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martes, 24 de abril de 2018

El detective Carmelo. El caso de la rubia en Las Casas Ahorcadas. Crónica/relato, a mi manera, de un certámen muy consolidado.

El caso no pintaba mal. Parecía fácil. El marido lo tenía claro: su mujer le era infiel. El tipo conocía el qué pero no sabía el cómo y el cuándo y quería que yo se lo documentase. Mi futuro cliente era tan feo que haría llorar a una cebolla y la moza de la foto que sujetaba entre mis dedos era una rubia que llevaba el pecado escrito en la frente. En la frente y en otros lugares de su anatomía para ser exactos. «Hay asuntos que no pueden funcionar», recuerdo que pensé mirando al mostrenco que tenía al otro lado del escritorio.

—Detrás de la foto está el nombre y los datos de esa zorra —me dijo el engendro—, incluido el lugar del evento en donde me la va a volver a pegar.

Miré el reverso de la foto y leí mentalmente: «VI Encuentro de Novela Criminal Las Casas Ahorcadas»

—¿Es usted adivino? —pregunté.

—Qué más quisiera, amigo, pero sé que irá a ese festival. A ese zorrón le ponen los festivales de novela negra y se pasa por la entrepierna a todo autor o director de certamen que se ponga a tiro.

Al oír lo del festival me preocupé porque la idea de meterme en semejante avispero no me apetecía en absoluto y así se lo hice saber a mi cliente.

—Este trabajo tiene un plus de peligrosidad añadido, ¿está dispuesto a asumirlo?

—¡No me joda, detective! ¿Peligrosidad? ¿Qué es lo que teme? ¿Que algún escritor le clave la pluma en el culo? ¿O es que es usted tan torpe que es capaz de estrangularse la polla con una de las horcas del logo del festival?

Era evidente que el tipo se había documentado sobre el festival, pero también era obvio que no había estado en ninguno, si no, no estaría hablando tan a la ligera de un evento tan proceloso.

—Mire, yo no me juego el tipo por menos de…

—Déjese de gilipolleces —me interrumpió—. El dinero no es problema, dígame una cifra y ahora mismo le abonaré la mitad para gastos. El resto al acabar el trabajo. Quiero fotos, o vídeos y tienen que ser concluyentes y explícitas, que no haya dudas de lo que hace ese putón. Deben servir de prueba para un divorcio fulminante y sin derecho alguno a mis bienes según consta en nuestro acuerdo prematrimonial.

Estaba claro que el tipo lo tenía claro, valga la rebuznancia. Le di una cifra muy alta temiendo que la rechazara, pero ni se inmutó. Sacó un talonario, me firmó un cheque por la mitad de lo acordado y se marchó con un escueto «nos vemos».

Así pues, hice la maleta y encaminé las ruedas de mi viejo Toyota hacia Cuenca. Había estado en otros festivales negros por motivos de trabajo y he de confesar que el de Las Casas Ahorcadas estaba montado de puta madre. Hay que reconocer que Sergio Vera Valencia, para ser ciego, tiene una amplia visión del género, si me permiten el chiste. De todas formas en el festival se palpaba lo que en todos los de su género: peligro inminente. No me negarán que andar todo el día entre gente que no para de idear asesinatos no es para sentir miedito.

El primer día del certamen no me resultó productivo. La investigada se lanzó a por una pieza de caza mayor y coqueteó con Lorenzo Silva al terminar el tributo que le dedicó el festival. Lorenzo, muy serio y circunspecto, declinó elegantemente las turgencias y las sugerencias de la señora. A continuación se fue a por el pregonero del encuentro iniciando un intento de contacto con Carlos Bassas del Rey, pero el bueno de Carlos es un hombre justo y los justos le guardan la ausencia a la propia. Inasequible al desaliento, la moza la empredió con la mesa de los mafiosos acercándose a Mikel Santiago. Tampoco hubo nada, debía tener bastante con las curvas de su guitarra y con batir un nuevo récord de ventas en Amazon. Acto seguido, la moza fue a por Rafa Melero, que al ver sus intenciones le sacó la placa y estuvo a punto de detenerla. Los Mossos d'Esquadra no están para tonterías últimamente.

Harta de no comer carne, la moza se decidió por el pescado y comenzó a tirarle los tejos a Graciella Moreno, y fue entonces cuando me di cuenta de que la mujer de mi cliente era bipolar, o poliamorfa, o como pollas se llame ahora a eso de hacer a pelo y lana. La cosa pudo terminar en tragedia porque desde lejos vi como Graciella, que además de escritora es jueza, estuvo a punto de arrearle a la ninfómana con un enorme tomo de derecho penal. Con Carlos Augusto Casas no pudo ser porque, por lo que pude oír, él vendía junglas, pero no se metía en ellas. Carles Quílez se parapetó tras la mesa de firmas y resistió heroicamente los ataques de la ansiosa.

Ignoro si durante la cena la rubia consiguió algún objetivo porque me fui a dormir. Estaba muy cansado. Siempre me pasa, en cuanto voy más allá de Albacete me entra jet lag.

Al día siguiente me levanté tarde y no sé lo que hizo o no hizo mi investigada por la universidad. Por allí andaban, además de Graciella Moreno y Carles Quílez, Javier Manzano con su Black&Noir y los radiofónicos Ana Alonso y José Antonio Pérez Ledo con su «Gran apagón».

