy selectivo, escogía los encargos según mi particular baremo. Mi ética me permitía ejecutar únicamente a los desalmados, a los indeseables o a los que se escapaban de la justicia ordinaria y no merecían vivir. Después las fronteras se volvieron tan difusas como la verdad y la moral que nos rodea en los últimos tiempos, esa que nos han traído los hijos de puta que dicen que nos gobiernan. Me paro un instante y la miro. Veo que sigue trotando por el final de la bahía y se interna por un sendero entre vegetación que se adivina empinado y solitario. Perfecto para mis planes. El observador que me precedió me ha informado bien. Reanudo la carrera y a los pocos minutos me vuelvo a parar. Me he acercado demasiado y temo que me descubra. Descanso unos segundos y cruzo la playa desierta con paso tranquilo.

Tampoco recuerdo cuándo fue, pero hubo un momento impreciso en el que los límites de selección se borraron definitivamente y todo me dio igual. Los encargos se multiplicaron y anulé toda discriminación en mi método de trabajo. Dejé de hacer y hacerme preguntas y de separar el grano de la paja. Todo era paja. Mi fama de buen profesional trascendió, la demanda crecía y subí las tarifas. Presintiendo lo que ya me está empezando a ocurrir, ahorré para la jubilación, para ese retiro que ahora se insinúa detrás de una melena roja que remonta la senda a un ritmo que para mí comienza a ser agotador.

La pendiente del sendero aumenta más y más. No la veo. No debo perderla y me esfuerzo al máximo, pero noto que estoy perdiendo ritmo. Ha desaparecido tras una colina cubierta de arbustos. Meto la mano en el bolsillo y agarro la pistola. Ahí lo haré, detrás de la loma. Llego a la cima exhausto. Descanso unos segundos y contemplo el panorama.

—¿Dónde coño…? —Murmuro entre dientes.

Ha desaparecido. La senda serpentea colina abajo, luego remonta otro cerro y se pierde entre la hierba. A mi alrededor solo hay un caos de grandes matojos que me superan en altura. Me ha sacado mucha ventaja, estoy en baja forma. Cuando voy a iniciar la carrera me detengo. Se me eriza la piel. He oído un clic y un punto frío se apoya en mi nuca. Sé que es inútil, que ya nada importa, pero levanto las manos y me vuelvo.

—¿Quién eres, Maite Malone?

—Soy la hija de uno de tus muertos.

Me mira unos segundos. Miro al cielo y no encuentro azul donde refugiarme. Mejor me habría ido si me hubiese dedicado a la poesía.

Sus ojos de gata me disparan.

Los neandertales estaban mejor adaptados, no se extinguieron, están entre nosotros. Mis muertos se ríen. Tres gaviotas cantan. Vuelo y me elevo con ellas. Pelo de fuego. Es lo último que pienso, oigo y veo antes de caer en el sendero sobre el barro de mi propia sangre.

Ahora sí: lo dejo.

domingo, 8 de marzo de 2020

Crónica alienígena del Villanoir 2020. Sábado, 7 de marzo.






—Qué tal ha pasado la noche, jefe?

—No me hables tan alto, Discúter. ¡Bufff…, menudo dolor de antena parietal!

—A quién se le ocurre, jefe, beberse cinco brebajes terrícolas de esos que preparan en el Tritón, gintónics creo que se llaman.

—¡La madre que los parió!, como dicen por aquí, pero es que están buenos, los jodíos…, y te ponen tan a gusto… A mi se me ponen tiesas todas las antenas.

—Ya, pero luego viene lo que en terrícola se llama resaca, que es lo que usted tiene ahora.

—Vale, vale, Discúter, no me sermonees. ¿Qué tenemos para hoy?

—Hoy es el día grande del festival, jefe, tenemos un programa muy apretado. Para empezar, ahora a las 11 horas empieza el «Taller infantil de comic de Juanfer Briones».

—¿Infantil, dices? ¡Lo que me faltaba: un montón de cachorros humanos gritando y dando por saco! Ve tú y me lo cuentas luego.

