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miércoles, 24 de enero de 2018

Pamplona Negra 2018.

—Son una secta.

—Haga el favor de esperar a que la cámara esté lista. Después podrá contarnos todo lo que quiera, pero procure ceñirse, lo más que pueda, a las preguntas que le haga el subinspector o yo mismo.

—Ya, ya, pero son una secta. Y peligrosa.

—Tranquilícese, y sobre todo céntrese en contestar lo que le preguntemos. Bien, esto está listo. Grabando: ¿Cómo se le ocurrió acudir al Pamplona Negra?

—Todo empezó con una insinuación muy sutil del gurú del tinglado. Carlos Bassas del Rey, en un encuentro casual, me susurró: «Deberías pasarte por el Pamplona Negra. Te gustará».

—¿Y usted acudió al evento? ¿Así, sin más?

—La curiosidad mató al gato. Empecé a recopilar información. Me cautivó el potente logo del festival. Las letras blancas, formando el cañón y el tambor del revólver sobre fondo negro, son irresistibles para un diseñador gráfico jubilado como yo. Luego leí el programa y eso me terminó de convencer. ¿Ustedes han leído el programa?

—Sí, pero no nos dice nada. Somos más de ciencias.

—Deberían de leer novelas de este género. Ustedes, los policías, salen mucho en ellas. A lo mejor hasta aprendían algo.

—Guárdese sus recomendaciones literarias y explíquenos lo del programa.

—Los nombres que aparecen en ese programa son la flor y nata del mejor género negro. Un buen aficionado no puede resistirse a acudir a un festival que ofrece semejante programación. Así es como captan adeptos.

—Pero usted fue voluntariamente, ha ido allí y ha vuelto. Ahora está aquí declarando libremente y…

—¡Han estado a punto captarme! ¡Me escapé haciendo un terrible esfuerzo de voluntad! Pero siento que el año que viene no podré resistir la llamada del Pamplona Negra 2019. Y luego está toda esa pobre gente que…

—Un momento, ¿qué gente?

—Los que llenaban la sala. Mesa redonda, tras mesa redonda, día tras día, cientos y cientos de personas. Y esas caras… ¡Dios, sus caras!

—¿Qué pasa con las caras? Explíquese.

—Obnubilados, todos. La mayoría tenían los ojos empañados por la emoción que produce la adoración al becerro de oro y la sonrisa bobalicona de la felicidad que genera la recompensa de ver disertar a los mejores autores, a los más importantes forenses, criminólogos… Y luego están los talleres.

—¿Talleres? ¿Les obligan a trabajar?

—Como lo oye. Cada año escogen a un escritor de entre los mejores. El tipo te explica cómo escribir una novela negra y luego te pone deberes para el día siguiente. Lo ves tan fácil que no puedes rebelarte. Es todo tan sutil…, y está tan bien organizado.

—Explíquenos lo de la organización.

—Es perfecta. Los horarios se cumplen a rajatabla. Hay una legión de colaboradores que se mueven entre las sombras, pero intuyes que están ahí, agazapados, ensamblándolo todo. Y lo peor son los finales de jornada.

—Cuéntenos.

—Cada día, cuando terminan las mesas, justo cuando empieza la ominosa oscuridad la noche pamplonica, casi sin que te des cuenta, te ves envuelto por el grueso de la Asociación Navarra de Escritores que te conducen con malas artes a un lugar cercano al Baluarte llamado El Cubo… No sé si voy a poder continuar… ¿Pueden darme un poco de agua?

—Enseguida. Tenga. Ahora haga un esfuerzo y siga contando. ¿Qué es El Cubo?

—Un lugar engañoso. Durante el día es un prisma transparente e inocuo, pero por la noche esa transparencia se vuelve opaca y, desde fuera, apenas se vislumbra lo que sucede en el interior. Una vez dentro, los escritores navarros se unen a los foráneos para cazarnos como a conejos a base de cañas y pinchos negros.

—¿Y se sufre mucho? Bebiendo y comiendo, digo.

—¡Todo lo contrario, nos lo pasamos de puta madre! Pero así es como rematan la faena y te captan para la causa. Ustedes no lo entienden, ¿verdad? Para entenderlo hay que estar dentro. Caes en la trampa sin darte cuenta porque el director del cotarro lo tiene planeado todo a la perfección

—Háblenos del director

—Carlos Bassas del Rey, es el peor de todos, el más sibilino. Es un tipo que, cuando lo ves de lejos, parece un personaje escapado de un cuadro de El Greco, pero en las distancias cortas el frío azul de Doménikos Teotokópulos se esfuma y se convierte en alguien cálido y cercano.

—Se está poniendo usted muy literario.

—¿¡Lo ve!? ¡A eso es a lo que me refiero! ¡Estoy empezando a hablar como escriben ellos! ¡Estoy…!

—Vale, vale, está bien. Hemos terminado. No se preocupe, márchese, haga su vida normal y olvídese del asunto. Puede irse.

—¿Así, sin más? ¿No van ustedes a hacer nada?

—De momento no vemos indicios de delito, pero le prometemos que echaremos un vistazo en el Pamplona Negra 2019.

—«No hay indicios de delito…, echaremos un vistazo…». Esa canción ya me la sé… ¡Un momento…! ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Una de las charlas de este año la dio un policía! ¡Ustedes también están con ellos! ¡Ustedes también pertenecen a la secta!

—¿Pero qué dice? Venga, va, no diga gilipolleces. Márchese a su casa y descanse.

—¡Dios mío, estoy perdido!


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