La tarde prometía, pero no pasó nada. La moza pasó de Lorena Franco y todavía estoy preguntándome por qué. Si yo fuese poliamorosica, me iba derechito hacia sus entretelas y sus ventas en Amazon. El caso es que pasó de ella se acercó a Ana Ballabriga y David Zaplana. Me arrimé discretamente y escuché como les proponía un trio. Ana se puso muy colorada y David, muy enfadado, le dijo que ni trio ni leches. Luego al francés le propuso un ídem, que lo escuché yo con estas orejas, pero Pascal Dessaint rechazó la oferta con un «¡Qué redundancia tan obscenamente vulgar!». Yo no tengo ni puta idea de francés, pero me lo tradujo un señor con pinta de profesor que se llama Julian Serrano. A Juan Carlos Galindo ni se le acercó. Seguramente tenía miedo de salir en los papeles. O quizá sería por la pajarita, no sé.

Me estaba poniendo nervioso. Las mesas de la tarde se habían acabado y yo no tenía una puta prueba. La rubia no mojaba y estaba empezando a pensar que estaba en un festival de estrechos sin fronteras, pero en la Roneria de la Habana y con dos pelotazos me sentí mejor. De pronto, el pulso se me aceleró cuando vi que la tipa se acercaba a Sergio Vera Valencia y, aprovechando que Jesús Lens hablaba de cócteles negros y tal, le susurraba algo al oido, lo trincaba del brazo y se lo llevaba a la calle. Les seguí a una distancia prudencial por varias callejas del casco antiguo. Torcieron por una esquina y, al hacerlo yo, vi que habían desaparecido. «¡Joder!», recuerdo que pensé, y aunque nos os lo creáis, me costó bastante pensar eso. Regresé a la Ronería y me alumbré otro pelotazo para quitarme el disgusto. Entre los vapores del gintonic de colorines me fijé que los progenitores del secuestrado por la rubia, Ana María Valencia y José ángel Vera, andaban muy atribulados buscando a su retoño por todos los rincones del bareto.

—No se preocupen —les dije ya con la lengua un poco de trapo—, su hijo está en buenas piernas, digo manos.

Me miraron raro y todavía me pregunto por qué. Mi vida es un continuo preguntarme porqueses.

Una puntualización: un detective es como un científico. Si no hay pruebas no hay certeza. Yo no sé si la rubia platino y el director del certamen jugaron a los médicos o rezaron el Santo Rosario. Sin fotos no hay pruebas y sin pruebas…, pues eso, como el gato de Schrödinger, que hubo y no hubo plantada de nabo a la vez.

Me fui a la cama ciscándome en todo el santoral por mi torpeza.

El sábado por la mañana me levanté acojonado. Seguía sin tener ninguna foto, el certamen se estaba acabando y mi encargo peligraba. Por la mañana, la tipa lo intentó con Vicente Garrido y éste amenazó con perfilarla. La rubia se retiró y por su cara deduje que lo de perfilar le sonó demasiado raro para sus gustos sexuales. Luego, ya por la tarde, atacó a Victor del Árbol, que declinó la invitación con una encantadora sonrisa llena de incisivos, caninos y otras piezas dentales que los demás mortales de a pie no tenemos ni de coña. Martín Olmos le dijo que si no le publicaba su novela «Serenata de plomo» que se fuera a hacer puñetas.

Al finalizar la siguiente mesa mi investigada caracoleó con Vicente Marco y éste contraatacó explicándole cómo ganar un premio literario. La rubia quería otro tipo de premio y se largó

El festival estaba a punto de clausurarse y yo estaba al borde de un ataque. Salí a tomar el aire, me senté en una terraza y pedí una gaseosa para aclarar ideas y no aclaré nada, entre otras cosas, porque yo no suelo tener varias ideas a la vez y la gaseosa tampoco ayuda mucho. Estaba yo paladeando el delicioso brebaje, cuando me percaté de que mi investigada y Nieves Abarca, con su flamante Tormo Negro en la mano, estaban en la mesa de al lado charlando muy animadamente. Puse en alerta el ojo y la oreja y al poco me di cuenta de que la rubia se volvía cada vez más cariñosa con Nieves. Tan cariñosa que, de pronto, Nieves alzó el Tormo Negro y le gritó a menazante:

—¿Qué carallo pretendes? ¡Yo soy carballeira, y a mi me gustan los percebes reglamentarios!

La rubia salió corriendo y se coló de nuevo en la clausura del certamen.

Comencé a buscar una solución a la deseperada: «¿Y si me ligo a la rubia y cuando llega el momento crucial me pongo una careta de anonymous y me hago selfis dándole lo suyo a la moza?

En estas estaba cuando la vi salir del brazo de un tipo entrado en años y en carnes. Le pregunté por él a Carlos Bassas, que pasaba por allí afilando su katana, y me dijo que era un bloguero que hacía más kilómetros que el baúl de la Piquer, recorriendo todos los festivales negros del país. «También son ganas —pensé—, habiendo tanto guayabo suelto liarse con semejante carcamal».

El caso es que les seguí hasta el hotel en donde se alojaba la rubia. Con una buena propina al recepcionista conseguí una habitación contigua a la suya, salté a su terraza y filmé los patéticos esfuerzos del bloguero por contentar a la prójima. La actuación del friki no pasará a la historia por su excelencia, pero tenía las pruebas del himeneo. Por tanto, caso cerrado.

Antes de irme, me despedí de Sergio Vera Valencia no sin antes hacerle una sugerencia:

—No te fíes tanto de las mujeres, Sergio, si me permites el consejo.

—Muchacho —me contestó risueño—, no te equivoques conmigo. Yo no me fío ni de mi sombra. Imagínate, ni siquiera la veo. Simplemente dejo que las cosas sucedan.

Un buen tipo, este Sergio, a pesar de ser director de un festival negro.



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