—Como quiera, jefe, pero se va a perder algo bueno. Juanfer Briones es un crack.



(…hora y media después…)

—¿Y ahora qué toca, Discúter?

—Más comic, jefe, pero esta vez para adultos. Ahora mismo está a punto de empezar «La violencia en el cómic» con Sara Soler y Álvaro Ortiz que están moderados por Cristina Hombrados y Javier Marquina.

—Mira, Discuter, atiende tú. Yo voy a entrar en modo siestación indefinida, a ver si se me pasa la resaca. Cuando termine la charla me despiertas y me lo cuentas.

(…una hora después…)

—… y Sara Soler muestra la violencia en sus cómics mediante metáforas poéticas. Luego, Álvaro Ortiz ha contado, entre otras cosas, que su cómic va de un señor que se muere y se lo comen sus gatetes. Javier Marquina ha dicho que para él, la violencia en el cómic es como un catarsis, que en los tebeos la violencia se acepta mucho mejor que el tabú del sexo. También se ha hablado de tolerancia, indignados y censura. Se ha perdido una gran charla, jefe.

—Como si la hubiera oido, Discúter. Me la has contado muy bien. ¿Cual es la siguiente mesa?

—Hasta la tarde no hay nada más, jefe.

—Pues me voy a descansar a la nave que estoy hecho unos porros.

—«Unos zorros», jefe, «hecho unos zorros», tiene usted el módulo traductor hecho una mierda.

—Lo que tú digas, Discúter, que no tengo el cuerpo para chotas.

—Será para «jotas», jefe.

—¡Que te den, Dispúter! Me voy a dormir la siesta de aquel que se somete gregaria o dócilmente a la voluntad ajena.

—Borreg…, ¡bufff! ¡Vaya tela con su traductor!


(…unas horas después…)


—¿Y si abducimos a Susana Rodríguez, jefe? A lo mejor es más fácil que a Ricardo Bosque, y también dirige un festival de mucho caché, el Pamplona Negra.

Susana Rodríguez tiene protuberancias frontales, es mujer, que yo me fijo mucho, no sé por qué, en esas cosas frontales.

—¿Y qué pasa con eso, jefe?

—Pues que el transfundidor de cultura terrícola me ha contado que las hembras humanas son muy complejas y dadas a liarla parda. Si abducimos a esta, antes de que nos demos cuenta nos pone la nave patas arriba y se pone a dar órdenes.

—Tiene razón, jefe, se me ponen las antenas de punta nada mas de pensarlo, pero no crea, los machos humanos son muy brutos. No sé yo qué será mejor…

—Nada, nada. para obligarle a que se esté quieto y no maree durante la travesía, prefiero mil veces a un bruto. Mira, Discúter: a un bruto le enseñas un martillo y entiende el mensaje, una compleja le pone un lazo lila al martillo y te convence para que te lo metas por el culo. Pasemos a otra cosa, ¿qué tenemos esta tarde?

—Tres mesas y una actividad para niños.

—Pues te vas tú solo al CIN Subterránea y me lo cuentas luego. Yo me quedo en la nave, que no se me va la puta resaca.

—Se me está escaqueando, jefe.

—No lo dudes. Es un truco que he aprendido de los jefes terrícolas, que para eso son jefes, dicen. Joder, ¿cómo no se me había ocurrido antes?


(…tres horas más tarde…)



—Se lo resumo, jefe: a las 17.30, en el CIN Subterránea ha habido un careo entre Inés Plana y María Frisa, las ha interrogado la optometrista Rita Piedrafita.

—¿Una optometrista interrogando?

—Es que además es una bloguera del copón, jefe.

—Ah, bueno. Vale, sigue.

—De todo lo mucho que han hablado, me quedo con tres frases: «Escribo por instinto, cabalgo libremente sobre mi historia» (Inés Plana). «La primera novela negra española la escribió una mujer: Emilia Pardo Bazán» (María Frisa). «Tu novela duele, María, pero engancha» (Rita Piedrafita)

—¿Qué más?


