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jueves, 3 de noviembre de 2016

El detective Carmelo (11). Yoga

El caso pintaba mal. Porque el caso es que hacía semanas que no tenía caso y el escondite donde guardo mis ahorros se estaba quedando más vacío que la cabeza de un tertuliano de por el culo te la hinco. Pero ahora, lo que más me preocupaba era que hacía meses que andaba escaso de compañía femenina. Más que escaso, nulo, cero. No me comía nada que oliera a hembra desde el año de la circuncisión de san Telesforo y andaba con la bisectriz creciéndome sin ton ni son, a deshora, sin venir a cuento y por cuenta propia. Me encontraba bastante revuelto de calenturas subterráneas. Uno tiene sus necesidades y, aunque poco, he estudiado algo al respecto. Una vez, en la consulta del urólogo, leí que no es bueno que el hombre esté solo. Lo decía el suplemento dominical de un periódico de izquierdas copiándoselo a Dios con todo descaro. Bueno, no decía exactamente eso, pero ustedes ya me entienden, no voy a sacar la pizarra para hacerles un esquema. Total, que hice lo que se hace en estos casos: tirar de agenda.

Empecé como a mi me gusta empezar las cosas, es decir, por el principio, por la «A» de mi desgastada libretilla telefónica, y el primer nombre femenino que apareció fue el de Amparo. «Menos mal que no ha sido Dolores», me dije lleno de optimismo. Me quedé un rato pensando quién sería esa tal Amparo. No es que tenga muchas mujeres en la agenda, pero hace tanto tiempo que no me relaciono con ellas que sus caras se desdibujan entre las brumas del horizonte vacío de mi memoria; ustedes me perdonarán estos retazos de retórica poética. Al fin se me hizo la luz: Amparo, la del caso del caniche extraviado. Recuerdo que tenía una verruga con tres pelos en la comisura izquierda de unos labios carnosos y prometedores. Aclaro que estoy hablando de Amparo, no del perro. También recuerdo que la moza me pagó con carne, no con la carne que que yo esperaba, sino con cuatro chuletones de Ávila.

Como ustedes podrán apreciar, la experiencia con Amparo no fue muy satisfactoria, pero yo soy hombre voluntarioso y me dije que valía la pena intentarlo de nuevo.

Marqué el número de Amparo y una voz de terciopelo me contestó al otro lado:

—¿Siiií…?

—Amparo, soy Carmelo…

—¡Carmelo! ¡Qué bueno, cómo andás, viejo!

—Que yo recuerde tú no tenías acento argentino…

—Se me pone y se me va, es algo intermitente. Son residuos de un romance con un yogui rioplatense.

Llegados a este punto, tenía que hacerle la pregunta crucial:

—¿Y qué haces? 

—Estoy abrazando a un árbol.

—¿Has tropezado y te has chocado con él?

—No seas burro. Abrazar un árbol te proporciona una inmensa relajación emocional. Te equilibra los chacras.

—De eso quería hablarte. Creo que tengo un chacra desequilibrado, está loco perdido, va a su bola.

—¿Y qué chacra es?

—No sé, uno de por ahí abajo.

—Debe ser el chacra muladhara, donde nace dormida la serpiente Kundalini.

—Mi serpiente no está dormida, te lo aseguro, está muy revoltosa y necesita la paz que sólo tú puedes darle.

—Ya sé por donde vas, guarrete, pero no te puedo ayudar con tu serpiente.

—¿Por?

—He trascendido. Desde que hago yoga busco la armonía entre mi cuerpo y mi mente, busco la paz interior y el sexo no me interesa. Necesito toda mi energía para levitar.

—¿Y lo consigues? Lo de levitar, digo.

—No, pero porque me interrumpen continuamente moscones como tú.

—Es que siempre has estado muy buenorra, Amparo.

—Lo sé, esa es mi cruz. Ahora déjame, que se me está escapando la energía del árbol.

—Vale, adiós, Amparo.

—Adiós, Carmelo. Cuídate, y practica los pranayamas, te calmarán.

—Vale…

Colgué el teléfono con una sensación agridulce. No tenía ni zorra idea de lo que eran los pranayamas y menos cómo practicarlos. El problema de mi chacra loco persistía.

Continué consultando la agenda…


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