domingo, 8 de septiembre de 2019

Cartagena Negra 2019. Crónica del sábado, 7 de septiembre.

Salgo del hotel y me doy un paseo por el puerto. A pesar de ser sábado, la mañana es tranquila, tengo todo el paseo para mi solo. De repente oigo una voz por detrás que se acerca.

—¡¿EeeeEEEH?!  ¡Que no, que no, que estoy ahí en CINCO MINUTOS!

—.... (sonidos de altavoz ininteligibles)

—¡Que no, que no…! ¡Hostia!

Miro hacia atrás de reojo y por pura intuición salto hacia un lado. Un tipo de más de cien kilos de peso, que teclea y le habla al móvil sobre una bici pequeña y ridícula, está a punto de arrollarme. La bici pasa rozándome un michelin y oigo al gordo decirle al teléfono:

—¡Na, que por poco me choco con un señorito que se cree que el paseo es suyo!

El engendro sobre ruedas se aleja ladrando y tecleando y yo me quedo con las ganas de entrenarme para los mundiales con sus pelotas.

—Te noto algo tenso. Relájate.

—¿Algo tenso, dices? O sea, un paseo de cincuenta metros de ancho, un sola persona andando por él, es decir, yo, y el tipo casi me  atropella porque no tiene sitio para pasar. Si lo trinco me hago un taparrabos con su pellejo.

—Tranquilo, tío, el hombre se ha despistado, ha tenido un lapsus.

—¿Un lapsus? Ese tiene un lapsus desde que nació. Pero vamos a ver: tenemos el mismo cerebro que hace cincuenta mil años, por aquella época la actividad más intelectual consistía en tallar bifaces y cuando se tallaban bifaces no se hacía otra cosa. Ahora, este descendiente de aquellos cromañones, con el mismo cerebro que sus antepasados pretende hablar por teléfono, teclear un wasap y montar en bicicleta, todo a la vez, y encima se cree que lo hace de puta madre. Este tío es un gilipollas integral, un puto error evolutivo, que si no fuera porque tenemos medicina avanzada, servicios sociales y una tolerancia con el prójimo rayana en la estupidez de una oveja modorra, se habría muerto a los pocos días de nacer. La madre que lo parió.

—¡Madre mía, estás muy mal! Menos mal que sólo quedan unas horas para que empiecen las mesas. Mientras tanto te sugiero que te vayas a comer y te eches una buena siesta.

—Coño, ya era hora, por fin me haces una sugerencia aceptable.

Después de cumplir el consejo de mi Pepito Grillo, me siento renovado y sin cabreo. Entro en el Batel dispuesto a congraciarme de nuevo con la especie humana y veo que ya están en su sitio Susana Rodríguez Lezaun, José Ramón Gómez Cabezas y Mariano Sánchez Soler que, junto al director del festival Antonio Parra, que actúa como moderador, forman la mesa «Comisarios y escritores». Hay unanimidad en afirmar que, aunque dirigir un festival desgasta y pasa factura, merece la pena ser comisario de estos saraos. Se expone que hay que diferenciar entre un festival de novela negra y un sitio al el que los escritores van a hablar de sus libros y que la novela negra goza de muy buena salud, salvo alguna infección interesada por parte de algunas editoriales para colar novelas negras que no lo son.


A continuación, Ana Ballabriga presenta el premio del concurso de cortometrajes. El ganador es Iago de Soto con «La Guarida». No he visto los demás finalistas, pero este corto es un peliculón.


Y llega la última mesa del festival. La forman Antonio Mercero, Susana Hernández y Prado G. Velázquez, la modera Ana Ballabriga. La mesa se llama «Arcoíris negro» y sus componentes nos explican las diferentes razones que les han llevado a elegir a los protagonistas de sus novelas: dos lesbianas y un transexual. Todos pretenden la normalización o naturalidad de incluir este tipo de personajes dentro del género negro.


Ya en el Mister Witt Café se entrega el III Premio de Novela Cartagena Negra a Paco Bescós por «El porqué del color rojo».


Y con este acto termina el Cartagena Negra. Paco Marin, Antonio Parra y su equipo, con su buen hacer, han demostrado un año más que este festival sigue siendo un referente dentro del género negro.

—Podías contar algo de las charlas durante las pausas, comidas cenas o paseos.

—Esto no es una revista de cotilleo, tío.

—Pues yo no estaría tan seguro.

—Pues allá tú.

No las voy a contar, pero durante los festivales oigo cosas que vosotros no creeríais.


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