—A continuación, Carlos Quílez, Susana Martín Gijón y Graziella Moreno, moderados por Susana Rodríguez Lezaun, han hablado de violencia machista y otras realidades sociales. Le resumo la charla con algunas frases: Látigo Moderator ha dicho…

—¿Quién?

—Látigo Moderator, pronunciado «Látigo Modereitor», es Susana Rodríguez, jefe. Lo ha dicho ella misma, que yo no me invento nada. Bueno, pues ha dicho que, «el disparo a la línea de flotación del machismo tiene que venir de parte de la educación». Graciella Moreno, como es jueza, tiene material suficiente con su actividad profesional. «Yo no necesito inventarme nada en mis novelas», ha dicho entre otras cosas. Algo parecido ha contado el periodista Carlos Quílez: «Es tal la cantidad de aristas que tiene la realidad, que no es necesario fabular mucho para construir un relato». Por último, Susana Martín Gijón ha dicho que, «toda la sociedad es culpable del machismo que nos rodea».

—Por lo que veo, estos terrícolas son muy chungos, Discúter.

—En toda la galaxia cuecen habas, jefe. Sigo contándole: la última charla del festival ha sido un poco confusa, he tenido que ver dos veces la grabación para enterarme de este follón. A ver si se lo consigo explicar: a las 19:30, ha comenzado la charla «Canfranc, realidad y ficción» y de pronto ha irrumpido en la sala un señor gritando y buscando a una tal Lola. Luego, han aparecido Lola y un señor alemán de las SS que los perseguía. Después de mis averiguaciones, resulta que estos tres pájaros son de un grupo de teatro llamado «El Club de las Charradas» y estaban escenificando un suceso que ocurrió en la vecina estación de Canfranc y del cual trataba la charla que han interrumpido. Finalizada la representación, Txemi Parra, con su novela «Funeraria de Brooklyn busca muerto», Rosario Raro, con «Volver a Canfranc»y el periodista de investigación, Ramón J. Campo, moderados por nuestro objetivo y director del festival, Ricardo Bosque y Antonio Lecuona, han continuado la charla como si tal cosa.


—¿Y qué tienen que ver todos estos tipos con Canfranc?

—Las novelas de Txemi y Rosario están conectadas con la historia de la estación internacional y  Ramón ha investigado durante muchos años aquella época de la Segunda Guerra Mundial en la que la estación era un sin Dios de espías y otros especímenes. Decenas de historias que convergen en las 154 toneladas de oro que pasaron por esa estación en aquella época.

—Ha debido ser interesante.

—Mucho, jefe. Este festival mejora cada año. ¡Menudo ambientazo había en el CIN Subterránea! Y se lo ha perdido. Su tendencia a la vagancia le impide culturizarse.

—Quita, quita, que ya estoy muy mayor para tanta cultura. ¿Pero tu sabes el tiempo que llevo yo sonando bronco, desapacible y confuso por toda la galaxia?

—¿«Zurriendo»?

—Eso. ¿Y mañana?

—Poca cosa, jefe, el festival prácticamente ha terminado. Mañana hay un juego familiar en la biblioteca, «El Asesino del Ajedrez», con El Club de las Charradas.

—¿Damos un paseo por la plaza del pueblo, Discúter? Me invade la melancolía de las despedidas…

—Claro, jefe, pero ajústese mejor el transformador de apariencia, se le ve la antena de conexión sexual y vamos a tener un lío.

—¡Hostia! Espera…, dame el martillo, que esto lo arreglo yo en un brevísimo espacio de tiempo.

—«Periquete», jefe. Tenga cuidado con esos métodos terrícolas. Como se le escacharre la apariencia humana vamos a montar un número que pa qué.

—¿Ves? Unos cuantos trastazos y ya está oculta mi antenita de conexión sexual. Bueno, Discúter, el festival ha terminado y nosotros sin vender un utensilio compuesto por un haz de ramas flexibles u otro material…

—Una «escoba», jefe, una «escoba».

—Eso, y me temo que nos tenemos que marchar sin abducir a Ricardo Bosque.

—Pues usted verá, jefe, no podemos volver otra vez ante nuestro cliente con las manos vacías.

—¿Y si nos ponemos en estado de hibernación hasta el año que viene?

—¿Hibernación? ¡Pero si dentro de nada llega el buen tiempo a esta zona. Ya no habrá polvo blanco, de ese tan frío, las terrícolas comienzan a quitarse ropa y a resaltar las protuberancias frontales…

—¡Calla, Discúter, no seas pervertido! ¡Somos especies diferentes! ¡Eso que estás pensando sería bestialismo! Anda, tira derechito para el módulo de hibernación.

—De acuerdo, jefe. ¿Lo programo hasta el año que viene por estas fechas?

—Un poco antes, no sea que se adelante y nos perdamos algo del Villanoir 2021.

—¿Listo, jefe?

—Listo soy un rato, ¿qué pasa con eso?

—Digo que si está preparado, jefe.

—Soy listo y estoy preparado. Hasta el año terrícola que viene, Discúter.

—Hasta el año que viene, jefe.









sábado, 7 de marzo de 2020

Crónica alienígena del Villanoir 2020. Viernes, 6 de marzo.

Nueva grabación del cuaderno de bitácora de la nave interestelar Nostragamus procedente del sistema Sirius. Tripulación: Tete Karabarbo (capitán, propietario de la nave y cazarrecompensas) y Discúter (piloto, ayudante subcontratado y pringadillo de turno). Lugar: planeta Tierra, sur del Pirineo aragonés. Fecha terrícola: 6 de marzo de 2020.


—¿Le gustó la película de ayer, jefe?

—Curiosa.  ¡Qué relaciones más complicadas tienen estos terrícolas entre sí! Sobre todo las que se generan entre esos que tienen protuberancias frontales con los que no las tienen.

—Los de las protuberancias frontales son las hembras de la especie, jefe, y se llaman mujeres.

—A mí me gustó mucho una frase de una de esas mujeres, una tal Tony, cuando al final de la película dijo, «Perdí el autobús una vez y tuve suerte, quería probar otra vez», aunque no entiendo una mierda cómo se puede tener suerte perdiendo un autobús.

—Usted lo ha dicho, los terrícolas son muy complicados.

—Vale, Discuter, sigo igual, pero te creo, dejémoslo, ¿cuál es plan para hoy?

—Según el programa del festival, ahora, a las seis y media de la tarde, tenemos «Cultura para los pueblos vivos. Polvo, niebla, viento y sol»

—¿Y eso qué es?

—La presentación de una revista de tipo social escrita y dibujada por la Asociación Aragonesa de Autores de Cómic. En ella retratan los problemas de esta zona del planeta. La gente se va de los pueblos y se quedan vacíos. Quieren darle visibilidad al problema. La presentan Cristina Hombrados y Miriam Stolisky.



—Eso de que los pueblos se queden vacíos me suena fatal, ¿estás traduciendo bien?

—Perfectamente, jefe. Al contrario que usted, yo no compro en los mercadillos rigelianos. Mi transfundidor y traductor de cultura terrícola es marca iMélon, ya sabe, la del logo con esa fruta mordida que se cultiva en Aldebaran IV.

—¡Pues menudo pijo me he echado de ayudante!

—Es que uno es pobre, pero con gusto. Hablando de otra cosa, ¿cuándo vamos a trincar a Ricardo Bosque, jefe?

—Cuando podamos, Discúter, Se trata de tragarnos todo el festival y esperar la ocasión propicia. ¿Qué toca ahora?

—Un concierto, jefe, actúa el grupo TRIMUSICI en la iglesia del pueblo.

—¿Iglesia…? ¡Ah, ya me acuerdo! Hace dos años, un tipo que hablaba en terrícola raro, Jon Arretxe creo que se llama, cantó en ese lugar y casi nos desarma la nave con las vibraciones. ¿Y de qué es el concierto esta vez?

—De todo un poco: música clásica, folclórica, de cine…, el grupo está formado por Cristina Puente (piano), Reyes Giménez (violín) y Gustavo Bretos (oboe).


(…media hora después…)

—¿Qué le está pareciendo el concierto, jefe?

—¡Qué maravilla! Es balsámico, hasta se me está enderezando la antena ventral.

—Tenga cuidado, jefe, puede que esa alteración no pueda disimularla el transformador de apariencia terrícola. A ver si va a montar un numerito exhibicionista ahora y se va a tomar por saco la misión.

—Tranquilo, Discúter, ya se me está pasando. Como dicen por aquí: a mi edad, ¡qué poco dura la alegría de la bisectriz del sur del ombligo en la casa del viejo!

—¿Está seguro de que es esa la frase que se dice por aquí? No me consta, jefe.

—¡Pero que demasía de delicadeza en el trato común tienes!

—Quisquilloso, jefe, se dice, «qué quisquilloso eres». Arréglese el módulo de traducción terrícola, ande.

—Vale una pasta y ando algo flojo de efectivo. ¿Hay algo más para hoy?

—No, jefe. Mañana, mañana hay mucho más.

viernes, 6 de marzo de 2020

Crónica alienígena del Villanoir 2020. Jueves, 5 de marzo.

Nueva grabación del cuaderno de bitácora de la nave interestelar Nostragamus procedente del sistema Sirius. Tripulación: Tete Karabarbo (capitán, propietario de la nave y cazarrecompensas) y Discúter (piloto, ayudante subcontratado y pringadillo de turno). Lugar: planeta Tierra, sur del Pirineo aragonés. Fecha terrícola: 5 de marzo de 2020.



—No ha sido una buena idea, jefe. La otra vez casi nos zurran. Esta zona del planeta está llena de indígenas muy combativos y sólo han pasado dos años.

—Ya no se acuerdan, Discúter, estos terrícolas tienen muy mala memoria. Fíjate que votan una y otra vez a quienes les putean y roban. A lo mejor son masocas, yo qué sé. Además, a nuestro cliente se le ha metido entre antena y antena que tenemos que abducir a Ricardo Bosque para completar su colección de frikis galácticos, y quien paga manda.

—Usted verá, jefe, pero el inhibidor de presencia de la nave sigue dando fallos.

—Dale un par de martillazos y como nuevo. Es una técnica que he aprendido en una grabación visual en la que salen unos mecánicos terrícolas arreglando un trasto de esos al que llaman ordenador.

—Yo sólo le advierto que, como vuelva a fallar el inhibidor de presencia y nos hagamos visibles, lo podemos pasar mal.

—No me marees más con el inhibidor. Además, esta vez lo haremos mejor. Con nuestros transformadores de apariencia descenderemos de la nave y nos integraremos en el pueblo. Pasaremos por unos visitantes más que acuden al evento ese…, ¿cómo se llama?

Villanoir 2020, jefe.

— Eso. ¿Cuál es el primer acto del festival?

—Cine, una película. La proyectan hoy.

—¿Cine? ¿Y eso qué es?

—¿Ya no se acuerda, jefe? Una proyección de imágenes en dos dimensiones. La película se llama «El extraño amor de Martha Ivers», el director es Levis Milestone.

—¿Y de qué va?

—Es cine negro, jefe. Y va de…, pero será mejor que la veamos. Al terminar, podemos abordar a Ricardo Bosque y, con alguna treta, atraerlo a la zona donde tenemos la nave camuflada para abducirlo.

—Buen plan, pero puede que me tengas que contar la película, no me funciona muy bien el módulo de traducción del transfudidor de cultura terrícola.

—Es usted un desastre, jefe. No le funciona nada.

—Es que compré el transfundidor en un mercadillo de Rigel B. El rigeliano que comercia con su cuerpo me timó.

—«Puto», se dice «puto rigeliano», jefe. Sí que tiene jodido el módulo de traducción, sí…

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